Galileo y la astronomía: del telescopio al nacimiento de la ciencia moderna

Última actualización: 25 de mayo de 2026
  • Galileo transformó la astronomía al aplicar el telescopio al cielo, descubriendo montañas en la Luna, satélites de Júpiter, fases de Venus y manchas solares.
  • Sus observaciones dieron argumentos decisivos al heliocentrismo, chocando con la cosmología aristotélica y con una lectura literal de ciertos textos bíblicos.
  • El conflicto con la Inquisición y su condena en 1633 simbolizan el choque entre autoridad y método científico, aunque la Iglesia matizó su postura a lo largo de los siglos.
  • Su obra sentó las bases de la mecánica moderna y del método experimental, hasta el punto de ser considerado padre de la ciencia y de la astronomía modernas.

Galileo y la astronomía

Hablar de Galileo Galilei es hablar de un momento en que el cielo dejó de ser un techo perfecto e intocable para convertirse en un laboratorio gigantesco lleno de movimientos, manchas, satélites y estrellas invisibles a simple vista. A comienzos del siglo XVII, este toscano inquieto se plantó con un telescopio casero delante del firmamento y sacudió de golpe siglos de tradición aristotélica y de astronomía geocéntrica.

Más allá del tópico del sabio enfrentado a la Iglesia, la historia de Galileo es la de un personaje renacentista completo, que tocó casi todas las ramas del saber y abrió un camino nuevo: el de la ciencia moderna basada en la observación, el experimento y las matemáticas. Su papel en el nacimiento de la astronomía moderna, su relación con Kepler, con la Inquisición y con los papas, así como la larga sombra de su caso hasta el siglo XX, conforman un relato tan científico como humano.

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Galileo Galilei: vida, formación y primeros años

Retrato de Galileo Galilei

Galileo Galilei, cuyo nombre completo era Galileo di Vincenzo Bonaiuti de’ Galilei, vino al mundo en Pisa (entonces parte del Gran Ducado de Toscana) el 15 de febrero de 1564 y murió en Arcetri, cerca de Florencia, el 8 de enero de 1642. Nació en una familia de la baja nobleza dedicada al comercio: su padre, Vincenzo Galilei, era además un reputado músico y teórico, y su madre se llamaba Giulia Ammannati.

Fue el mayor de siete hermanos y, durante sus primeros años, sus padres se encargaron de su educación en Pisa. Al trasladarse la familia a Florencia, con unos diez años, Galileo quedó al cuidado de un vecino religioso, Jacobo Borhini, lo que le abrió las puertas del convento de Santa María de Vallombrosa, donde recibió una formación fuertemente piadosa y llegó a plantearse seriamente la vida religiosa, algo que a su padre le preocupaba bastante.

Vincenzo, escéptico y poco amigo de excesos devocionales, aprovechó una infección ocular de su hijo para sacarlo del convento alegando falta de cuidados. Poco después, lo matriculó en la Universidad de Pisa, donde Galileo inició estudios de medicina, filosofía y matemáticas, siguiendo el deseo paterno de que se ganara bien la vida como médico.

Sin embargo, en 1583 un encuentro marcaría un giro decisivo: Galileo conoció a Ostilio Ricci, amigo de la familia, matemático y discípulo de Tartaglia. Ricci tenía la rara costumbre de combinar teoría y experiencia, y esto sedujo al joven toscano. Fascinado por Euclides, y cada vez más harto tanto de la medicina como de las disputas escolásticas, Galileo fue reorientando su formación hacia las matemáticas y la mecánica, identificándose con Pitágoras, Platón y Arquímedes, y colocándose en abierta oposición al aristotelismo dominante.

En estos años de estudiante descubrió la ley del isocronismo del péndulo (el hecho de que, para oscilaciones pequeñas, el periodo depende muy poco de la amplitud), lo que sería el germen de una nueva ciencia del movimiento. Dentro del clima humanista de la época, escribió incluso un panfleto muy agresivo contra el profesorado de su tiempo, algo que le granjeó la enemistad de muchos colegas durante toda su vida. Regresó a Florencia sin título formal, pero armado con un sólido bagaje matemático y una enorme curiosidad científica.

De Pisa a Padua: los inicios de un científico renacentista

Galileo y la observación astronómica

De vuelta en Toscana, Galileo comenzó a trabajar sobre problemas de mecánica, especialmente sobre el centro de gravedad de sólidos, plasmando sus resultados en el tratado Theoremata circa centrum gravitatis solidum. En 1586 reconstruyó la balanza hidrostática de Arquímedes (la famosa bilancetta) y siguió experimentando con péndulos pesados, inventando el pulsómetro, un aparato que permitía medir el pulso tomando como referencia una escala de tiempos regulada por el péndulo.

En 1588 la prestigiosa Academia Florentina le invitó a impartir dos lecciones sobre un tema tan poco astronómico como fascinante: la forma, posición y tamaño del infierno descrito por Dante. En paralelo, Galileo buscaba una plaza estable como profesor universitario. En ese contexto conoció al jesuita Christopher Clavius, autoridad máxima en matemáticas del Colegio Romano, y al matemático Guidobaldo del Monte, quien recomendó a Galileo ante el duque Fernando I de Médici.

Gracias a ese apoyo, en 1589 Galileo obtuvo la cátedra de matemáticas de la Universidad de Pisa, con un salario de 60 escudos de oro anuales. Su lección inaugural tuvo lugar el 12 de noviembre de ese año. Durante este periodo se interesó por la cicloide (curva generada por un punto de una rueda que rueda), que utilizó para diseñar arcos de puentes, y redactó su primer tratado sistemático de mecánica, De motu, donde aún convivían ideas innovadoras con restos de la física aristotélica y el sistema de Ptolomeo.

Es en este contexto donde se sitúa el famoso episodio de las bolas arrojadas desde la torre inclinada de Pisa. Según el relato de su discípulo Vincenzo Viviani, Galileo habría dejado caer dos esferas de distinta masa desde la parte alta de la torre para mostrar que todos los cuerpos caen con la misma aceleración independientemente de su peso, contradiciendo así las tesis aristotélicas. Muchos historiadores actuales creen que, en realidad, se trató más de un experimento mental que de una prueba física efectivamente realizada.

En 1592, tras desavenencias con la corte toscana, Galileo aceptó un puesto en la Universidad de Padua, bajo la protección de la República de Venecia. Allí ejerció como profesor de geometría, mecánica y astronomía hasta 1610, en un ambiente mucho más libre en términos intelectuales, pese al precedente trágico de Giordano Bruno. Padua fue, para Galileo, un laboratorio vital: enseñó mecánica aplicada, arquitectura militar, astronomía y matemáticas, mientras sostenía económicamente a su familia dando clases privadas a estudiantes pudientes.

En 1599 participó en la fundación de la Accademia dei Ricovrati y, ese mismo año, conoció a Marina Gamba, una joven veneciana con la que mantuvo una relación hasta 1610. De ella nacieron Virginia (1600), Livia (1601) y Vincenzo (1606). Como las hijas eran ilegítimas, Galileo las ingresó en un convento, considerándolas «poco casaderas» en el contexto social de la época, mientras que su hijo varón fue legitimado y llegó a casarse con Sestilia Bocchineri.

Descubrimientos mecánicos y el año milagroso de 1604

Entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII, Galileo fue puliendo su concepción del movimiento. En 1604 vivió un auténtico año milagroso. En julio probó con éxito una bomba de agua en un jardín de Padua; en octubre formuló la ley del movimiento uniformemente acelerado (aunque la asoció a una concepción errónea de las velocidades), y en diciembre comenzó la observación de una nova brillante aparecida en el cielo de otoño.

Aquella nueva estrella, que se desvaneció después de un tiempo, chocaba de frente con la doctrina de la inmutabilidad de los cielos. Galileo, sin embargo, aún se mostraba públicamente prudente: seguía enseñando en clave aristotélica mientras en privado abrazaba el copernicanismo, a la espera de pruebas irrefutables que le permitieran romper definitivamente con el geocentrismo. En febrero de 1605 publicó, junto a Girolamo Spinelli, el opúsculo satírico Dialogo de Cecco da Ronchitti da Bruzene in perpuosito de la stella Nova.

Al retomar sus estudios sobre el movimiento, Galileo mostró que, en ausencia de resistencia, los proyectiles seguirían trayectorias parabólicas, adelantándose así a la balística moderna, aunque la teoría completa de la gravitación esperaría a Isaac Newton. En 1606 construyó uno de los primeros termoscopios, precursor del termómetro, que permitía comparar cuantitativamente frío y calor. Ese mismo año sobrevivió a una enfermedad infecciosa que mató a dos amigos suyos, quedando aquejado de reumatismo crónico.

En los años siguientes se interesó por el magnetismo, estudiando la estructura de los imanes, trabajos que hoy se conservan en el Museo de Historia de Florencia. Esta intensa etapa paduana preparó el terreno para el giro decisivo de 1609: la llegada del telescopio.

El telescopio de Galileo y el nacimiento de la astronomía moderna

En mayo de 1609, Galileo recibió una carta de Jacques Badovere, antiguo alumno suyo en París, confirmando un rumor que corría por Europa: en Holanda se había construido un tubo óptico, obra de Hans Lippershey, capaz de hacer aparecer los objetos lejanos como si estuvieran mucho más cerca. Sin haber visto ninguno, Galileo reconstruyó por su cuenta el invento a partir de descripciones muy vagas.

Su primer telescopio ya superaba al neerlandés: ofrecía un aumento de seis veces y, además, proporcionaba imágenes derechas gracias al uso de una lente divergente en el ocular. Pocos meses después, había fabricado instrumentos de ocho y nueve aumentos. El 21 de agosto de 1609 subió con uno de ellos al campanile de San Marcos, en Venecia, y mostró a los senadores cómo la isla de Murano parecía acercarse a apenas unos cientos de metros.

Los venecianos, entusiasmados por las posibles aplicaciones militares, recompensaron a Galileo confirmándole de por vida en su puesto en Padua y duplicándole el sueldo, a cambio de que cediera el telescopio a la República. Lo irónico es que, pese a sus éxitos prácticos, Galileo no dominaba a fondo la teoría óptica y la calidad de sus tubos era muy irregular: de más de sesenta telescopios construidos, solo unos pocos servían realmente para observaciones astronómicas finas.

Entre finales de 1609 y comienzos de 1610, mejoró su diseño hasta lograr instrumentos de unos veinte aumentos, y los dirigió sistemáticamente al cielo, aprendiendo a observar el cielo como un experto. Lo que vio cambió para siempre nuestra visión del universo. La Luna, lejos de ser una esfera pulida y cristalina, mostraba relieves, montañas y valles perfectamente apreciables en la línea que separa luz y sombra (el terminador). A partir del juego de sombras, Galileo llegó incluso a estimar alturas de hasta 7 000 metros, por encima de cualquier cumbre terrestre conocida entonces.

El telescopio reveló además que la Vía Láctea era un cúmulo inmenso de estrellas y que algunas que se veían a simple vista como solitarias resultaban ser enjambres estelares. Observó extrañas «asas» en torno a Saturno, que más tarde se entenderían como anillos gracias a los telescopios superiores de Christiaan Huygens, y se fijó en las manchas solares, demostrando que el Sol no era un disco perfecto y, además, que rotaba sobre sí mismo.

Los satélites de Júpiter y el golpe al geocentrismo

El 7 de enero de 1610, mientras apuntaba a Júpiter con un telescopio particularmente bueno, Galileo detectó tres pequeñas «estrellas» próximas al planeta, alineadas con él y mucho más brillantes que otras de magnitud semejante. Noche tras noche comprobó que aquellas luces cambiaban de posición, ora a un lado, ora al otro, desapareciendo a veces tras el disco joviano. Al cabo de pocos días concluyó que se trataba de cuerpos que giraban en torno a Júpiter.

Acabó identificando cuatro, hoy conocidos como Ío, Europa, Ganimedes y Calisto, las lunas galileanas. Al principio los bautizó como «astros medíceos» (I, II, III y IV) en honor de Cosme II de Médici, su antiguo alumno y gran duque de Toscana, maniobra estratégica para asegurarse el favor de la corte florentina. El nombre actual se debe al astrónomo alemán Simon Marius, que los nombró siguiendo un consejo de Johannes Kepler.

Galileo narró estas observaciones con todo lujo de detalles en el Sidereus nuncius (El mensajero de las estrellas), publicado en Florencia en marzo de 1610. Allí describía también sus dibujos lunares, la multitud de estrellas invisibles a simple vista y otros hallazgos. El sistema joviano se le presentó como una especie de modelo a escala del sistema solar: si cuatro «planetas» giraban alrededor de Júpiter, estaba claro que no todo en el cielo tenía por qué orbitar la Tierra.

Este golpe simbólico dañaba tanto el prestigio de la cosmología aristotélica como la vieja idea de esferas de cristal que portaban los astros. De paso, corregía a algunos copernicanos radicales que pretendían que todos los cuerpos celestes giraban estrictamente en torno al Sol. Kepler, desde Alemania, acogió con entusiasmo los descubrimientos de Galileo, que fueron confirmados por otros observadores, incluidos los jesuitas del Colegio Romano.

Junto a los satélites de Júpiter, Galileo desplegó una batería de argumentos observacionales a favor del heliocentrismo. Las fases de Venus, observadas a partir de septiembre de 1610 y explicadas en toda su fuerza en El ensayador (1623), encajaban a la perfección con un modelo en el que Venus gira alrededor del Sol y presentan problemas insalvables para la versión clásica del sistema de Ptolomeo. Las nuevas estrellas reveladas por el telescopio apuntaban a que las estrellas estaban muchísimo más lejos de lo que se pensaba, haciendo prácticamente indetectable el paralaje estelar con la tecnología de la época, lo que desactivaba el mejor argumento geocéntrico.

Galileo, la Iglesia y el conflicto entre dos maneras de razonar

A partir de 1610, la figura de Galileo salió de los círculos académicos para convertirse en tema político y religioso de primer orden. En 1611 viajó a Roma, invitado por el cardenal Maffeo Barberini (futuro Urbano VIII), y fue recibido con honores por el Colegio Romano y la recién creada Academia de los Linces, que le admitió como sexto miembro. Los jesuitas confirmaron sus observaciones telescópicas, aunque evitaron pronunciarse sobre sus conclusiones cosmológicas.

La resistencia a Galileo no vino solo de la astronomía tradicional sino también de sectores teológicos que consideraban peligrosa la relectura de ciertos pasajes bíblicos a la luz del nuevo saber. Textos como algunos salmos («has establecido la Tierra firme e inmóvil») o el episodio de Josué deteniendo el Sol y la Luna se interpretaban de forma literal como soporte de un cosmos geocéntrico. Pronto surgieron predicadores, como el dominico Niccolò Lorini o el carmelita Paolo Foscarini, que intervinieron a favor o en contra del copernicanismo desde el púlpito y la imprenta.

En 1613-1615 estalló la polémica abierta. La gran duquesa Cristina de Lorena pidió explicaciones sobre la compatibilidad entre la visión copernicana y la ortodoxia católica. Galileo respondió primero en una carta a su discípulo Benedetto Castelli y luego en su famosa carta a Cristina de Lorena, donde defendía que la Biblia enseña cómo ir al cielo, no cómo es el cielo, y que, cuando un hecho natural está firmemente establecido, la exégesis debe tenerlo en cuenta.

Sin embargo, el clima romano era cada vez más tenso. El cardenal Roberto Belarmino, figura clave de la Contrarreforma y protagonista también en el proceso contra Giordano Bruno, encargó un dictamen sobre la doctrina copernicana. En febrero de 1616, la Congregación del Santo Oficio calificó la afirmación de que la Tierra se mueve como «insensata en filosofía» y «formalmente herética» en cuanto contraria a las Escrituras tal como se interpretaban entonces.

La decisión final prohibió defender el heliocentrismo como realidad física y ordenó tratarlo solo como hipótesis de cálculo. A Galileo se le instó a no enseñar la movilidad de la Tierra como hecho. Según la lectura de autores como Paul Feyerabend, la posición de Belarmino, a falta de una prueba concluyente del movimiento terrestre, no fue puramente oscurantista, sino que, desde los estándares de la época, podía presentarse como científicamente prudente. En cualquier caso, para Galileo supuso un duro golpe personal, que le sumió en un periodo de salud frágil y productividad científica reducida.

Polémicas científicas: cometas, manchas solares y cuerpos flotantes

Lejos de callarse, Galileo siguió enredado en debates públicos. Mantuvo con Aristóteles y sus seguidores una sonada «batalla de los cuerpos flotantes» frente a Lodovico delle Colombe y otros profesores de Pisa, defendiendo que el hielo flota por ser menos denso que el agua, frente a quienes apelaban a una vaga «naturaleza» de cada cuerpo. Este enfrentamiento acabó en victoria teórica para la física cuantitativa de Galileo.

También protagonizó una agria disputa con el jesuita Christoph Scheiner sobre la naturaleza de las manchas solares. Scheiner, publicando bajo seudónimo, sostenía que eran pequeños planetas que pasaban por delante del Sol para salvar la incorruptibilidad del astro. Galileo mostró, con un cuidadoso análisis geométrico de sus trayectorias (utilizando la teoría de los versenos), que las manchas se desplazaban sobre la propia superficie solar y que su movimiento revelaba la rotación del Sol y la inclinación de su eje.

En 1618, la aparición de tres cometas reavivó la cuestión de la inmutabilidad celeste. El jesuita Horazio Grassi defendió, en De tribus cometis, que se trataba de cuerpos celestes reales, con órbitas alejadas en el espacio. Galileo respondió indirectamente a través de su discípulo Mario Guiducci, sosteniendo erróneamente que los cometas eran fenómenos ópticos, más cercanos a efectos atmosféricos. La discusión se volvió tan personal que, animado por Barberini y con el apoyo de los Linces, Galileo contraatacó en 1623 con Il saggiatore (El ensayador), un texto de enorme brillantez literaria y filosófica donde defendía una concepción matemática de la naturaleza frente a la tradición escolástica.

En paralelo, Galileo iba terminando su teoría del movimiento y pensando cómo abordar de nuevo la cosmología. A pesar de la censura de 1616, su prestigio seguía creciendo: fue nombrado cónsul de la Academia Florentina y recibió el apoyo de figuras como Tommaso Campanella. Todo cambió cuando su amigo Barberini ascendió al solio pontificio.

El Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo y el gran proceso

En 1623, Maffeo Barberini se convirtió en el papa Urbano VIII, y Galileo vio en ello una oportunidad para reabrir el debate copernicano bajo condiciones relativamente favorables. Urbano, culto y en principio simpatizante del florentino, le sugirió escribir una obra donde se presentaran de manera imparcial los argumentos a favor y en contra de los sistemas de Ptolomeo y Copérnico.

Galileo trabajó durante años en el Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, sorteando la censura. El libro, finalmente impreso en Florencia en 1632, está escrito en italiano y adopta la forma de conversación entre tres personajes: Salviati, defensor de Copérnico; Sagredo, espíritu abierto que hace de interlocutor intermedio, y Simplicio, partidario de Aristóteles, cuyo nombre muchos identificaron maliciosamente con una caricatura del papa. En cuatro jornadas se desgranaban argumentos físicos y astronómicos, con un claro sesgo a favor del heliocentrismo.

El Diálogo no solo retomaba viejas pruebas (como las fases de Venus o los satélites de Júpiter), sino que añadía otras dos: la explicación de las mareas mediante el movimiento combinado de rotación y traslación terrestre —ingeniosa, pero equivocada— y la sofisticada reinterpretación de las manchas solares como argumento en contra del sistema de Tycho Brahe, último refugio de los geocentristas. Para la Inquisición, que en 1616 solo le había permitido tratar la movilidad de la Tierra como hipótesis, aquello fue ir demasiado lejos.

El libro había pasado por manos de censores, pero la recepción pública desató un torbellino. Los jesuitas del Colegio Romano, especialmente Scheiner y Grassi, aprovecharon la ocasión para mover hilos contra Galileo. Se extendió el rumor de que Urbano VIII se veía ridiculizado en el personaje de Simplicio, lo que tocaba la fibra de un papa muy consciente de su propia autoridad. Además, el hecho de que el texto estuviera en lengua vulgar agrandaba su impacto social.

En septiembre de 1632 se ordenó a Galileo que acudiera a Roma. Tenía 68 años, estaba enfermo y, para colmo, Italia sufría un brote de peste, lo que retrasó su salida por cuarentenas obligatorias. Aunque presentó certificados médicos, una orden tajante en diciembre le conminó a presentarse «de grado o por fuerza». Durante el proceso fue alojado en dependencias cómodas del palacio de la Inquisición, con un trato relativamente correcto dentro de la dureza del momento.

El interrogatorio comenzó el 9 de abril de 1633. La acusación formal no se centró tanto en herejía directa como en la presunta desobediencia al mandato de 1616. Había, en el archivo, un acta no firmada que afirmaba que a Galileo se le había prohibido enseñarlo «de ningún modo», documento cuya validez ha sido muy discutida. Ante pruebas débiles, se recurrió a la presión psicológica: se le amenazó con tortura si no cooperaba, y se le prometió clemencia si confesaba.

El 30 de abril, Galileo declaró que, si en su libro daba la impresión de favorecer más a Copérnico, no había sido su intención y que estaba dispuesto a corregir la obra. El 21 de junio el tribunal dictó sentencia: se le condenaba a prisión perpetua (que luego se conmutaría por arresto domiciliario de por vida) y se le obligaba a abjurar solemnemente de la doctrina de la movilidad de la Tierra. La famosa frase «Eppur si muove» («y sin embargo, se mueve»), a menudo atribuida a ese momento, carece de respaldo documental; expertos como Stillman Drake creen que, de pronunciarla alguna vez, lo hizo en un contexto mucho menos peligroso.

Los últimos años y las dos nuevas ciencias

Tras la sentencia de 1633, Galileo pasó un breve periodo en casa del arzobispo de Siena y, después, fue autorizado a residir en su villa de Arcetri, cerca del convento donde vivían sus hijas monjas, María Celeste y Arcángela. A pesar del arresto, recibió visitas de discípulos como Vincenzo Viviani o Evangelista Torricelli y continuó trabajando intensamente en problemas de mecánica y resistencia de materiales.

En estos años redactó su obra final, Discursos y demostraciones matemáticas en torno a dos nuevas ciencias (1638), en la que sentaba las bases de la mecánica clásica y de la ciencia de la resistencia de materiales. El manuscrito tuvo que salir clandestinamente de Italia para ser publicado en Leiden y París en latín, donde circuló entre las principales figuras científicas del momento, incluido Descartes, que envió observaciones críticas a Marin Mersenne.

La salud de Galileo se deterioraba. El 4 de julio de 1637 perdió la visión del ojo derecho y el 2 de enero de 1638 quedó completamente ciego. La Inquisición permitió que ayudantes como Dino Peri y el padre Ambrogetti vivieran con él para asistirle y tomar al dictado sus últimas ideas. Hasta poco antes de morir siguió reflexionando sobre el movimiento y, en 1641, investigó la aplicación de la oscilación del péndulo a mecanismos de relojería, preludio de lo que luego se llamaría «escape de Galileo».

El 8 de enero de 1642 Galileo falleció en Arcetri a los 77 años. Su cuerpo fue enterrado inicialmente de forma discreta, pero en 1736 se le erigió un mausoleo en la basílica de la Santa Cruz de Florencia. Su legado científico y simbólico, sin embargo, estaba destinado a seguir dando guerra durante siglos.

Repercusiones filosóficas y científicas: del método científico a Einstein

Galileo no solo cuestionó que la Tierra fuera el centro del universo; puso en crisis la manera misma de hacer ciencia. Frente al razonamiento deductivo que partía de autoridades como Aristóteles o las Escrituras, defendió un enfoque basado en la inducción a partir de observaciones controladas, experimentos repetibles y formulación matemática. Su forma de trabajar complementa, en cierto modo, la filosofía de Francis Bacon y, en el plano astronómico, los descubrimientos de Johannes Kepler.

Las llamadas «pruebas» galileanas del movimiento de la Tierra —montañas en la Luna, nuevos astros en el cielo, satélites jovianos, manchas solares, fases de Venus, análisis de mareas y estudios refinados del movimiento de las manchas— constituyeron un arsenal empírico que, aunque no siempre correcto en los detalles, inclinó decisivamente la balanza hacia el heliocentrismo. La explicación newtoniana de la gravitación universal, décadas después, daría a muchos de esos hechos su encaje definitivo.

En el terreno filosófico, su figura se relaciona con el despegue del racionalismo (Descartes) y el empirismo (Bacon, Boyle), así como con la progresiva matematización y mecanización de la imagen del mundo. No es casual que autores como Stephen Hawking hayan señalado a Galileo como máximo responsable del nacimiento de la ciencia moderna, ni que Albert Einstein lo llamara explícitamente «padre de la ciencia moderna».

La larga sombra del «caso Galileo» en la Iglesia

El proceso de 1633 dañó profundamente la imagen de la Iglesia católica en relación con la ciencia. Durante siglos, el caso Galileo se convirtió en símbolo del conflicto entre fe y razón, a menudo simplificado hasta la caricatura. En la práctica, las obras favorables al heliocentrismo se incluyeron en el Índice de libros prohibidos y el Diálogo quedó vetado en los territorios católicos.

Sin embargo, desde el siglo XVIII se fueron produciendo rectificaciones graduales. El papa Benedicto XIV permitió en 1741 una edición de las obras completas de Galileo y, en 1757, la Congregación del Índice levantó la prohibición general sobre los libros heliocéntricos. Con el tiempo, el movimiento de la Tierra dejó de ser discutible desde un punto de vista observacional, y la postura oficial se fue ajustando a la nueva realidad científica.

Ya en el siglo XX, Pío XII habló de Galileo en términos elogiosos, describiéndolo como «el más audaz héroe de la investigación» en un discurso a la Academia Pontificia de las Ciencias en 1939. Su biógrafo jesuita Robert Leiber subrayó la preocupación del papa por no cerrar puertas al avance científico y su pesar por aquel episodio histórico.

Juan Pablo II dio un paso más al crear en 1979 una comisión para estudiar de nuevo la controversia de los siglos XVI y XVII. Aunque la comisión, que trabajó hasta 1992, no habló propiamente de «rehabilitación» en sentido jurídico, sí reconoció errores cometidos por algunos teólogos en la interpretación escriturística y en el trato dado a Galileo. El 31 de octubre de 1992, el papa pronunció un discurso ante la Academia de Ciencias en el que admitía con claridad que se habían cometido equivocaciones desde el lado eclesiástico.

Más espinosa fue la interpretación del entonces cardenal Joseph Ratzinger (futuro Benedicto XVI), que en 1990, en una conferencia en la Universidad de La Sapienza, citó al filósofo Paul Feyerabend y al físico Carl Friedrich von Weizsäcker para relativizar el «mito Galileo» y sugerir que, desde una perspectiva contemporánea (que incluye la relatividad), la cuestión de sistemas de referencia hacía menos absurda la prudencia de la Iglesia en el siglo XVII. Estas citas, sacadas a veces de contexto y mal fechadas incluso en Wikipedia, provocarían una fuerte polémica cuando, ya papa, se programó y luego se canceló una visita suya a La Sapienza en 2008.

En el marco del Año Internacional de la Astronomía 2009, la Santa Sede organizó un congreso internacional sobre Galileo, se celebró una misa en su honor y se publicaron obras como Galileo y el Vaticano o nuevas ediciones de los documentos vaticanos del proceso. El objetivo declarado era avanzar hacia una relación más serena entre Iglesia y ciencia, reconociendo el valor intelectual del florentino sin reabrir batallas doctrinales.

Obras principales y legado cultural

A lo largo de su vida, Galileo produjo una obra escrita muy extensa. Entre sus escritos más destacados se encuentran la temprana La bilancetta (1586, póstuma), el tratado De motu (1590), las Operaciones del compás geométrico y militar (1606), Le meccaniche (circulando desde 1600), el ya mencionado Sidereus nuncius (1610) y textos fundamentales como la carta a Cristina de Lorena (1615), el tratado sobre las mareas (Discorso del flusso e reflusso del mare, 1616), el polémico El ensayador (1623), el Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo (1632) y los Discursos y demostraciones matemáticas en torno a dos nuevas ciencias (1638).

En español disponemos de buenas ediciones de muchas de estas obras, desde el Diálogo sobre los dos máximos sistemas y las Cartas hasta las Dos nuevas ciencias o El ensayador, lo que permite acceder directamente a su estilo claro, a menudo irónico, y a su capacidad para entrelazar argumentos técnicos con ejemplos cotidianos. Además de la astronomía y la física, su labor inspiró reflexiones de filósofos como Ortega y Gasset, que le dedicó el ensayo En torno a Galileo, y una amplia historiografía moderna.

Su huella se percibe también en el terreno simbólico y cultural. Dan nombre a misiones espaciales (la sonda Galileo a Júpiter), a sistemas de navegación (el europeo Galileo), a cráteres lunares y marcianos, a un asteroide (697 Galilea), a las grandes lunas jovianas y hasta a unidades de medida. El arte y la cultura popular tampoco le han sido ajenos: es protagonista de la ópera Galileo Galilei de Philip Glass, dramatizado en La vida de Galileo de Bertolt Brecht, llevado al cine en varias ocasiones y aludido incluso en canciones tan icónicas como «Bohemian Rhapsody» de Queen o en discos conceptuales como Eppur Si Muove de la banda de metal Haggard.

Entre sus contemporáneos, un lugar especial lo ocupa Johannes Kepler, que, desde otro rincón de Europa, formuló casi al mismo tiempo las tres leyes que describen el movimiento planetario en torno al Sol: órbitas elípticas, áreas iguales en tiempos iguales y proporción entre el cuadrado del periodo y el cubo de la distancia media. La colaboración indirecta entre las observaciones telescópicas de Galileo y los cálculos de Kepler, fundamentados en las precisas mediciones de Tycho Brahe, consolidó definitivamente la astronomía heliocéntrica como ciencia matemática del cielo.

Visto con cierta perspectiva, Galileo se nos aparece como una figura bisagra que conecta el mundo renacentista con la ciencia moderna: un hombre capaz de tocar el laúd, discutir sobre Dante, diseñar instrumentos militares, calcular centros de gravedad, observar satélites de Júpiter y enfrentarse a tribunales eclesiásticos por defender que la Tierra se mueve. Entre telescopios defectuosos, péndulos columpiándose en catedrales y cartas dirigidas a grandes duquesas, fue levantando, pieza a pieza, una nueva manera de mirar el cosmos y de entender nuestro lugar en él, una herencia que sigue muy viva cada vez que alzamos la vista al cielo o lanzamos una nave a explorar el sistema solar.