Situación del metano: fuentes, impactos y estrategias de reducción

Última actualización: 17 de abril de 2026
  • El metano es el segundo gas de efecto invernadero más importante, mucho más potente que el CO2 en el corto plazo y responsable de hasta un 30 % del calentamiento observado.
  • En torno al 60 % de las emisiones actuales de metano son de origen humano y proceden sobre todo de la agricultura y ganadería, los combustibles fósiles y la descomposición de residuos.
  • La Unión Europea y otros actores globales han lanzado estrategias y reglamentos específicos para recortar las emisiones de metano, aunque muchos países aún carecen de planes nacionales detallados.
  • Reducir rápidamente el metano ofrece beneficios climáticos, sanitarios, agrícolas y económicos muy significativos, y es una palanca clave para ganar tiempo mientras se disminuye el CO2.

Ilustración sobre la situación del metano en el clima

El metano se ha colado en el centro del debate climático casi sin que nos diéramos cuenta. Durante años, toda la atención se la ha llevado el dióxido de carbono (CO2), pero los datos más recientes muestran que el CH4 es responsable de una parte enorme del calentamiento actual y de buena parte de la contaminación atmosférica ligada al ozono troposférico. Entender qué está pasando con sus niveles, de dónde viene y cómo se puede reducir se ha vuelto una prioridad si queremos frenar el cambio climático en las próximas décadas.

Aunque el CO2 sigue siendo el gran protagonista a largo plazo, el metano actúa como una especie de acelerador del calentamiento global en el corto y medio plazo. Más del 60 % de sus emisiones proceden ya de actividades humanas, y su concentración atmosférica se ha más que duplicado desde la Revolución Industrial. Aun así, es también el gas de efecto invernadero sobre el que resulta más rápido notar resultados si se aplican políticas contundentes. Por eso se le considera una “palanca esencial” para ganar tiempo mientras reducimos drásticamente el CO2.

Qué es el metano y por qué preocupa tanto

El metano (CH4) es el alcano más sencillo y un hidrocarburo muy abundante tanto en la atmósfera como en el subsuelo y en entornos acuáticos. Su molécula está formada por un átomo de carbono unido covalentemente a cuatro átomos de hidrógeno. Es un gas incoloro, inodoro en estado puro, muy poco soluble en agua y con una capacidad calorífica notable, por lo que se utiliza masivamente como combustible, sobre todo en forma de gas natural.

Desde el punto de vista químico, el metano es una molécula muy estable: el enlace carbono-hidrógeno es de los más resistentes entre los hidrocarburos, lo que dificulta su transformación selectiva en otros compuestos. Se disuelve mejor en disolventes orgánicos como etanol, éter dietílico, benceno, tolueno, metanol o acetona que en agua, y se almacena y transporta de forma habitual como gas natural comprimido o licuado (GNC y GNL), además de circular por grandes redes de gasoductos.

En la naturaleza, el metano se produce de forma abundante en condiciones anaerobias, es decir, donde no hay oxígeno, como en sedimentos saturados de agua, humedales, pantanos, lodos de depuradoras o vertederos. Microorganismos metanogénicos degradan materia orgánica utilizando CO2 como aceptor final de electrones y generan metano como producto final, proceso que aprovechamos para producir biogás en digestores anaerobios.

Desde el punto de vista energético, el metano es la pieza clave del gas natural comercial, que suele contener entre un 83 % y un 97 % de CH4 según el yacimiento, con pequeñas proporciones de etano, propano, butano, nitrógeno e incluso helio. También se explota de forma específica el metano de las capas de carbón (coalbed methane), aunque esta técnica plantea problemas como el descenso de acuíferos y la posible contaminación del agua extraída.

Además de su presencia en depósitos geológicos, existen enormes reservas de metano atrapadas en hidratos o clatratos en los fondos marinos, donde se combina con el hielo a altas presiones. Esta posible fuente futura de gas es también un motivo de preocupación climática, porque un calentamiento suficiente podría desestabilizar estos depósitos y liberar cantidades masivas de CH4 a la atmósfera.

Metano frente a CO2: un gas de vida corta pero muy potente

En la “familia” de los gases de efecto invernadero, el metano ocupa el segundo puesto en importancia climática después del dióxido de carbono. Sin embargo, su comportamiento es muy distinto: el CO2 puede permanecer cientos o miles de años en la atmósfera, mientras que el CH4 tiene una vida media mucho más corta, de unos 7 a 12 años según las estimaciones (en muchos trabajos se maneja una vida efectiva de 8-10 años).

La clave es que mientras está en la atmósfera, el metano es mucho más eficaz atrapando calor. Dependiendo del horizonte temporal y de la fuente consultada, su potencial de calentamiento global (GWP) respecto al CO2 varía: en 100 años se sitúa en torno a 23-25 veces más potente por unidad de masa, mientras que en 20 años puede llegar a ser entre 63 y más de 80 veces más potente. Es decir, un kilogramo de CH4 liberado hoy calienta la atmósfera decenas de veces más que un kilogramo de CO2 durante esos primeros años.

Este comportamiento hace que reducir las emisiones de metano sea una estrategia extremadamente eficaz para frenar el calentamiento a corto plazo. Diversos análisis coordinados por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Coalición Clima y Aire Limpio indican que recortar un 45 % las emisiones globales de CH4 de origen humano para 2030 podría evitar alrededor de 0,3 °C de calentamiento adicional hacia mediados de siglo.

Al mismo tiempo, la estabilidad climática a largo plazo solo se logrará reduciendo de forma drástica el CO2, porque es el gas que se acumula de manera casi irreversible en escalas de siglos. De ahí que los expertos insistan en que no se trata de elegir entre actuar sobre el metano o sobre el dióxido de carbono: hay que abordar ambos, pero el metano ofrece una “ventana de oportunidad” para ganar tiempo y limitar riesgos a corto plazo.

En cifras globales, el aumento de la concentración de metano desde 1750 es responsable de entre el 20 % y el 30 % del calentamiento observado desde la Revolución Industrial. Sus niveles han pasado de unas 0,8 partes por millón (ppm) a alrededor de 1,9 ppm (1.900 partes por mil millones, ppb), y la curva que mide la NOAA muestra un repunte significativo en las últimas décadas, tras un periodo de relativa estabilización.

De dónde viene el metano: fuentes naturales y actividades humanas

Las emisiones de metano tienen un doble origen: natural y antropogénico. A escala planetaria, se estima que en torno al 60 % de las emisiones actuales procede de actividades humanas, mientras que cerca del 40 % tiene causas naturales. No obstante, la parte humana es la que ha disparado la concentración atmosférica respecto a los niveles preindustriales.

Entre las fuentes naturales, los humedales son, con diferencia, la mayor fuente de metano del planeta. En estos ecosistemas inundados (pantanos, marismas, turberas, lagos poco oxigenados), las bacterias anaerobias descomponen materia orgánica y liberan grandes cantidades de CH4. Estudios en revistas como Nature Geoscience apuntan a que los sistemas acuáticos, en conjunto, podrían aportar hasta la mitad de las emisiones naturales globales de metano.

Además de los humedales, hay otras fuentes naturales de menor peso relativo: termitas que degradan celulosa, océanos, sedimentos marinos, ciertos volcanes, incendios forestales y, sobre todo, el permafrost (suelos permanentemente congelados en latitudes altas) que almacena cantidades enormes de carbono. Si el permafrost se descongela por el aumento de temperatura, puede liberar a la atmósfera metano y CO2, alimentando un círculo de retroalimentación muy peligroso.

En el otro lado de la balanza están las emisiones de origen humano, que ya representan entre el 50 % y el 65 % del total. Las principales categorías son la agricultura (fermentación entérica del ganado y gestión de estiércoles), el uso de combustibles fósiles (extracción, procesado y distribución de gas, petróleo y carbón) y la descomposición de residuos en vertederos y aguas residuales. La agricultura y la ganadería, por sí solas, constituyen una fuente dominante en muchos países.

Históricamente, la expansión de la agricultura de regadío, y en particular el cultivo de arroz en campos inundados, ha contribuido de forma importante al aumento del metano en los últimos miles de años. Los arrozales funcionan como humedales artificiales donde se crea un entorno óptimo para la metanogénesis, de ahí que se considere esta práctica como un factor clave en la elevación sostenida del CH4 desde el inicio de las civilizaciones agrícolas.

Metano y combustibles fósiles: gas, petróleo y carbón

Una parte muy relevante de las emisiones antropogénicas de metano está ligada al sector energético. Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), las operaciones con combustibles fósiles liberaron en 2020 del orden de 120 millones de toneladas de CH4, lo que supone casi un tercio de todas las emisiones de origen humano. En este paquete se incluyen las actividades de extracción, procesado, almacenamiento, transporte y distribución de gas natural, petróleo y carbón.

En el caso del gas natural y el petróleo, las pérdidas de metano se producen a lo largo de toda la cadena de valor. Durante la perforación y la producción, pueden emitirse grandes cantidades a la atmósfera por venteo intencionado (liberación directa del gas) o por combustión en antorcha (quema controlada para reducir su volumen). Más adelante, en el procesado, almacenamiento y transporte mediante oleoductos y gasoductos, son frecuentes las fugas en válvulas, bridas, tanques y equipos de compresión.

En la minería del carbón, especialmente en explotaciones subterráneas, el metano atrapado en las capas de carbón se libera al perforar y ventilar las galerías. Este gas, conocido como grisú, es extremadamente inflamable y explosivo, por lo que históricamente ha sido responsable de numerosos accidentes mineros. Cada vez se intenta más capturarlo y aprovecharlo como fuente energética, aunque su gestión adecuada sigue siendo un reto en muchas regiones.

Una parte notable de estas emisiones se debe a fugas persistentes de bajo caudal y a episodios de “superemisores”, instalaciones concretas que liberan cantidades desproporcionadas por fallos o malas prácticas. La detección temprana y la reparación sistemática de fugas (LDAR: Leak Detection and Repair), junto con la eliminación del venteo rutinario y la reducción de la combustión en antorcha, son algunas de las medidas más eficaces y rentables para disminuir el metano del sector energético.

Desde el punto de vista económico, reducir estas fugas suele ser una oportunidad más que un coste, porque el gas que hoy se escapa sin control podría venderse como combustible. Se estima que la mayoría de las medidas técnicas para recortar emisiones de CH4 en la energía cuestan menos que los beneficios sociales que generan, valorados en torno a 4.300 dólares por tonelada de metano evitada si se tienen en cuenta impactos climáticos, sanitarios y laborales.

Ganadería, agricultura y residuos: el otro gran frente del metano

Más allá de los combustibles fósiles, la agricultura y la gestión de residuos son grandes responsables del metano que llega a la atmósfera. El ganado doméstico (vacas, ovejas, cabras, cerdos) produce CH4 durante su digestión, especialmente los rumiantes, que generan metano entérico en el rumen. Cuanto mayor es la cantidad de alimento ingerido y la intensidad de la producción, mayores suelen ser las emisiones por animal.

En países como España, la ganadería concentra con diferencia la mayor parte de las emisiones de metano. Se calcula que en torno al 62 % del CH4 emitido a nivel nacional procede del sector ganadero, dividido entre fermentación entérica de los rumiantes (alrededor del 41,5 %) y gestión de estiércoles (en torno al 20,1 %). Los vertederos y las aguas residuales suponen otro 31 %, y el resto se reparte en actividades energéticas como el refino, la distribución de gas o la minería del carbón.

A escala global, la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) estima que cuando se suman las emisiones entéricas y las derivadas del estiércol, la agricultura se convierte en la fuente de CH4 más grande en muchos países industrializados. En sistemas intensivos, el almacenamiento de estiércoles en balsas o tanques genera entornos anaerobios donde proliferan bacterias metanogénicas, con emisiones que pueden ser significativas si no se capturan.

En cuanto a los residuos, los vertederos son auténticas fábricas de metano a medida que los desechos orgánicos se descomponen en ausencia de oxígeno. Lo mismo ocurre con muchos sistemas de depuración de aguas residuales urbanas e industriales. La buena noticia es que su potencial de reducción es muy alto: la captura del gas de vertedero y su uso para producir energía permite convertir un problema climático y de calidad del aire en un recurso aprovechable.

Además, los cambios en el modelo alimentario y en la gestión de residuos orgánicos pueden tener un impacto enorme. Reducciones en el consumo de carne y lácteos de origen industrial, junto con políticas que prohíban o limiten el envío de residuos biodegradables a vertedero y generalicen el compostaje y la digestión anaerobia, son medidas clave que se señalan en numerosos informes científicos y propuestas de organizaciones ambientales.

Situación del metano en Europa y en España: políticas y carencias

La Unión Europea se ha colocado en primera línea de la acción regulatoria sobre el metano. En 2020 adoptó su Estrategia sobre el Metano, centrada en las principales fuentes antropogénicas (energía, agricultura y residuos), y en 2024 aprobó el primer Reglamento específico de la UE para recortar las emisiones de este gas en el sector energético, incluyendo por primera vez obligaciones de seguimiento también para los combustibles fósiles importados.

Esta normativa europea impone requisitos de medición, notificación y verificación (MRV) de las emisiones, fija límites al venteo y a la combustión en antorcha, y exige programas obligatorios de detección y reparación de fugas con frecuencias alineadas con las mejores prácticas internacionales. La idea es que, aunque la UE produzca ya poco petróleo, gas y carbón, su peso como gran importador le permita presionar para que los países exportadores mejoren sus estándares y aceleren la adopción de energías renovables.

Europa también ha jugado un papel protagonista en la creación del Observatorio Internacional de Emisiones de Metano (IMEO) de Naciones Unidas, que recopila datos de alta calidad, independientes y verificables para identificar mejor dónde se emite metano, en qué cantidades y cómo evoluciona. Este tipo de iniciativas de transparencia son esenciales para responsabilizar a los grandes emisores y orientar políticas públicas basadas en evidencia.

En paralelo, la UE y Estados Unidos han impulsado el Compromiso Mundial sobre el Metano (Global Methane Pledge), lanzado en la COP26. Más de 150 países, incluido España, se han sumado a este compromiso voluntario para reducir un 30 % las emisiones globales de CH4 en 2030 respecto a 2020. Sin embargo, las políticas internas de muchos Estados, España entre ellos, aún no se han alineado plenamente con esta ambición.

En el caso español, organizaciones como ECODES, Ecologistas en Acción, Fundación Renovables o Mighty Earth denuncian que el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) carece de medidas concretas sobre metano. Apenas se menciona de pasada la gestión de estiércoles, pero no se abordan de manera específica las emisiones de la ganadería intensiva, los residuos orgánicos o las fugas del sector energético, ni se han incorporado plenamente las recomendaciones de la Comisión Europea sobre fermentación entérica.

Tecnologías de seguimiento: satélites, aviones y mediciones de campo

Una de las grandes dificultades para lidiar con el metano es saber exactamente de dónde sale. Medir la concentración global en la atmósfera es relativamente sencillo, y redes como la de la NOAA llevan décadas haciéndolo. Pero localizar con precisión las fuentes puntuales, su intensidad y su evolución exige combinar mediciones de campo, sensores a bordo de aviones y satélites de alta resolución espectral.

La NASA ha desarrollado instrumentos como el AVIRIS-NG (Airborne Visible InfraRed Imaging Spectrometer – Next Generation), un espectrómetro de imágenes que, instalado en aviones de investigación, mide la luz reflejada en la superficie terrestre. Como el metano absorbe ciertas longitudes de onda infrarrojas, el análisis de estas señales permite estimar la cantidad de CH4 presente y detectar fugas o emisiones concentradas.

Otro avance importante es la misión EMIT (Earth Surface Mineral Dust Source Investigation), montada en la Estación Espacial Internacional. Aunque se diseñó originalmente para estudiar las fuentes de polvo mineral que alimentan las tormentas, se ha demostrado que también es capaz de identificar “superemisores” de metano en tierra, como grandes vertederos, instalaciones de producción de petróleo y gas o infraestructuras con fugas masivas.

En las regiones árticas, experimentos como ABoVE (Arctic Boreal Vulnerability Experiment) miden el metano procedente de humedales, lagos y permafrost en descongelación. Este seguimiento es clave para descartar o confirmar escenarios extremos de liberación masiva de CH4 que podrían desestabilizar profundamente el clima, como la llamada hipótesis del “fusil de clatratos”, que plantea la posible desgasificación rápida de hidratos marinos.

A estos esfuerzos se suman iniciativas como MethaneSAT, Oil and Gas Methane Partnership 2.0 o la propia red de observatorios europeos y globales, que proporcionan datos cada vez más finos. En conjunto, esta “constelación” de tecnologías y programas está inaugurando una nueva era de transparencia climática, donde las grandes emisiones de metano serán cada vez más difíciles de ocultar.

Impactos del metano: clima, salud, agricultura y economía

En términos climáticos, el metano solo es superado por el CO2 como motor del calentamiento global. Su contribución al forzamiento radiativo total de los gases de efecto invernadero de larga vida ronda el 20 %, y su rápido aumento en las últimas décadas preocupa especialmente por el riesgo de activar bucles de retroalimentación, como el deshielo acelerado de casquetes polares y glaciares o el aumento del nivel del mar.

El impacto del metano no se limita a la temperatura. Es también un precursor clave del ozono troposférico (O3), un contaminante que se forma en la baja atmósfera y que causa problemas respiratorios severos, daña cultivos y ecosistemas y reduce la productividad laboral. Aunque el CH4 no es tóxico directamente en concentraciones ambientales, se estima que el aumento de sus emisiones ha contribuido a cerca de la mitad del incremento reciente de los niveles de ozono troposférico.

Desde el punto de vista sanitario, el ozono a baja altura se asocia con aproximadamente un millón de muertes respiratorias prematuras al año en todo el mundo. Reducir el metano implica, por tanto, un doble beneficio: se frena el calentamiento a corto plazo y se mejora la calidad del aire, con impactos directos sobre la salud de millones de personas en zonas urbanas e industriales.

En el ámbito agrícola, el exceso de ozono y el aumento de temperatura ligados al metano provocan pérdidas de rendimiento en cultivos básicos como trigo, maíz, arroz o soja, de hasta un 15 % anual en algunas regiones. Esto agrava la inseguridad alimentaria y encarece los alimentos, especialmente en países vulnerables al cambio climático.

Si sumamos los daños climáticos, sanitarios y productivos, los impactos económicos del metano son enormes. Se calcula que el calor extremo inducido por el calentamiento está detrás de la pérdida de unos 400 millones de horas de trabajo al año, sobre todo en sectores al aire libre. Frente a esto, el coste de aplicar medidas de reducción de metano resulta, en la mayoría de los casos, muy inferior a los beneficios sociales obtenidos.

Riesgos adicionales y aspectos de seguridad del metano

Además de su papel climático, el metano plantea riesgos de seguridad muy concretos cuando se acumula en espacios cerrados o mal ventilados. Es un gas inflamable con un rango de explosividad en aire de aproximadamente el 4,4 % al 17 % en volumen, y su temperatura de autoignición se sitúa en varios centenares de grados Celsius, lo que lo hace especialmente peligroso en minas, instalaciones industriales y edificios construidos sobre antiguos vertederos.

El metano no es tóxico en sí mismo, pero puede desplazar el oxígeno del aire y provocar asfixia si se concentra mucho en espacios cerrados. Antes de llegar a ese punto, no obstante, ya se entra en rangos en los que la mezcla aire-gas es fácilmente inflamable, de ahí que la principal preocupación de seguridad sea la explosión y el incendio. Por ello, los lugares con riesgo de acumulación de metano necesitan sistemas de detección y ventilación adecuados.

En vertederos activos o clausurados, el gas generado en el subsuelo puede migrar a través del terreno y penetrar en los edificios, alcanzando concentraciones peligrosas en sótanos y plantas bajas. Para evitarlo, algunos inmuebles incorporan sistemas de captación y ventilación bajo cimentación que extraen el gas antes de que entre en el interior, conduciéndolo al exterior o a equipos de aprovechamiento energético.

En la industria química y energética, las reacciones del metano con agentes oxidantes fuertes, halógenos o compuestos halogenados pueden ser violentas. La halogenación radicalaria (reacción con cloro, bromo, etc.) o la combustión descontrolada exigen sistemas de seguridad robustos, monitorización continua y procedimientos de operación estrictos para minimizar riesgos laborales y ambientales.

Al mismo tiempo, muchas de las propiedades que le confieren peligro en ciertos contextos, como su alta inflamabilidad y densidad energética por unidad de masa, son precisamente las que hacen del metano un combustible muy valorado para la generación eléctrica, la calefacción doméstica y el transporte, especialmente cuando se compara con otros combustibles fósiles más intensivos en carbono.

La “palanca” del metano: qué se está haciendo y qué falta por hacer

El consenso científico y político es cada vez más claro: actuar rápido sobre el metano es una de las formas más eficaces de frenar el calentamiento en las próximas décadas. Esto pasa por una combinación de medidas regulatorias, tecnológicas y de cambio de comportamiento que afectan a sectores muy distintos, desde la energía y la industria hasta la ganadería, la agricultura y la gestión de residuos.

En el terreno técnico, las principales palancas de reducción de metano incluyen la detección y reparación de fugas en el sector energético, la eliminación progresiva del venteo rutinario y la quema en antorcha, la captura y aprovechamiento del gas en minas de carbón, la mejora de las prácticas de manejo de estiércoles (por ejemplo mediante digestores anaerobios para producir biogás) y la optimización de la alimentación del ganado para reducir la fermentación entérica.

En el ámbito de los residuos, las políticas más efectivas pasan por evitar que la materia orgánica acabe en vertederos. Esto implica estrategias de recogida separada de la fracción orgánica, sistemas de compostaje y digestión anaerobia, y restricciones legales al vertido de residuos biodegradables. Allí donde seguirán existiendo vertederos, la captura del gas y su uso como fuente energética es una medida casi obligada desde el punto de vista climático.

Desde la política pública, cada vez se habla más de la necesidad de planes nacionales específicos de reducción de emisiones de metano, con objetivos cuantificados por sector, calendarios claros y mecanismos de seguimiento y revisión. En el caso de España, diversas organizaciones reclaman un Plan Nacional de Metano que persiga recortes del 40-45 % para 2030 respecto a 2020, en línea con lo que plantea el IPCC para mantener controlado el aumento de la temperatura global.

A esto se suma un debate social que no es nada cómodo pero que resulta inevitable: la transformación del modelo alimentario y ganadero. Reducir el peso de la ganadería intensiva, en particular bovina y ovina, fomentar dietas con menos carne y lácteos de producción industrial y apoyar sistemas agrarios de menor impacto se citan de forma recurrente como medidas imprescindibles para contener las emisiones de metano en Europa.

En definitiva, la situación actual del metano en la atmósfera refleja décadas de aumento impulsado por la agricultura, los combustibles fósiles y los residuos, pero también abre una puerta de oportunidad muy clara: si se aplican con decisión las tecnologías disponibles, la regulación europea y los compromisos internacionales, y se acompaña todo ello de cambios reales en la transición energética, alimentario y de residuos, el metano puede pasar de ser un enemigo silencioso a convertirse en el terreno donde logremos las primeras victorias contundentes en la lucha contra el cambio climático.

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