Constelaciones y asterismos: diferencias, tipos y ejemplos

Última actualización: 22 de mayo de 2026
  • Las constelaciones son regiones oficiales de la esfera celeste, fijadas por la UAI, mientras que los asterismos son figuras de estrellas sin reconocimiento formal.
  • Los asterismos pueden estar formados por estrellas de una o varias constelaciones y se clasifican en grandes estacionales, de constelaciones actuales, históricos, pequeños y modernos.
  • Estos patrones estelares son herramientas nemotécnicas fundamentales para los aficionados, que facilitan la orientación en el cielo y el aprendizaje de objetos celestes.
  • Programas de observación fomentan localizar y dibujar asterismos con prismáticos o telescopios, reforzando el conocimiento práctico del firmamento.

Cielo nocturno con constelaciones y asterismos

Cuando levantamos la vista al cielo nocturno vemos un tapiz de puntos luminosos que, a simple vista, parecen fijos y desordenados. Sin embargo, desde hace milenios la humanidad ha conectado esos puntos en figuras, historias y caminos celestes. Constelaciones y asterismos son los dos grandes conceptos que usamos para poner orden a ese caos aparente, aunque muchas veces se confunden o se usan como si fueran lo mismo.

En astronomía moderna la diferencia importa, y mucho. Las constelaciones son hoy zonas oficiales del cielo, mientras que los asterismos son patrones más flexibles, populares y a menudo no oficiales. Saber qué es cada cosa ayuda tanto al aficionado que sale con prismáticos al campo como al que se adentra en catálogos profesionales o programas de observación. Vamos a desgranar, con calma y sin tecnicismos innecesarios, qué son, cómo se definieron y qué tipos de asterismos podemos encontrar.

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Qué es una constelación en astronomía moderna

En el lenguaje cotidiano solemos decir que una constelación es un “dibujo de estrellas”, pero en astronomía actual el término tiene un significado mucho más preciso. Una constelación es una región bien delimitada de la esfera celeste, una especie de “parcela del cielo” dentro de la cual se encuentran determinados astros según sus coordenadas.

Esto quiere decir que, técnicamente, cualquier estrella, nebulosa o galaxia que veamos en el firmamento pertenece a alguna constelación, aunque no forme parte del dibujito tradicional. La constelación no es solo la figura que imaginamos (el cazador de Orión, el león, la virgen…), sino toda la superficie celeste encerrada dentro de unos límites oficiales.

Históricamente, es cierto que las constelaciones nacen de antiguos asterismos culturales: grupos de estrellas que distintos pueblos unieron en figuras relacionadas con su mitología, su vida cotidiana o su religiosidad. Con el tiempo, esos patrones se consolidaron y se extendieron, pero cada cultura tenía los suyos, y no siempre coincidían.

Durante siglos los astrónomos europeos fueron añadiendo, modificando o incluso inventando constelaciones según sus intereses. Algunos astrónomos al servicio de cortes reales crearon figuras nuevas para ensalzar a monarcas, nobles o símbolos patrios. Estas “constelaciones de cortesano” solían publicarse en atlas celestes de moda y, en la siguiente edición de otro autor, podían desaparecer sin más. Resultado: un auténtico caos de nomenclaturas.

La definición oficial de las 88 constelaciones

Para poner orden, en 1930 la Unión Astronómica Internacional (UAI), máxima autoridad en terminología y estándares astronómicos, encargó al astrónomo belga Eugène Joseph Delporte que fijara de una vez por todas un mapa del cielo universal. La misión de Delporte fue tomar la tradición histórica heredada y traducirla en fronteras geométricas claras.

Delporte partió de los asterismos clásicos mejor documentados, pero no se quedó en el simple “dibujo”. Utilizó paralelos y meridianos de la esfera celeste (líneas de declinación y ascensión recta) para trazar límites rectos entre constelaciones, creando así superficies contiguas que cubren el cielo completo, sin huecos ni solapamientos.

El resultado fue un reparto de la esfera celeste en 89 superficies no equivalentes. Hay una peculiaridad: las zonas denominadas Caput Serpentis (cabeza de la serpiente) y Cauda Serpentis (cola de la serpiente) están separadas por otras constelaciones (Serpentario y Hércules), pero entre ambas componen la figura de la Serpiente. Por eso se habla de 88 constelaciones en 89 áreas diferentes que, en conjunto, totalizan toda la esfera celeste.

En esa depuración quedaron fuera muchas constelaciones menores o de escasa tradición, especialmente aquellas con nulo arraigo fuera de un país concreto, o creadas ad hoc para halagar a un personaje histórico. Esas figuras pasaron a considerarse “constelaciones en desuso”, efímeras y sin validez oficial en la astronomía actual.

Desde entonces, la UAI ha evitado que cada astrónomo publique su propio atlas inventando constelaciones nuevas. El canon de las 88 constelaciones es hoy un estándar global aceptado por la comunidad científica, y es la base sobre la que se definen nombres, catálogos y coordenadas de objetos celestes.

Diferencia clave entre constelación y asterismo

En este contexto moderno, conviene separar claramente los dos conceptos. Una constelación es una zona oficial del cielo, reconocida por la UAI, limitada por coordenadas concretas. Un asterismo, en cambio, es un patrón de estrellas que dibuja una figura reconocible, sin que ello tenga que coincidir con los límites de una constelación.

En cada constelación hay multitud de estrellas, pero solo unas pocas suelen formar parte de la figura imaginaria más popular. Esas estrellas “dibujan” el asterismo principal de la constelación. El resto, aunque pertenezcan a la misma zona, no intervienen en la silueta icónica que solemos representar en los mapas sencillos.

Por ejemplo, en la pequeña constelación de la Flecha (Sagitta), el área oficial contiene bastantes estrellas, pero el asterismo de la flecha propiamente dicho lo forman solo cinco estrellas principales que marcan el eje de esa flecha imaginaria.

Además, no todos los asterismos son “internos” a una constelación. El ser humano ha creado patrones mezclando estrellas de distintas regiones oficiales, como el famoso Triángulo de Verano, formado por Vega (en la Lira), Altair (en el Águila) y Deneb (en el Cisne). Estas tres estrellas pertenecen a constelaciones diferentes, pero visualmente forman un triángulo enorme y muy fácil de localizar en las noches estivales del hemisferio norte.

También existen asterismos compuestos por estrellas de una sola constelación, como el Gran Carro de la Osa Mayor. En este caso, las siete estrellas brillantes de la “cola y el lomo” de la Osa Mayor dibujan un carro o cucharón muy reconocible, pero la constelación oficial Osa Mayor abarca muchas más estrellas y una forma más compleja.

Carácter no oficial y uso práctico de los asterismos

La UAI no reconoce de forma oficial los asterismos (salvo el hecho de que muchos forman parte de constelaciones históricas), de modo que no existe un catálogo internacional normativo de asterismos. Sin embargo, sí hay un consenso bastante amplio entre aficionados y divulgadores sobre muchos de ellos, especialmente los más populares.

Desde el punto de vista científico estricto, ni constelaciones ni asterismos implican necesariamente que las estrellas estén cerca unas de otras en el espacio. Son patrones aparentes en la bóveda celeste, una ilusión óptica producida por la proyección en dos dimensiones de estrellas que pueden estar a distancias muy diferentes entre sí.

Aun así, algunos asterismos coinciden con cúmulos estelares reales, donde sus estrellas sí están físicamente relacionadas. Las Pléyades, por ejemplo, son un cúmulo abierto en la constelación de Tauro: a simple vista distinguimos unas siete estrellas brillantes, pero en realidad hay muchas más ligadas por la gravedad. En este caso un asterismo coincide con un sistema físico de estrellas jóvenes.

Para la práctica de la astronomía amateur, los asterismos son una herramienta fundamental. Los aficionados usan estos dibujos del cielo como ayuda nemotécnica para orientarse, localizar constelaciones completas y encontrar otros objetos más débiles, como nebulosas o cúmulos. Los profesionales, en cambio, trabajan sobre todo con sistemas de coordenadas y números de catálogo, por lo que los asterismos tienen menos peso en el ámbito de la investigación.

Por este motivo, muchas asociaciones astronómicas han desarrollado programas de observación basados en asterismos. El objetivo es que el observador localice, contemple y, a ser posible, dibuje un número determinado de patrones de una lista, usando sus propios prismáticos o telescopio sin ayuda computerizada. Así se fomenta el aprendizaje del cielo “a mano”, repasando figuras y desarrollando la memoria visual.

Tipos de asterismos según su tamaño y función

Podemos clasificar los asterismos de varias maneras. Una de las más útiles para el aficionado distingue entre asterismos estacionales o grandes, asterismos que marcan la forma básica de constelaciones actuales, asterismos históricos, pequeños asterismos observables con prismáticos y nuevos asterismos popularizados en tiempos recientes. Cada categoría cumple una función distinta en el aprendizaje del cielo.

Asterismos estacionales o grandes asterismos: son figuras amplias creadas con estrellas muy brillantes de varias constelaciones. Sirven como “anclas” visuales para reconocer el aspecto general del firmamento en cada estación. Ejemplo clásico es el Triángulo de Verano (Deneb, Altair, Vega), que domina el cielo boreal en las noches veraniegas.

Asterismos de constelaciones actuales: son los patrones que marcan la silueta característica de la constelación, usando solo sus estrellas más brillantes. El Carro de la Osa Mayor o la “W” de Casiopea son buenos ejemplos. Estos asterismos son la puerta de entrada a cada constelación, y a partir de ellos se completan las figuras más complejas.

Asterismos históricos: son antiguos patrones que en su día definieron constelaciones hoy en desuso, o bien configuraciones que han quedado integradas dentro de constelaciones actuales. Muchos se usaban en atlas antiguos y desaparecieron con las reformas de la UAI. Aun así, muchos aficionados los recuperan porque ayudan a estudiar la historia de la cartografía celeste y proporcionan figuras adicionales para aprender el cielo. Un ejemplo citado en la literatura es “Los honores de Federico”.

Pequeños asterismos: son figuras compactas y populares que suelen observarse con prismáticos o pequeños telescopios, y que a menudo corresponden a agrupaciones físicas de estrellas. “La Percha”, por ejemplo, es un alineamiento de estrellas en Vulpecula con apariencia de percha colgante. Estos patrones son ideales para quienes empiezan a explorar el cielo profundo con instrumentos modestos.

Nuevos asterismos: con la expansión de la afición a la astronomía desde la segunda mitad del siglo XX han ido surgiendo nuevos patrones, propuestos en revistas, libros de iniciación y recursos online. Un ejemplo llamativo es el “filamento de ADN” en Acuario, un grupo de estrellas que sugiere la forma de una doble hélice vista de perfil. Estos asterismos modernos muestran que la creatividad en el cielo sigue viva, aunque no tengan reconocimiento oficial.

Grandes asterismos estacionales en el hemisferio norte

Los grandes asterismos estacionales son de los favoritos en la divulgación porque conectan bien con quien se inicia. Con solo aprender cuatro o cinco de ellos se puede reconocer de un vistazo la época del año y orientarse con relativa facilidad. Cada estación tiene sus patrones estrella, basados en las estrellas más brillantes de constelaciones destacadas.

En primavera, uno de los más conocidos es el Diamante de Virgo, un rombo que une estrellas de varias constelaciones: Espiga (Spica) en Virgo, Arturo en Boyero, Denébola en Leo y Cor Caroli en Canes Venatici (Lebreles). Este gran rombo ayuda a identificar la región rica en galaxias de primavera y marca muy bien el cielo de marzo a julio, siendo especialmente prominente entre mayo y septiembre al anochecer.

En verano domina el ya mencionado Triángulo estival, compuesto por Deneb (Cisne), Altair (Águila) y Vega (Lira). Este triángulo destaca incluso en cielos urbanos con contaminación lumínica, y desde junio a noviembre se puede ver bien alrededor de la medianoche, desplazándose gradualmente a horas más tempranas o más tardías según avanza la estación.

Otro asterismo veraniego menos popular para el gran público, pero muy usado por observadores avanzados, es la denominada Caja de Ofiuco, un pentágono formado en la constelación de Ofiuco por estrellas como Rasalhague, Kappa Ophiuchi, Yed Posterior, Zeta Ophiuchi y Cebalrai. Este patrón es útil para localizar Campos ricos en cúmulos globulares y regiones interesantes de la Vía Láctea.

En otoño brilla el Cuadrante de Pegaso, también conocido como el Gran Cuadrado de Pegaso, que en realidad combina estrellas de Andrómeda y Pegaso: Alpheratz (α Andromedae), Markab, Scheat y Algenib (estas tres últimas en Pegaso). Este trapecio casi cuadrado es un excelente punto de partida para explorar galaxias como Andrómeda y constelaciones otoñales.

En invierno hay varios asterismos poderosos. El Triángulo Invernal une Sirio (en Can Mayor), Proción (en Can Menor) y Betelgeuse (en Orión), dibujando un triángulo muy llamativo. A su alrededor se extiende el Hexágono de Invierno (o Círculo Invernal), formado por Sirio, Proción, Cástor (o Pólux, según versión), Capella (Cochero), Aldebarán (Tauro) y Rigel (Orión). Algunos autores hablan también de un “Círculo invernal” en forma de heptágono si se incluyen siete vértices: Sirio, Proción, Cástor, Pólux, Capella, Aldebarán y Rigel. Estos grandes asterismos invernales señalan la zona más espectacular del cielo del hemisferio norte, repleta de cúmulos y nebulosas.

En el cielo austral, observable desde latitudes inferiores al Trópico de Capricornio, destaca la llamada Falsa Cruz, un rombo formado por estrellas de Vela y Carina (Quilla): Markeb, Alhabor, Avior y Aspidiske. Es un asterismo circumpolar austral y conviene no confundirlo con la verdadera Cruz del Sur, aunque ambos son muy útiles para orientarse en el hemisferio sur.

Asterismos dentro de constelaciones circumpolares y zodiacales

Muchas constelaciones circumpolares del hemisferio norte albergan asterismos muy conocidos. En Casiopea, por ejemplo, encontramos la icónica “W” o “M” (según su posición en el cielo), formada por las estrellas Caph, Schedar, Cih, Ruchbah y Segin. Esta figura marca la posición de Casiopea durante todo el año en latitudes medias del norte.

En Cefeo aparece otro patrón interesante: “la casa del rey”, un pentágono irregular definido por Alderamin, Alfirk, Errai y Zeta Cephei (entre otras). Su forma recuerda vagamente a una casita dibujada, ayudando a localizar esta constelación algo más discreta que sus vecinas.

El Dragón (Draco) muestra la llamada cabeza del dragón, también conocida como “Lozenge”, un romboide formado por Rastaban, Etamin, Kuma y Grumium. Este rombo marca la parte más llamativa de Draco, serpenteando entre la Osa Mayor y la Osa Menor.

En la Osa Mayor encontramos varios asterismos famosos: el ya citado Carro (con Dubhe, Merak, Phecda, Megrez, Alioth, Mizar y Benetnasch), “El ataúd” (un cuadrilátero con Dubhe, Merak, Phecda y Megrez) y “Las plañideras” (alineación triangular formada por Alioth, Mizar, Alcor y Benetnasch). Estos patrones se utilizan continuamente para localizar la Estrella Polar y otras referencias.

La Osa Menor, por su parte, contiene el “carro pequeño”, también con forma de cucharón, compuesto por Polaris (Cinosura), Kochab, Pherkad, Yildun y otras estrellas de menor brillo. Además, las llamadas “guardianas del polo” se refieren a Kochab y Pherkad, dos estrellas que flanquean la posición de Polaris y sirven como guía adicional para identificar el norte celeste.

En constelaciones zodiacales también abundan los asterismos prácticos. Leo presenta “la hoz”, una figura semicircular que sugiere la cabeza y la melena del león, marcada por estrellas como Régulo, Al Jabhah, Algieba, Aldhafera, Rasalas y Ras Elased Australis. Esta hoz es clave para localizar la constelación en los cielos primaverales.

En Virgo destaca la “diadema de la Virgen”, un asterismo semicircular formado por Vindemiatrix, Porrima, Zaniah y otras estrellas de la zona. Y en Cáncer, “El pesebre” (no confundir con el cúmulo M44, también llamado así) se dibuja con estrellas como Asellus Borealis, Asellus Australis, Eta Cancri y Theta Cancri.

Asterismos ligados a Sagitario, Escorpio y la Vía Láctea

En la región de Sagitario y Escorpio, donde la Vía Láctea es especialmente rica, encontramos un buen puñado de asterismos con nombres muy sugerentes. Escorpión presenta “el anzuelo”, una alineación semicircular que sigue la curvatura de la cola del escorpión, pasando por estrellas como Antares, Alniyat, Sargas, Shaula y Lesath. Esta figura es especialmente llamativa en las noches de verano boreal.

En el Cisne, un asterismo muy divulgativo es la “Cruz del Norte”, un trapecio y una barra que cruzan formando una cruz latina, con Deneb en uno de sus extremos y Albireo en el opuesto, acompañadas por estrellas como Giennah y Rukh. Esta cruz coincide con el cuerpo del Cisne y es un excelente indicador de la dirección de la Vía Láctea.

Sagitario está plagado de patrones: la “Tetera” es quizá el más famoso, una mezcla de triángulos y trapecios que recuerda a una tetera clásica, formada por estrellas como Kaus Borealis, Kaus Media, Kaus Australis, Ascella, Tau Sagittarii, Nunki y Nanto. A su alrededor se reconocen también la “cucharilla de la leche” (otro carro pequeño estelar), la “cucharilla del té”, “el arco”, “los avestruces” (con diferentes variantes: los que cruzan el río, los que regresan, su nido, etc.) y “Terebellum”, un pequeño patrón mixto con estrellas como ω Sagittarii y varias de la serie 59-62 Sagittarii.

Estos asterismos sagitarianos se usaban antiguamente para describir el recorrido de un “río celestial” en la Vía Láctea y siguen siendo una guía visual estupenda para quienes quieren explorar las nebulosas y cúmulos de esa región tan densa del cielo estival.

La rica familia de asterismos invernales: Orión, Tauro y alrededores

La constelación de Orión es un auténtico festival de asterismos. El más conocido es el cinturón de Orión, también llamado Las Tres Marías, formado por Alnitak, Alnilam y Mintaka, tres estrellas muy brillantes y casi perfectamente alineadas. Debajo del cinturón, la “espada de Orión” incluye el trapecio (Theta Orionis), Hatysa y la famosa Nebulosa de Orión (M42), dando lugar a un asterismo alargado que cuelga del cinturón.

Otros asterismos menos divulgados pero muy curiosos son el “espejo de Venus”, un patrón en forma de carro que combina Alnitak, Alnilam, Mintaka, el trapecio, Hatysa, la nebulosa y Saif al Jabbar, y el “escudo de Orión”, una alineación curva de estrellas Pi Orionis (Pi1 a Pi6) que dibuja una especie de protección frente al pecho del cazador.

Al oeste de Orión se halla Tauro, con dos asterismos legendarios: Las Pléyades y Las Híades. Las Pléyades, también conocidas popularmente como “las siete cabritillas”, forman un pequeño “carrito” o racimo de estrellas (Taygeta, Pleione, Merope, Maia, Electra, Celaeno, Atlas, Alcyone, Sterope I y II) fácilmente visible a simple vista y espectacular con prismáticos. Este cúmulo abierto es uno de los asterismos más famosos de todo el cielo.

Las Híades, por su parte, dibujan un triángulo abierto en forma de V que marca la cabeza del toro. Estrellas como Aldebarán (en primer plano, aunque no pertenece físicamente al cúmulo), Ain, Theta1 y Theta2 Tauri (los llamados “ojos de Santa Lucía”), Hyadum I y Hyadum II, dan cuerpo a este asterismo, visible en el cielo de invierno y primavera boreales.

En la constelación del Cochero (Auriga) también encontramos varios asterismos simpáticos: “las cabritillas del Auriga” (Almaaz, Haedus I y Haedus II), que forman un triángulo cercano a la brillante Capella, y “las crías de las cabritillas”, otro pequeño triángulo de estrellas como Nu, Tau y Upsilon Aurigae. Son patrones ideales para pequeños telescopios, muy apreciados en guías de observación con prismáticos.

En Perseo destacan la “cabeza de Medusa”, un cuadrilátero cuyos vértices son las estrellas Algol (Gorgonea Prima) y sus compañeras Gorgonea Secunda, Tertia y Quarta, y el “segmento de Perseo”, una alineación de Mirfak con Delta, Psi, Sigma y Gamma Persei y Miram que define el cuerpo del héroe.

Asterismos especiales, históricos y para instrumentos ópticos

Más allá de los grandes patrones a simple vista, existe toda una colección de asterismos diseñados específicamente para ser observados con prismáticos y telescopios. Asociaciones como la FAAE han elaborado listas con decenas de ellos como parte de programas de observación y dibujo, en los que se invita a registrar 50 o más asterismos en fichas de campo.

Algunos ejemplos interesantes son: el “cuadrante mural”, formado por estrellas de Hércules, Boyero y Dragón (como CL Draconis, 17 Draconis, DQ Draconis y 42 Herculis), visible en la primavera boreal; “los tres saltos de la gacela”, en la Osa Mayor, encadenando pares de estrellas con nombres tradicionales (Alulas, Tanias y Talithas); “las hienas”, un cuadrilátero en Boyero con Nekkar, Seginus, Princeps y Alkalurops, o la “cabellera de Berenice”, una agrupación irregular en la constelación del mismo nombre, marcada por Alpha, Beta y Gamma Comae Berenices.

En Acuario aparece el asterismo conocido como la “Y de Acuario” o “jarra de agua”, un triángulo que involucra estrellas como Sadachbia, Sadaltager, Seat y Hydria. Entre los asterismos pequeños de telescopio destaca también M73, un trapecio de estrellas poco brillantes en Acuario, que forma un patrón peculiar únicamente visible con ayuda óptica.

La ya mencionada “Percha” en Vulpecula es otro clásico de los asterismos para prismáticos, formada por estrellas como 4, 5 y 7 Vulpeculae, con aspecto de gancho colgante sobre un fondo rico en campo estelar. Este tipo de figuras son ideales para entrenar el ojo en la búsqueda de patrones sutiles en campos densos.

Entre los nuevos asterismos modernos citados en listas recientes encontramos el “filamento de ADN” en Acuario, un alineamiento en zig-zag de estrellas etiquetadas como c1, c2, 89, b1, b2, b3, i1, i2, i3, 102 y 103 Aquarii. Su forma recuerda, con algo de imaginación, a la doble hélice del ADN. Otros ejemplos curiosos son el “pequeño escorpión”, en la zona de Hidra y Libra, o “el pececillo” en Auriga, todos ellos pensados para telescopios y divulgación.

Un caso muy representativo de la transición histórica entre constelaciones y asterismos es el antiguo Navío Argos (Argo Navis), una enorme constelación del cielo austral que en su día fue la más grande de todas. Con el tiempo se dividió en varias constelaciones más manejables: Carina (la quilla), Vela (la vela), Puppis (la popa) y Pyxis (la brújula). En este proceso, lo que antes era una sola constelación pasó a desmembrarse en partes que, en algunos contextos, se interpretan también como grandes asterismos dentro de una historia común.

En muchas guías modernas se hace hincapié en que, para aprovechar realmente estos patrones, lo ideal es evitar telescopios computerizados y dedicar tiempo a localizar los asterismos “a pulso”, con mapas estelares y cartas impresas. De este modo se fortalece el conocimiento del cielo hasta el punto de poder imaginar y reconocer estas figuras sin apenas ayuda.

Las constelaciones y los asterismos son, en el fondo, herramientas culturales y prácticas que nos permiten domesticar el cielo, convertir un mar inmenso de puntos luminosos en territorios familiares, caminos y formas que podemos nombrar y recordar. Aunque sean en gran medida construcciones imaginarias, siguen siendo imprescindibles para quienes se inician en la observación y también para entender la historia de cómo la humanidad ha mirado a las estrellas.