Formación de la Tierra y evolución geológica hasta la vida compleja

Última actualización: 18 de mayo de 2026
  • La Tierra se formó hace unos 4.540 millones de años a partir de una nebulosa solar, diferenciándose rápidamente en núcleo, manto y corteza tras un periodo de océano de magma y el gran impacto que originó la Luna.
  • El enfriamiento permitió la aparición de océanos, atmósfera densa y primeras cortezas, creando un escenario donde surgió la vida microbiana, que evolucionó desde metabolismos anaerobios hasta la fotosíntesis oxigénica.
  • La liberación de oxígeno por cianobacterias transformó la química del planeta, provocó glaciaciones extremas tipo “Tierra bola de nieve” y sentó las bases para la vida pluricelular compleja del Fanerozoico.
  • La tectónica de placas, los ciclos del carbono y del nitrógeno, y varias extinciones masivas han remodelado continuamente la superficie y la biosfera, hasta desembocar en un mundo donde Homo sapiens altera ya activamente el sistema Tierra.

formación de la Tierra

La formación de la Tierra y la historia de todo lo que ha ocurrido desde entonces es, literalmente, el gran guion de nuestro planeta: desde una nube de gas perdida en la Vía Láctea hasta un mundo con océanos, atmósfera oxigenada, continentes móviles y seres humanos que lanzan sondas al espacio. Entender este relato implica combinar astronomía, geología, química y biología en una línea de tiempo que abarca 4.540 millones de años.

A lo largo de este recorrido, la Tierra ha pasado por fases extremas: océanos de magma, bombardeos de asteroides capaces de hervir los mares, glaciaciones globales tipo “bola de nieve”, atmósferas sin oxígeno, explosiones de vida, cinco grandes extinciones masivas y la aparición de una especie capaz de alterar el clima global. Todo ello estructurado en una compleja escala de tiempo geológico dividida en eones, eras y periodos.

Del Big Bang a la nebulosa que dio origen al Sistema Solar

Para situarnos, primero hay que irse muy atrás: el Universo tiene unos 13.770 millones de años y se originó en el Big Bang, cuando toda la materia y energía estaban concentradas en un punto extremadamente denso que comenzó a expandirse rápidamente. En los primeros minutos se generaron sobre todo hidrógeno, helio y algo de litio, en la llamada nucleosíntesis primordial.

Con el tiempo, las fluctuaciones de densidad hicieron que grandes nubes de gas de dihidrógeno se fuesen contrayendo por gravedad, formando las primeras galaxias y estrellas. En el interior de esas estrellas, a través de la fusión nuclear, se originaron elementos más pesados como carbono, oxígeno, silicio o hierro. Al morir muchas de estas estrellas como supernovas, expulsaron esos elementos al medio interestelar, enriqueciendo el gas con el que posteriormente se formarían nuevas generaciones de estrellas y sistemas planetarios.

El Sistema Solar nació a partir de una de esas nubes enriquecidas: una nebulosa solar de gas y polvo que empezó a colapsar gravitatoriamente hace unos 4.6 Ga (miles de millones de años). La nube se aplanó en un disco protoplanetario en rotación, con la mayor parte de la masa concentrándose en el centro, donde acabaría formándose el Sol.

A medida que el disco se aplanaba, pequeñas partículas de polvo, hielos y silicatos empezaron a agruparse por acreción, chocando y pegándose para formar cuerpos cada vez mayores: primero guijarros, luego planetesimales y, finalmente, protoplanetas. Uno de esos embriones, situado a unos 150 millones de kilómetros del centro del sistema, sería la semilla de la futura Tierra.

nebulosa solar y formación planetaria

La hipótesis nebular y el nacimiento de la Tierra

La explicación estándar de cómo se formó el Sistema Solar es la hipótesis nebular. Según este modelo, el disco protoplanetario alrededor del joven Sol estaba compuesto fundamentalmente por hidrógeno y helio, pero también por granos sólidos de óxidos metálicos, silicatos y hielos. Las colisiones entre estos sólidos dieron lugar a los primeros cuerpos diferenciados que acabarían siendo planetas, asteroides y cometas.

La composición de los planetas rocosos, de muchos asteroides y la propia fotosfera solar muestran similitudes en elementos refractarios, lo que se interpreta como prueba de un origen común a partir de esa misma nebulosa. La Tierra, en esta fase temprana, era básicamente un cuerpo en crecimiento sometido a impactos violentos que liberaban enormes cantidades de energía, manteniendo la superficie a temperaturas tan altas que buena parte del planeta estaba fundido.

Al principio, la atmósfera de la Tierra estaba dominada por gases ligeros como hidrógeno y helio, pero el joven Sol —una estrella de tipo T Tauri muy activa— generó un viento solar intenso que barrió gran parte de estos gases, especialmente al no existir aún un campo magnético terrestre consolidado. Eso explica que hoy apenas queden estos elementos ligeros en la atmósfera comparados con su abundancia cósmica.

En paralelo, el Sol no emitía todavía la energía actual: se estima que irradiaba en torno al 70 % de su luminosidad presente, incrementando un 7 % aproximadamente cada mil millones de años. Este detalle será crucial para entender cómo, pese a ello, la superficie terrestre pudo albergar agua líquida gracias a un fuerte efecto invernadero primitivo.

El Hádico: océano de magma, formación del núcleo y gran impacto lunar

El primer gran capítulo de la historia terrestre es el eón Hádico (Hadeano), desde hace unos 4.567 a 4.031 Ma. De este periodo apenas se conservan rocas, pero los datos geoquímicos y modelos físicos permiten reconstruir un escenario bastante infernal: impactos masivos, vulcanismo extremo y una superficie mayoritariamente fundida.

La enorme energía liberada por los choques de grandes planetesimales, junto con el calor de la radiactividad de elementos como el uranio, el torio o el potasio y el calor residual de la contracción gravitatoria, llevó a que gran parte de la Tierra se comportara como un océano global de magma, con temperaturas en superficie cercanas o superiores a los 1.800-2.000 K.

En estas condiciones, los elementos pesados como el hierro y el níquel empezaron a hundirse hacia el centro del planeta, mientras que los más ligeros tendían a ascender hacia la superficie. Ese proceso de diferenciación gravitatoria dio lugar a la formación del núcleo terrestre, probablemente en menos de 15 millones de años. El hierro líquido en movimiento generó un efecto dinamo, capaz de sostener un campo magnético que con el tiempo protegería la atmósfera del viento solar.

Sobre el océano de magma, la desgasificación de las rocas liberó una atmósfera densa pero sin oxígeno libre, compuesta sobre todo por dióxido de carbono (CO2), nitrógeno (N2), vapor de agua, metano, amoníaco y otros gases reductores. Al no haber todavía capa de ozono, la radiación ultravioleta penetraba sin apenas filtro y destruía las moléculas más frágiles, dejando como componentes dominantes CO2, N2 y H2O.

En algún momento relativamente temprano se produjo un evento clave: la colisión de la joven Tierra con un gran protoplaneta, llamado Theia, probablemente de tamaño similar a Marte. El impacto, oblicuo y muy energético, habría mezclado las capas externas de ambos cuerpos, expulsando enormes cantidades de material al espacio. Parte de esos escombros se condensó y aglutinó para formar la Luna, mientras que la Tierra aumentó ligeramente de tamaño e inclinó su eje de rotación alrededor de 23,5°, origen de nuestras estaciones.

impacto de Theia y formación de la Luna

Enfriamiento, primera corteza y aparición de los océanos

Tras el gran impacto, la Tierra quedó envuelta por una nube incandescente de roca vaporizada. La parte superior de esa envoltura radiaba calor al espacio a más de 2.000 K, de modo que el planeta era una esfera luminosa de color naranja. Con el progresivo enfriamiento, los materiales del manto empezaron a condensarse de nuevo pasando de fase gaseosa a líquida y, más tarde, a sólida.

Al cabo de unos miles de años, la atmósfera quedó dominada por gases muy volátiles, en particular cientos de bares de vapor de agua y decenas de bares de CO2. A medida que el planeta dejaba de ser incandescente, la parte alta de la atmósfera se enfrió lo suficiente como para que el vapor de agua comenzase a condensar en nubes densas, desencadenando lluvias torrenciales que duraron millones de años.

Ese ciclo de condensación y precipitación permitió que, sobre una corteza ya parcialmente sólida, se acumularan los primeros océanos primitivos, probablemente antes de los 4.200 Ma. Pese a un Sol más débil, el efecto invernadero de una atmósfera rica en CO2 y metano mantenía la superficie por encima del punto de ebullición del agua en condiciones actuales, pero la altísima presión atmosférica permitía la existencia de mares líquidos muy calientes (del orden de 200-500 K).

Mientras tanto, se iban formando los primeros fragmentos de corteza sólida. Algunos cristales de circón encontrados en Australia occidental, con edades en torno a 4.400 Ma, indican que existía ya una corteza estable y posiblemente agua líquida en superficie en fechas muy tempranas. No obstante, los grandes impactos del llamado bombardeo intenso tardío (entre 4.000 y 3.800 Ma) podían fundir de nuevo amplias zonas de la corteza y vaporizar parte de los océanos, que se regeneraban después por nueva precipitación.

Las lluvias, cargadas de CO2 disuelto en forma de ácido carbónico, empezaron a reaccionar con las rocas basálticas del fondo oceánico y con las primeras proto-masas continentales. Este proceso de alteración química de los silicatos capturaba CO2 atmosférico, transformándolo en iones de calcio y magnesio que precipitarían como carbonatos (calizas y dolomías). A muy largo plazo, la formación de carbonatos en la corteza oceánica y su reciclaje por subducción sería una de las grandes llaves del termostato climático terrestre.

Del Arcaico a la aparición de la vida: química prebiótica y primeros microbios

Al iniciarse el eón Arcaico (hace unos 4.000 Ma), la Tierra seguía sufriendo impactos, pero el ritmo de colisiones masivas había disminuido. La atmósfera era rica en CO2, N2 y gases reductores, y la temperatura de los océanos comenzó a descender, pasando de unos 70 °C hace 3.500 Ma a unos 20 °C hacia 800 Ma, según estudios isotópicos del silicio.

En este contexto se desarrolló la química prebiótica. Rayos, vulcanismo, radiación ultravioleta y gradientes químicos en zonas hidrotermales permitieron formar moléculas orgánicas sencillas a partir de compuestos como metano, amoníaco y CO2. Aminoácidos, azúcares y otras moléculas complejas pudieron acumularse en una «sopa orgánica» en mares, charcas o poros de rocas calientes.

Con el tiempo, ciertas cadenas de reacciones químicas habrían dado lugar a sistemas autocatalíticos, en los que la presencia de determinadas moléculas aumentaba la probabilidad de que se sintetizaran más copias de sí mismas: los primeros replicadores químicos. De entre los candidatos se ha propuesto el ARN, que puede tanto almacenar información como catalizar reacciones (hipótesis del «mundo de ARN»).

Aunque las rutas exactas son objeto de debate, en algún momento entre 3.800 y 3.500 Ma surgieron las primeras células simples, similares a bacterias y arqueas actuales. Estas protocélulas poseían una membrana de fosfolípidos separando el interior del exterior, un sistema genético rudimentario (probablemente basado primero en ARN y luego en ADN) y un metabolismo capaz de extraer energía de reacciones redox.

Los ambientes hidrotermales del fondo oceánico, en particular las llamadas fumarolas negras, son buenos candidatos para el origen de estas células primitivas. Allí, el hidrógeno molecular emanaba de la corteza reducida y reaccionaba con el CO2 del agua de mar, produciendo metano en una reacción muy exergónica, base de la metanogénesis. Esta vía metabólica, junto con la fermentación, pudo sustentar las primeras comunidades microbianas en una biosfera aún sin oxígeno libre.

tiempo geológico y evolución de la Tierra

Fotosíntesis, oxígeno y las primeras grandes crisis planetarias

Durante cientos de millones de años, la vida fue exclusivamente unicelular y anaerobia. Sin embargo, algunas bacterias desarrollaron la capacidad de usar la luz solar para impulsar su metabolismo: la fotosíntesis anoxigénica, que utilizaba compuestos como sulfuros o hierro ferroso como donadores de electrones para fijar CO2 y producir materia orgánica, sin liberar oxígeno.

La evidencia más antigua de actividad fotosintética procede de depósitos de hierro bandeado de hace unos 3.700 Ma y de estromatolitos (estructuras laminadas construidas por colonias microbianas) de hace unos 3.500 Ma. Aunque hoy en día los estromatolitos están dominados por cianobacterias, en el Arcaico bastaba con bacterias que formasen biopelículas multicelulares, sin necesidad de que produjeran oxígeno.

Con la evolución, algunas de estas bacterias fotosintéticas adquirieron dos sistemas de reacciones fotoquímicas en serie, capaces de extraer electrones del agua. Así nació la fotosíntesis oxigénica propia de las cianobacterias, que produce oxígeno molecular (O2) como subproducto: CO2 + H2O + luz → (CH2O) + O2. Esto transformó radicalmente la química del planeta.

Al principio, el oxígeno liberado se consumía de inmediato oxidando compuestos reductores presentes en el océano y en los suelos: hierro ferroso en solución, sulfuros, amoníaco, materia orgánica reducida o metano atmosférico. Esta fase dejó como huella enormes yacimientos de hierro bandeado, donde alternan capas ricas en óxidos férricos con sedimentos más oscuros depositados en condiciones anóxicas.

Un factor clave fue el ciclo del nitrógeno. El aumento de oxígeno tendía a oxidar el amoníaco disuelto (fuente de nitrógeno para la vida temprana) a dinitrógeno gaseoso (N2), poco reactivo, provocando una crisis de nutrientes. La evolución de la nitrogenasa, una enzima extremadamente sensible al oxígeno pero capaz de fijar N2 atmosférico en forma de amoníaco, permitió a ciertas bacterias recuperar nitrógeno biodisponible, restableciendo el equilibrio entre nitrógeno y fósforo en el océano.

La Gran Oxidación y la glaciación Huroniana

Solo cuando la mayoría de los sumideros reductores (hierro disuelto, sulfuros, amoníaco, metano abundante) quedaron saturados u oxidados, el oxígeno pudo empezar a acumularse en la atmósfera. Este proceso culminó hace unos 2.400 Ma en el Paleoproterozoico, en el evento conocido como la Gran Oxidación.

Los registros isotópicos del azufre y la desaparición de minerales sensibles al oxígeno (como pirita o uraninita) en sedimentos fluviales muestran que el nivel de O2 atmosférico pasó de valores inferiores a una cienmilésima del actual a porcentajes del 1-10 % del nivel moderno. Eso fue suficiente para generar una capa de ozono estratosférico que redujo la radiación ultravioleta en superficie y abrió la puerta a la colonización de nuevas zonas por los microorganismos.

Paradójicamente, esta revolución química fue una catástrofe biológica para muchas formas de vida anaerobias, para las que el oxígeno era un veneno. Grandes grupos de arqueas metanogénicas colapsaron, reduciendo drásticamente la producción de metano, que hasta entonces había sido un potente gas de efecto invernadero manteniendo el planeta templado pese a un Sol más débil.

Al oxidarse el metano, este se convirtió en CO2 y agua, pero el CO2 tiene un poder de calentamiento mucho menor. El resultado fue una caída brusca de las temperaturas globales. Con el hielo avanzando, el albedo del planeta aumentó, reflejando más radiación solar y retroalimentando el enfriamiento. Así se desencadenó la glaciación Huroniana, probablemente una de las primeras “Tierras bola de nieve”, con casquetes de hielo extendiéndose casi hasta el ecuador.

En un mundo helado, la erosión de silicatos se detiene y el ciclo del carbono inorgánico se ralentiza. Sin embargo, los volcanes siguen emitiendo CO2, que se acumula poco a poco en la atmósfera. Tras decenas o cientos de millones de años, la concentración de CO2 alcanzó niveles suficientes como para revertir la glaciación mediante un forzado invernadero masivo, fundiendo los hielos y devolviendo el planeta a un clima cálido.

Tectónica de placas, supercontinentes y el gran termostato del CO2

A medida que el interior del planeta se enfriaba, la litosfera se engrosaba y la convección del manto fue dando lugar a una tectónica de placas cada vez más parecida a la actual. En el Arcaico la corteza era más delgada y las placas probablemente más pequeñas y móviles, con abundantes zonas de subducción.

La formación y destrucción continua de corteza oceánica y continental a través de dorsales y fosas permitió la aparición de los primeros cratones estables, núcleos de corteza continental muy antigua sobre los que irían creciendo los continentes modernos. Entre 3.200 y 2.500 Ma se originó alrededor del 80 % de la corteza continental actual, mediante intrusiones graníticas y acreción de arcos volcánicos.

Con grandes masas continentales emergiendo, se amplió la superficie expuesta a la erosión y la alteración de silicatos, reforzando el papel del ciclo del carbono mineral como termostato climático. Si el CO2 atmosférico aumenta, sube la temperatura y se acelera la meteorización, que captura más CO2 en forma de carbonatos. Si el CO2 baja, el enfriamiento ralentiza la alteración y permite que las emisiones volcánicas reconstruyan poco a poco el nivel de CO2.

La configuración de los continentes influye mucho en este equilibrio. Un supercontinente compacto reduce la longitud de las costas y concentra amplias regiones interiores áridas donde la erosión es menor, lo que tiende a favorecer climas más cálidos. Cuando el supercontinente se fragmenta, aumentan las plataformas continentales y las zonas costeras húmedas, intensificando la alteración y favoreciendo el enfriamiento.

A lo largo del Proterozoico se sucedieron varios supercontinentes: Vaalbara, Kenorland, Columbia, Rodinia y Pannotia. Sus fases de ruptura y colisión estuvieron ligadas a importantes orogenias, variaciones del nivel del mar y cambios en la circulación oceánica y climática, factores que influyeron poderosamente en la evolución de la vida.

Oxigenación neoproterozoica, glaciaciones “bola de nieve” y fauna ediacárica

En el Neoproterozoico (entre 1.000 y 541 Ma), la Tierra experimentó nuevos episodios extremos. La ruptura del supercontinente Rodinia y la aparición de grandes mesetas basálticas en latitudes tropicales intensificaron la meteorización, reduciendo el nivel de CO2 y desencadenando glaciaciones muy severas durante el Criogénico, hace entre unos 720 y 635 Ma.

En estas glaciaciones, las capas de hielo pudieron extenderse prácticamente hasta el ecuador, dando lugar a escenarios de “Tierra bola de nieve”. Bajo el hielo, la fotosíntesis se colapsó salvo en zonas muy limitadas, y la productividad biológica global cayó drásticamente, como indican las fuertes variaciones en las razones isotópicas del carbono.

Sin embargo, al detenerse casi por completo la erosión de las rocas, el CO2 emitido por el vulcanismo se fue acumulando en la atmósfera hasta alcanzar concentraciones altísimas. En cuanto el forzamiento invernadero fue suficiente, el hielo se derritió de forma relativamente rápida en términos geológicos, elevando el nivel del mar y dejando al descubierto grandes superficies recién erosionables.

La combinación de aguas ricas en nutrientes, abundante CO2 y creciente aporte de fosfatos desde los continentes desencadenó una segunda gran oxigenación (Neoproterozoic Oxygenation Event). Los océanos dejaron de ser globalmente anóxicos y se enriquecieron en sulfatos y oxígeno, lo que permitió la aparición de formas de vida pluricelulares de mayor tamaño.

En este contexto, durante el período Ediacárico (entre 635 y 541 Ma) surgió la enigmática fauna ediacárica: organismos blandos, de aspecto discoidal, frondoso o tubular, algunos segmentados, difíciles de encajar en los grupos actuales. Muchos podrían representar experimentos evolutivos de vida multicelular que no dejaron descendencia directa; otros, como Kimberella, parecen emparentarse con linajes que prosperarían en el Cámbrico.

Cámbrico, Fanerozoico y diversificación de la vida compleja

Con el inicio del eón Fanerozoico hace 541 Ma se abre la etapa de la “vida visible”, dominada por organismos con partes duras fosilizables. La llamada “explosión del Cámbrico” (entre 541 y 520 Ma) vio la rápida diversificación de la mayoría de los grandes grupos animales (filos): artrópodos, moluscos, equinodermos, cordados, etc. Hacia 530 Ma ya existían peces con estructuras esqueléticas internas, antepasados de todos los vertebrados modernos.

La escala del tiempo geológico moderno divide estos últimos 541 Ma en tres grandes eras dentro del eón Fanerozoico: Paleozoico, Mesozoico y Cenozoico. Cada era se subdivide en varios periodos, y estos, a su vez, en épocas y edades. En conjunto, el tiempo geológico se agrupa en cuatro eones (Hádico, Arcaico, Proterozoico y Fanerozoico) y diez grandes eras, que los geólogos representan con colores estándar en mapas y diagramas cronológicos.

A lo largo del Paleozoico se produjo la colonización progresiva de los continentes por plantas y animales, con hitos como la aparición de las primeras plantas vasculares, los bosques carboníferos, los insectos voladores, los anfibios y los amniotas (grupo del que derivan reptiles y mamíferos). También ocurrieron varias extinciones masivas, destacando la del final del Pérmico, la mayor registrada, que acabó con alrededor del 95 % de las especies marinas y el 70 % de las terrestres.

El Mesozoico estuvo dominado por los dinosaurios y otros grandes reptiles, en un mundo cada vez más fragmentado tras la ruptura de Pangea. Al final del Cretácico, hace 66 Ma, el impacto de un gran asteroide en la zona de Chicxulub (Yucatán) y un intenso vulcanismo asociado a las trampas del Deccan precipitaron otra gran extinción que eliminó a los dinosaurios no avianos y permitió la radiación adaptativa de los mamíferos.

En el Cenozoico, los mamíferos, las aves y las plantas con flores (angiospermas) se diversificaron en un planeta sometido a cambios climáticos importantes, incluyendo la formación de casquetes polares permanentes y ciclos glaciales-interglaciales en los últimos 2,6 millones de años (Cuaternario). En este marco apareció el linaje humano, con homininos bípedos como Australopithecus, las primeras especies del género Homo y, finalmente, Homo sapiens.

Tiempo geológico, vida humana y escala del reloj de 12 horas

Para hacerse una idea de las proporciones, se suele comprimir la historia de la Tierra en un único día o en un reloj de 12 horas. Si tomamos las 12 horas como equivalentes a los 4.540 millones de años desde la acreción del planeta hasta hoy, cada millón de años dura menos de diez segundos. En este reloj, la formación de la Tierra ocurre en la medianoche y el presente es el mediodía.

El encendido del Sol se situaría apenas unos minutos antes de las 0:00; la formación de la Luna, pocos minutos después. La aparición de la vida microbiana se produciría a las primeras horas de la madrugada, mientras que la Gran Oxidación y las glaciaciones “bola de nieve” estarían a media mañana.

La explosión del Cámbrico llegaría ya muy cerca del mediodía; la dominancia de los dinosaurios ocuparía apenas unos segundos, y su extinción, un par de parpadeos. La aparición de Homo erectus hace 1,8 Ma equivaldría, en esta escala, a unos 17 segundos antes del mediodía, y toda la historia escrita de la humanidad, desde las primeras ciudades y la invención de la escritura, a una fracción de segundo.

Mientras tanto, en las últimas décimas de segundo de este reloj han ocurrido la revolución industrial, el gran aumento de gases de efecto invernadero por la actividad humana, las dos guerras mundiales y el inicio de la era espacial, con satélites orbitando la Tierra, humanos caminando sobre la Luna y sondas enviadas más allá de los límites del Sistema Solar.

Mirado con esta perspectiva de reloj comprimido, la vida humana y toda nuestra historia parecen anecdóticas frente a los enormes intervalos de tiempo en los que se formaron el núcleo, la corteza, los océanos, las atmósferas cambiantes y las sucesivas biosferas. Sin embargo, la influencia de una sola especie sobre el clima, la biosfera y el propio futuro geológico del planeta es ahora tan notable que muchos científicos hablan abiertamente de un nuevo tiempo geológico marcado por la actividad humana, una coda muy reciente en una historia que empezó con polvo de estrellas y una nube de gas girando en la Vía Láctea.

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