Anemia: causas, síntomas, diagnóstico, tratamiento y prevención

Última actualización: 21 de abril de 2026
  • La anemia es un descenso de hemoglobina o glóbulos rojos que limita el transporte de oxígeno y suele indicar una causa subyacente.
  • Las principales causas incluyen deficiencia de hierro y vitaminas, infecciones, enfermedades crónicas, pérdidas de sangre y trastornos hereditarios.
  • El diagnóstico se basa en la historia clínica, la exploración física y el hemograma con estudios complementarios según el caso.
  • El tratamiento combina suplementos, fármacos, transfusiones y medidas específicas, junto con prevención nutricional y control de infecciones.

anemia

La anemia es mucho más que “tener la hemoglobina baja”. Se trata de una alteración de la sangre en la que faltan glóbulos rojos sanos o hemoglobina suficiente para transportar oxígeno a todos los tejidos. Cuando eso ocurre, el cuerpo entra en modo ahorro de energía y lo primero que se nota es cansancio, falta de aire con esfuerzos y esa sensación de flojera general que no se quita ni durmiendo bien.

Además, no es un problema raro ni anecdótico. Es una de las deficiencias nutricionales y hematológicas más frecuentes del mundo, especialmente en niños pequeños, adolescentes, mujeres que menstrúan y embarazadas. Puede deberse a falta de hierro o vitaminas, a pérdidas de sangre, infecciones, enfermedades crónicas, trastornos hereditarios… y, en muchas ocasiones, es la pista de que algo más serio está pasando de fondo.

¿Qué es exactamente la anemia?

En medicina se considera anemia cuando la concentración de hemoglobina o el número de glóbulos rojos está por debajo de los valores normales, que varían según la edad, el sexo y la situación fisiológica (por ejemplo, el embarazo). La hemoglobina es la proteína de los eritrocitos (glóbulos rojos) que se encarga de transportar el oxígeno desde los pulmones a los órganos.

La Organización Mundial de la Salud establece que hay anemia si la hemoglobina es menor de 13 g/dL en hombres y mujeres tras la menopausia, y menor de 12,5 g/dL en mujeres premenopáusicas. No es una enfermedad en sí misma, sino un signo clínico que refleja otra causa subyacente.

En la sangre, además de glóbulos rojos, circulan glóbulos blancos, plaquetas y plasma. En algunos tipos de anemia grave o aplásica no solo bajan los glóbulos rojos, sino también leucocitos y plaquetas (pancitopenia), lo que complica aún más el cuadro por riesgo de infecciones y hemorragias.

Desde el punto de vista fisiopatológico, la anemia aparece cuando se altera alguno de estos tres mecanismos básicos: producción insuficiente de glóbulos rojos, destrucción excesiva de glóbulos rojos o pérdida de sangre (aguda o crónica). La mayoría de las causas encajan en una o en varias de estas categorías a la vez.

Un problema de salud pública de enorme magnitud

anemia informacion

A nivel mundial, la anemia es uno de los principales problemas de salud pública asociados a discapacidad, morbilidad y mortalidad, sobre todo en países de ingresos bajos y medianos. Afecta sobre todo a poblaciones rurales, hogares con menos recursos y personas sin acceso adecuado a educación y servicios sanitarios.

Las cifras son contundentes: se calcula que unos 1.620 millones de personas viven con anemia, alrededor del 24-30 % de la población mundial, según el grupo estudiado. Entre los más afectados destacan los niños de 6 a 59 meses y las mujeres de 15 a 49 años, tanto embarazadas como no embarazadas.

En números concretos, se estiman alrededor de 269 millones de niños pequeños y 500 millones de mujeres en edad fértil con anemia. En 2019, este trastorno fue responsable de la pérdida de unos 50 millones de años de vida sana por discapacidad. Las regiones más castigadas son África y Asia Sudoriental, donde confluyen factores como malnutrición, paludismo y alta carga de infecciones parasitarias.

En países de ingresos altos, como Estados Unidos o Europa occidental, la prevalencia es más baja, pero la anemia sigue siendo un problema muy frecuente en embarazadas, niños, personas mayores y pacientes con enfermedades crónicas como insuficiencia renal, cáncer, enfermedad inflamatoria intestinal o infecciones persistentes.

Principales tipos de anemia y grandes grupos de causas

Detrás del diagnóstico “tienes anemia” se esconde un universo de entidades distintas. Cada una tiene su origen, su fisiopatología y su tratamiento. A grandes rasgos, la anemia se puede clasificar por el mecanismo que la provoca, por el tamaño de los glóbulos rojos o por la respuesta de la médula ósea.

1. Por el mecanismo fisiopatológico

Desde esta perspectiva, se distinguen tres bloques fundamentales que ayudan mucho al clínico a orientar el estudio:

  • Anemias por falta de producción de glóbulos rojos (anemias hiporregenerativas): la médula ósea fabrica menos eritrocitos de los necesarios, ya sea por falta de materia prima (hierro, ácido fólico, vitamina B12, otras vitaminas o cobre), por alteración medular directa (anemia aplásica, infiltración por tumores, fibrosis) o por interferencias hormonales y de inflamación (insuficiencia renal crónica, enfermedades endocrinas, anemias de procesos inflamatorios crónicos).
  • Anemias por pérdida de sangre: hemorragias agudas (por traumatismos, cirugía, parto, sangrados digestivos intensos) o pérdidas crónicas de pequeño volumen pero sostenidas en el tiempo (reglas muy abundantes, úlceras digestivas, lesiones gastrointestinales, hemorragias ginecológicas, hemofilias, parasitosis intestinales con sangrado, etc.).
  • Anemias hemolíticas: la vida media de los glóbulos rojos se acorta porque se destruyen más rápido de lo normal, ya sea por defectos intrínsecos de los eritrocitos (alteraciones de la membrana, enzimas o hemoglobina como las talasemias y la drepanocitosis) o por causas externas (anemias autoinmunes, infecciones como el paludismo, agresiones mecánicas, fármacos o tóxicos).

2. Por la respuesta medular: regenerativa o hiporregenerativa

El recuento de reticulocitos (glóbulos rojos jóvenes que salen de la médula) permite saber si la médula ósea está intentando compensar la anemia. Cuando la respuesta es adecuada, se habla de anemia regenerativa; si los reticulocitos están normales o bajos en un contexto de anemia, se trata de una anemia hiporregenerativa, típica de deficiencias nutricionales o fallos de la médula.

3. Por el tamaño de los glóbulos rojos (VCM)

El volumen corpuscular medio (VCM) clasifica la anemia en:

  • Anemia microcítica: glóbulos rojos más pequeños de lo normal, típica de la falta de hierro y de algunas talasemias o anemias sideroblásticas.
  • Anemia normocítica: tamaño normal, habitual en anemias por enfermedades crónicas, fallo renal, sangrados agudos o algunas hemólisis.
  • Anemia macrocítica: glóbulos rojos más grandes, característica de los déficits de vitamina B12 y de ácido fólico, algunos síndromes mielodisplásicos y alcoholismo crónico.

4. Por el tiempo de evolución

Otra forma útil de agruparlas es por la rapidez con la que se instaura el problema:

  • Anemia aguda: se instala en horas o días, como en una hemorragia importante. Origina síntomas bruscos de inestabilidad hemodinámica y puede requerir actuación urgente.
  • Anemia crónica: se desarrolla en semanas o meses, lo que permite al organismo adaptarse parcialmente. El paciente puede tener cifras bajas de hemoglobina y pocos síntomas hasta que se produce una descompensación.

Causas más frecuentes de anemia

El abanico de causas es muy amplio, pero algunas destacan por su frecuencia y relevancia clínica. En el mundo, la deficiencia de hierro es, con diferencia, el factor que más contribuye al desarrollo de anemia, hasta el punto de que muchas veces se usa la prevalencia de anemia como un indicador indirecto de anemia ferropénica.

Anemia por falta de hierro (anemia ferropénica)

Se considera la deficiencia nutricional más prevalente a nivel global. El hierro es esencial para la síntesis del grupo hemo de la hemoglobina. Cuando la dieta aporta poco hierro, hay pérdidas crónicas (reglas abundantes, sangrado digestivo, parasitosis) o problemas de absorción (enfermedad celíaca, sensibilidad al gluten no celíaca, enfermedad inflamatoria intestinal, cirugía gástrica), las reservas se agotan y la médula no puede producir glóbulos rojos normales.

En adultos, la anemia ferropénica afecta a un 2-5 % de los hombres y mujeres tras la menopausia y hasta un 10 % de las mujeres en edad fértil. Además del cansancio y la palidez, pueden aparecer síntomas como uñas frágiles, caída de cabello, sensación de lengua lisa o molestias esofágicas.

Déficit de otras vitaminas y micronutrientes

Además del hierro, la falta de vitamina B12, ácido fólico, vitamina A, riboflavina o cobre puede causar anemia, ya que todas estas sustancias participan en la síntesis de ADN y en la producción de eritrocitos o hemoglobina.

El déficit de vitamina B12 y de folato se asocia a anemias macrocíticas. En el caso de la anemia perniciosa (por déficit de B12), suele existir un problema de absorción a nivel gástrico (fallo del factor intrínseco), mientras que en el déficit de folato influyen dietas pobres, alcoholismo, malabsorción intestinal y determinados fármacos que interfieren en la síntesis de ADN.

Infecciones y enfermedades crónicas

Las infecciones por parásitos (como el paludismo, esquistosomiasis, anquilostomas o ascaris) pueden causar anemia por destrucción de glóbulos rojos, inflamación, pérdida de sangre o malabsorción de nutrientes. El VIH, la tuberculosis y otras infecciones crónicas también alteran la médula ósea y el metabolismo del hierro.

En muchas enfermedades crónicas (cáncer, insuficiencia renal, enfermedades reumatológicas, obesidad, procesos inflamatorios de larga evolución) se desarrolla la llamada anemia de la inflamación o de enfermedad crónica. Las citoquinas inflamatorias, especialmente la interleucina-6, aumentan la producción de hepcidina en el hígado, bloquean la liberación de hierro de los depósitos, reducen su absorción intestinal y provocan cierta resistencia a la eritropoyetina, lo que frena la producción de eritrocitos.

Pérdidas menstruales y problemas gineco-obstétricos

La menstruación abundante y prolongada es una causa clásica de anemia ferropénica en mujeres jóvenes. Durante el embarazo, el volumen sanguíneo materno aumenta y las necesidades de hierro, folato y vitamina B12 se disparan; si no se cubren, se produce anemia, con consecuencias para la madre y el bebé.

La pérdida de sangre durante y tras el parto, en especial en casos de hemorragia puerperal, es otra causa importante. Por ello es clave prevenir y tratar el sangrado excesivo y espaciar los embarazos al menos 24 meses, además de valorar anticonceptivos para evitar gestaciones no deseadas en contextos de riesgo.

Trastornos hereditarios de los glóbulos rojos

En ciertas regiones del mundo son muy frecuentes las hemoglobinopatías y talasemias, enfermedades genéticas que afectan a la síntesis o estructura de la hemoglobina. Entre ellas destacan:

  • Alfa y beta talasemia: defectos en la producción de las cadenas alfa o beta de la hemoglobina, respectivamente. Producen anemias microcíticas que pueden ser leves o muy graves, con hemólisis, sobrecarga de hierro, aumento del tamaño del hígado y bazo e hipertrofia medular.
  • Drepanocitosis o anemia de células falciformes: una mutación en la cadena beta de la hemoglobina da lugar a la HbS. Ante baja presión de oxígeno, la HbS se polimeriza y deforma el glóbulo rojo en forma de hoz, lo que favorece la hemólisis y la obstrucción de pequeños vasos, con riesgo de isquemia e infartos tisulares.
  • Otras hemoglobinopatías y defectos de membrana o de enzimas eritrocitarias, como la esferocitosis hereditaria o el déficit de G6PD, que predisponen a episodios de hemólisis.

Enfermedad celíaca, sensibilidad al gluten y trastornos digestivos

La enfermedad celíaca y la sensibilidad al gluten no celíaca pueden manifestarse únicamente como una anemia por deficiencia de hierro, B12 o folato, sin síntomas digestivos llamativos. La inflamación intestinal crónica dificulta la absorción de nutrientes. Por eso, en una anemia ferropénica sin causa aparente, es obligado descartar celiaquía.

Otros problemas digestivos como úlceras gástricas o duodenales, pólipos, tumores gastrointestinales, gastritis atrófica o malabsorción por otras causas también se asocian a anemias crónicas por sangrado oculto o déficit de absorción.

Síntomas y signos: cómo se nota la anemia

La clínica de la anemia depende sobre todo de dos factores: lo baja que esté la hemoglobina y la rapidez con la que ha caído. La edad, el estado nutricional previo y la existencia de enfermedades cardíacas o respiratorias también influyen mucho en cómo se siente la persona.

En anemias leves o de instauración muy lenta, el organismo se adapta y, en muchas ocasiones, no hay síntomas llamativos. No es raro descubrir una anemia en una analítica rutinaria. Sin embargo, hay una serie de manifestaciones bastante típicas:

  • Cansancio intenso y sensación de agotamiento incluso con esfuerzos pequeños.
  • Debilidad y falta de energía para las actividades diarias.
  • Disnea o dificultad para respirar, sobre todo al subir escaleras o caminar rápido.
  • Mareos, aturdimiento o sensación de desmayo, especialmente al levantarse.
  • Cefaleas o dolor de cabeza recurrente.
  • Palidez de piel y mucosas (boca, conjuntivas, debajo de las uñas).
  • Frío intenso en manos y pies, incluso en ambientes templados.
  • Palpitaciones, taquicardia o dolor torácico cuando el corazón intenta compensar la falta de oxígeno.

En anemias graves se pueden añadir síntomas más alarmantes: mareos al ponerse de pie, respiración muy acelerada, hematomas con facilidad, signos de fallo cardíaco o de shock si hay una hemorragia aguda importante. En niños, la anemia prolongada se relaciona con retraso del desarrollo cognitivo y motor, problemas de atención y bajo rendimiento escolar.

¿A quién afecta más la anemia?

Aunque cualquiera puede desarrollar anemia, ciertos grupos de población tienen un riesgo especialmente alto. Según la OMS y grandes estudios epidemiológicos, los más vulnerables son:

  • Niños menores de 5 años, en particular lactantes y menores de 2 años, por su rápido crecimiento y reservas limitadas de hierro al nacer.
  • Adolescentes y mujeres que menstrúan, debido a la combinación de crecimiento, cambios hormonales y pérdidas menstruales.
  • Mujeres embarazadas y en fase puerperal, por el aumento del volumen sanguíneo, la demanda fetal y las pérdidas relacionadas con el parto.
  • Personas con dietas pobres o muy restrictivas, alcoholismo crónico o malnutrición.
  • Pacientes con enfermedades crónicas (renal, cardíaca, inflamatoria, oncológica, infecciosa).
  • Habitantes de países de ingresos bajos y medianos, especialmente en regiones con paludismo y alta carga de parasitosis.

En Estados Unidos se estima que alrededor del 20 % de los niños presenta algún grado de anemia, y que la anemia por deficiencia de hierro sigue siendo muy común en mujeres en edad fértil. A escala global, el grupo con mayor número absoluto de personas afectadas es el de las mujeres no embarazadas.

Cómo se diagnostica la anemia

El diagnóstico suele arrancar cuando el médico sospecha anemia por los síntomas o porque la analítica rutinaria muestra alteraciones. En muchas ocasiones, la anemia se detecta sin que el paciente se lo espere. A partir de ahí, el objetivo es doble: confirmar la anemia y averiguar la causa.

La valoración incluye una historia clínica detallada (síntomas, dieta, medicamentos, antecedentes familiares, reglas, sangrados, enfermedades previas) y una exploración física orientada, con especial atención a la palidez, el corazón, los pulmones, el abdomen y, si procede, exploración pélvica o rectal en busca de fuentes de pérdida de sangre.

Las pruebas de laboratorio básicas para estudiar una anemia son:

  • Hemograma completo: mide hemoglobina, hematocrito, número de glóbulos rojos, blancos y plaquetas, VCM, HCM y otros índices que orientan hacia un tipo u otro de anemia.
  • Recuento de reticulocitos: indica si la médula ósea está produciendo suficientes eritrocitos nuevos.
  • Estudio del hierro: hierro sérico, ferritina, transferrina y capacidad total de fijación de hierro ayudan a diferenciar entre déficit de hierro, anemia de enfermedad crónica u otros cuadros.
  • Niveles de vitamina B12 y ácido fólico: para detectar déficits de factores de maduración.
  • Estudios de hemoglobina (electroforesis, técnicas específicas): permiten diagnosticar talasemias y hemoglobinopatías hereditarias.

En casos seleccionados pueden ser necesarias otras pruebas: estudio de médula ósea, pruebas de función renal y hepática, marcadores inflamatorios, serología de infecciones, endoscopia digestiva, test para enfermedad celíaca o estudios genéticos, según la sospecha clínica.

Tratamiento de la anemia: qué se hace y por qué

El abordaje de la anemia debe ser siempre individualizado. No se trata solo de subir la hemoglobina, sino de corregir la causa subyacente y recuperar la capacidad de la sangre para transportar oxígeno de forma segura y estable. El plan terapéutico varía mucho según el tipo de anemia y su gravedad.

Suplementos y medicamentos

En las anemias por carencias nutricionales (hierro, vitamina B12, ácido fólico) el pilar del tratamiento son los suplementos para reponer los niveles deficitarios. Suelen administrarse por vía oral, aunque en algunas situaciones se recurre a la vía intravenosa o intramuscular.

Los suplementos de hierro son básicos en la anemia ferropénica. Deben tomarse durante varios meses, incluso después de normalizar la hemoglobina, para rellenar los depósitos. En los últimos años también se ha estudiado el uso de lactoferrina, una proteína que mejora la absorción del hierro y que, según algunos trabajos, podría ser tan o más eficaz que el hierro oral clásico y con menos efectos secundarios gastrointestinales.

Cuando la causa es un déficit de vitamina B12 o folato, se emplean suplementos específicos por vía oral o en inyecciones, sobre todo en el caso de la vitamina B12 si hay mala absorción. En algunos pacientes, sobre todo con insuficiencia renal crónica o anemias de enfermedad crónica, se utilizan agentes estimulantes de la eritropoyesis (como la eritropoyetina recombinante) para animar a la médula a producir más glóbulos rojos.

Transfusiones de sangre

En anemias graves o sintomáticas, especialmente cuando hay hemorragias agudas, síntomas cardiovasculares importantes o cifras muy bajas de hemoglobina, puede ser necesario recurrir a transfusiones de concentrados de glóbulos rojos. Esta medida corrige de forma rápida la capacidad de transporte de oxígeno y puede salvar la vida del paciente, pero no resuelve el origen del problema, por lo que se reserva para situaciones bien indicadas.

Terapias específicas y trasplante de médula

En casos de anemias secundarias a enfermedades concretas (cáncer, enfermedades autoinmunes, infecciones crónicas, hemoglobinopatías, talasemias graves, anemia aplásica severa) se recurre a tratamientos dirigidos a la enfermedad de base: quimioterapia, inmunosupresores, antibióticos, antivirales, quelantes de hierro, cirugía, etc.

Cuando la médula ósea está muy dañada o deja de funcionar (como en algunas anemias aplásicas y síndromes hereditarios graves), se puede plantear un trasplante de médula ósea o de progenitores hematopoyéticos. Es una opción compleja, con riesgos importantes, pero potencialmente curativa en casos seleccionados.

Prevención y autocuidado frente a la anemia

La anemia, en muchos de sus tipos, es prevenible con medidas relativamente sencillas si se aplican de forma amplia y sostenida. Las estrategias de prevención combinan intervenciones nutricionales, control de infecciones, planificación reproductiva y atención sanitaria adecuada.

Alimentación y suplementos

Una dieta equilibrada ayuda a reducir el riesgo de anemia y a mantener unos niveles adecuados de hierro y vitaminas. Algunas recomendaciones básicas son:

  • Consumir alimentos ricos en hierro: carnes rojas magras, pescado, aves, legumbres (lentejas, garbanzos, alubias), cereales enriquecidos, frutos secos y verduras de hoja verde oscura.
  • Aportar vitamina C en abundancia (cítricos, kiwi, frutas rojas, pimientos, tomate), ya que facilita la absorción de hierro de origen vegetal.
  • Incluir fuentes de folato y vitamina B12: verduras de hoja verde, legumbres, hígado, huevos, lácteos, carnes y productos enriquecidos.
  • Evitar tomar a la vez que el hierro alimentos que dificultan su absorción, como grandes cantidades de salvado, té, café, cacao o suplementos de calcio; si se consumen, mejor separarlos unas horas de las comidas ricas en hierro o de los suplementos.

En determinados grupos (embarazadas, lactantes, niños pequeños, adolescentes, mujeres con reglas muy abundantes o personas con dietas restringidas) puede ser aconsejable usar suplementos de hierro o multivitamínicos bajo recomendación de un profesional de la salud.

Control de infecciones y otras enfermedades

En zonas donde el paludismo y las parasitosis intestinales son frecuentes, la prevención y tratamiento precoz de estas infecciones es fundamental para reducir la carga de anemia. Esto incluye el uso de mosquiteras impregnadas, medicación preventiva, desparasitación periódica, acceso a agua potable, vacunas y medidas de higiene como el lavado de manos y el uso de retretes seguros.

Asimismo, es crucial diagnosticar y tratar enfermedades crónicas que puedan causar anemia: obesidad, trastornos digestivos, enfermedad renal crónica, enfermedades inflamatorias, patologías ginecológicas con sangrado excesivo, etc. La coordinación entre atención primaria y especialistas (hematología, digestivo, ginecología, reumatología, nefrología) marca la diferencia.

Cuidado reproductivo y salud menstrual

En el ámbito gineco-obstétrico, las medidas prioritarias son:

  • Prevenir y tratar el sangrado menstrual abundante, con manejo hormonal u otras terapias cuando sea necesario.
  • Planificar los embarazos, con un intervalo mínimo recomendado de 24 meses entre uno y otro y uso de anticonceptivos eficaces para evitar gestaciones no deseadas en mujeres ya anémicas o con reservas bajas de hierro.
  • Suplementar hierro y folato en el embarazo, de acuerdo con las guías clínicas, y vigilar la hemoglobina durante el seguimiento.
  • Retrasar el pinzamiento del cordón umbilical al menos un minuto tras el parto, lo que mejora las reservas de hierro del recién nacido.

Impacto global y respuesta de la OMS

Las consecuencias de la anemia van mucho más allá de “estar cansado”. A nivel social y económico, este problema merma el desarrollo cognitivo en la infancia, reduce el rendimiento escolar, disminuye la productividad laboral en la adultez y deteriora la calidad de vida de millones de personas.

Durante el embarazo, la anemia se asocia con mayor riesgo de parto prematuro, bajo peso al nacer y mortalidad materna y perinatal. Desde la perspectiva económica, se calcula que cada dólar invertido en reducir la anemia en mujeres podría generar alrededor de 12 dólares en beneficios, debido al aumento de la productividad y la reducción de costes sanitarios.

Por todo ello, la reducción de la anemia forma parte de las Metas mundiales de nutrición y de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. La OMS impulsa un marco de acción amplio para prevenir, diagnosticar y tratar la anemia mediante un enfoque multisectorial, y en colaboración con UNICEF está promoviendo la Anaemia Action Alliance, una alianza internacional que busca agrupar a gobiernos, organizaciones y expertos para apoyar a los países en la implementación de estrategias eficaces.

En definitiva, conocer bien qué es la anemia, por qué aparece, cómo se detecta y qué opciones de tratamiento y prevención existen permite abordarla de forma mucho más eficaz. Detectarla a tiempo, estudiar la causa y actuar con un plan claro puede mejorar de manera notable la energía, la salud general y las perspectivas de futuro de quienes la padecen, tanto a nivel individual como colectivo.

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