Sistema solar: estructura, origen y cuerpos que lo componen

Última actualización: 8 de abril de 2026
  • El sistema solar está dominado por el Sol, una estrella G2V que concentra casi toda la masa y define su estructura mediante la gravedad y el viento solar.
  • Ocho planetas, varios planetas enanos, cientos de satélites y millones de cuerpos menores se distribuyen en regiones como el cinturón de asteroides, el cinturón de Kuiper y la nube de Oort.
  • El sistema solar se formó hace unos 4.568 millones de años a partir del colapso de una nube molecular, generando un disco protoplanetario del que surgieron los planetas por acreción.
  • Su historia y dinámica, desde los modelos geocéntricos hasta la exploración espacial moderna, muestran un sistema complejo aún lleno de incógnitas, como el posible Planeta Nueve.

Ilustración del sistema solar

Cuando hablamos del sistema solar solemos pensar solo en los planetas que aprendimos en el colegio, pero la realidad es muchísimo más rica y compleja. Alrededor de nuestra estrella, el Sol, gravitan no solo ocho planetas, sino también planetas enanos, cientos de satélites, cientos de miles de asteroides, incontables cometas, polvo y gas, todo ello inmerso en una región concreta de la Vía Láctea. Entender este entramado es clave para hacernos una idea de nuestro lugar en el universo.

A lo largo de las últimas décadas, las observaciones con telescopios terrestres, sondas espaciales y misiones tripuladas han permitido reconstruir con bastante detalle cómo se formó el sistema solar, de qué está hecho y qué le espera en el futuro. En este artículo vamos a repasar, con calma pero sin rodeos, todas las piezas del sistema solar: desde su origen en una nube de gas hasta los cuerpos más lejanos de la nube de Oort, pasando por los planetas, los satélites, los cuerpos menores y las teorías que explican su dinámica.

Datos generales y posición galáctica del sistema solar

El sistema solar tiene una edad estimada de unos 4.568 millones de años, calculada mediante el análisis de meteoritos y modelos de evolución estelar. Se encuentra en una región relativamente tranquila de la galaxia, dentro de la llamada Nube Interestelar Local, que a su vez está inmersa en la Burbuja Local, una cavidad en el gas interestelar creada por antiguas explosiones de supernova.

En términos de estructura galáctica, nuestro sistema se halla en el Brazo de Orión de la Vía Láctea, una de las ramificaciones espirales menores, a una distancia de unos 27.000 ± 1.000 años luz del centro galáctico. El Sol y todos sus acompañantes orbitan el centro de la galaxia a unos 220 km/s, completando una vuelta cada 225-250 millones de años, un periodo al que a veces se le llama “año galáctico”.

Si miramos a nuestro alrededor, la estrella más próxima al sistema solar es Próxima Centauri, a unos 4,22 años luz de distancia, y el sistema planetario conocido más cercano es Alfa Centauri, a unos 4,37 años luz. Dentro de la esfera de influencia gravitatoria del Sol (la llamada esfera de Hill), que se estima entre 1 y 2 años luz de radio, todo lo que encontramos forma parte del sistema solar, aunque la inmensa mayoría de esos cuerpos sean demasiado pequeños o lejanos para observarlos directamente.

Dimensiones y límites del sistema solar

Esquema del sistema solar

Cuando se habla del tamaño del sistema solar, es fácil quedarse corto. El semieje mayor de la órbita del planeta más alejado, Neptuno, es de unos 4.500 millones de kilómetros, es decir, unas 30 unidades astronómicas (UA). Más allá se extienden el cinturón de Kuiper, el disco disperso y, mucho más lejos, la hipotética nube de Oort, considerada el límite gravitatorio del sistema.

La conocida como línea de congelación, situada alrededor de las 2,7 UA, marca la distancia al Sol a partir de la cual los compuestos volátiles (agua, amoniaco, metano) pueden permanecer sólidos. Esta línea resultó crucial durante la formación planetaria, porque determinó qué materiales estaban disponibles en cada zona del disco protoplanetario.

Más hacia el exterior encontramos la heliopausa, alrededor de las 100-120 UA, región donde el viento solar se frena y equilibra con el medio interestelar. Es el límite práctico de la influencia del viento solar, aunque la gravedad del Sol se deja notar mucho más lejos. La heliopausa marca, en la práctica, el borde de la heliosfera, la burbuja de plasma y campo magnético que envuelve a todo el sistema.

Si tenemos en cuenta la nube de Oort, el radio máximo del sistema solar podría llegar a aproximadamente un año luz. Se considera que allí residen los cometas de periodo largo que de vez en cuando se acercan al Sol. Más allá de esa distancia, la influencia gravitatoria de otras estrellas y de la propia galaxia domina sobre la del Sol, y empezamos a salir ya de lo que entendemos como sistema solar.

En total, el sistema solar cuenta con una estrella principal (el Sol), 8 planetas conocidos, al menos 9 planetas enanos identificados (con otros candidatos pendientes de confirmar), unos 400 satélites naturales (176 asociados directamente a planetas) y más de medio millón de planetas menores catalogados, además de unos 3.000 cometas conocidos y una veintena de satélites de asteroides detectados.

El Sol: la estrella del sistema

El Sol es una estrella de tipo espectral G2V, también llamada enana amarilla, y concentra alrededor del 99,86 % de toda la masa del sistema solar. Su diámetro ronda 1.400.000 km y está compuesto por aproximadamente un 75 % de hidrógeno y un 20 % de helio, con el resto repartido entre elementos más pesados como oxígeno, carbono, hierro y otros.

En el núcleo del Sol tienen lugar reacciones de fusión termonuclear que convierten hidrógeno en helio, liberando enormes cantidades de energía en forma de radiación y partículas. Esa energía, tras un largo viaje hacia la superficie, es la que recibimos en forma de luz y calor, y la responsable del clima terrestre, de los procesos biológicos como la fotosíntesis y del mantenimiento de la vida tal y como la conocemos.

El Sol entró en la fase de secuencia principal hace unos 4.600-5.000 millones de años, y se espera que permanezca en este estado estable en torno a otros 5.000 millones de años. A lo largo de este tiempo se ha ido haciendo más brillante; se estima que hoy es un 70 % más luminoso que cuando comenzó a fusionar hidrógeno en su núcleo.

Un rasgo importante del Sol es el viento solar, un flujo continuo de partículas cargadas (principalmente protones y electrones) que se expande hacia el exterior y genera la heliosfera. Este viento interactúa con los campos magnéticos y las atmósferas de los planetas, produce fenómenos como las auroras y, a gran escala, define los límites electromagnéticos del sistema solar.

En el futuro lejano, cuando el Sol agote el hidrógeno del núcleo, su estructura cambiará de forma drástica. El núcleo se contraerá, aumentará la temperatura y el Sol se hinchará hasta convertirse en una gigante roja, alcanzando un diámetro unas 260 veces mayor que el actual. Es muy probable que Mercurio y Venus sean engullidos, y que la Tierra quede abrasada, moviéndose la zona habitable más allá de Marte. Después de quemar helio durante un tiempo mucho más breve, el Sol expulsará sus capas externas en forma de nebulosa planetaria y el núcleo remanente se transformará en una enana blanca con una masa aproximadamente mitad de la actual y un tamaño similar al de la Tierra.

Formación y evolución del sistema solar

El origen del sistema solar se remonta al colapso gravitatorio de una porción de una nube molecular gigante, rica en hidrógeno, algo de helio y trazas de elementos pesados generados por generaciones anteriores de estrellas. Esa región, conocida como nebulosa protosolar, probablemente dio lugar no solo al Sol, sino a otras estrellas hermanas.

A medida que la nube colapsaba por su propia gravedad, la conservación del momento angular hizo que empezara a girar cada vez más rápido y aplanarse, formando un disco protoplanetario de unas 200 UA de diámetro con una protoestrella caliente y densa en el centro. En este disco, el gas y el polvo empezaron a agruparse por acreción, primero en pequeños guijarros, luego en cuerpos más grandes y finalmente en protoplanetas.

En las zonas cercanas al Sol, las altas temperaturas permitían que se condensaran solo materiales con puntos de fusión elevados, como metales y silicatos. Con ellos se formaron los planetas terrestres: Mercurio, Venus, la Tierra y Marte. Como estos materiales eran relativamente escasos en la nebulosa, estos mundos rocosos no pudieron crecer demasiado en tamaño.

Más lejos, más allá de la línea de congelación, podían solidificarse en grandes cantidades compuestos volátiles como agua, amoniaco y metano. Estos hielos eran mucho más abundantes, así que los núcleos de los futuros planetas gigantes pudieron alcanzar masas suficientes como para atraer y retener enormes envolturas de hidrógeno y helio, originando Júpiter y Saturno (gigantes gaseosos) y Urano y Neptuno (gigantes helados).

Los restos que no llegaron a integrar planetas se agruparon en diferentes regiones: el cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter, el cinturón de Kuiper más allá de Neptuno y la nube de Oort en las regiones externas. El llamado modelo de Niza propone que los planetas gigantes no se formaron exactamente donde están hoy, sino que migraron por efecto de complejas interacciones gravitatorias, redistribuyendo asteroides y cuerpos helados, y dando lugar a la configuración actual del sistema.

Una vez el Sol encendió por completo la fusión nuclear en su núcleo, el viento solar barrió el gas residual del disco protoplanetario hacia el espacio interestelar, frenando la formación de nuevos planetas. Desde entonces el sistema solar ha sufrido ajustes, impactos, resonancias orbitales y cambios menores, pero su estructura básica se mantiene desde hace miles de millones de años.

Historia del descubrimiento del sistema solar

Durante gran parte de la Antigüedad, las civilizaciones humanas interpretaron el cosmos desde una perspectiva geocéntrica. Babilonios, griegos y otras culturas veían a la Tierra como el centro del universo. Filósofos como Anaximandro imaginaron la Tierra como un cilindro suspendido, mientras que Pitágoras y sus seguidores fueron de los primeros en proponer que la Tierra tenía forma esférica, basándose en la observación de los eclipses.

En el siglo IV a. C., pensadores como Platón y Aristóteles consolidaron el modelo geocéntrico, dándole una estructura filosófica que duraría siglos. En el siglo II d. C., el astrónomo grecorromano Claudio Ptolomeo desarrolló un sistema matemático detallado (expuesto en su obra Almagesto) que permitía predecir el movimiento aparente de los planetas mediante deferentes y epiciclos. Este modelo se mantuvo como referencia durante unos 1.300 años en el mundo islámico y europeo.

Aunque ya en el siglo III a. C. el griego Aristarco de Samos y, siglos más tarde, el matemático hindú Aryabhata habían planteado modelos heliocéntricos, no fue hasta el trabajo de Nicolás Copérnico en el siglo XVI cuando la idea cobró fuerza. Copérnico propuso un cosmos con el Sol en el centro y la Tierra en movimiento de rotación y traslación, lo que supuso un auténtico terremoto intelectual y el nacimiento de la astronomía moderna.

En el siglo XVII, Galileo Galilei, utilizando el recién perfeccionado telescopio, observó que Júpiter estaba acompañado por satélites (las lunas galileanas), lo que demostraba que no todos los cuerpos orbitaban la Tierra. Esto chocó frontalmente con la visión religiosa dominante y acabó con Galileo ante la Inquisición. Por su parte, Johannes Kepler, analizando minuciosamente los datos de Tycho Brahe, formuló sus leyes del movimiento planetario, reemplazando las órbitas circulares por órbitas elípticas. La precisión de sus predicciones, como el tránsito de Venus de 1631, confirmó la validez de su modelo.

Poco después, Isaac Newton dio el siguiente gran paso al enunciar las leyes del movimiento y la ley de la gravitación universal, explicando por qué los planetas seguían órbitas elípticas y unificando la física terrestre y celeste bajo los mismos principios. La confirmación experimental del movimiento de la Tierra llegó más tarde, con el descubrimiento de la aberración de la luz por James Bradley en 1725 y la medición del paralaje estelar por Friedrich Bessel en 1838.

En 1655, Christiaan Huygens descubrió Titán, la mayor luna de Saturno, y reconoció la verdadera naturaleza anular de lo que se creía que eran “asas” del planeta. A finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, Edmund Halley estudió las órbitas de los cometas y demostró que algunos volvían periódicamente, como el famoso cometa Halley. En 1704 se popularizó el término “sistema solar” para designar al conjunto formado por el Sol y sus cuerpos asociados.

El siglo XX abrió una nueva etapa: primero con el lanzamiento de satélites y sondas automáticas, y después con los vuelos tripulados. El cosmonauta Yuri Gagarin se convirtió en 1961 en el primer ser humano en el espacio, y la misión Apolo 11 llevó a la humanidad a la Luna en 1969. Actualmente estudiamos el sistema solar con una combinación de telescopios terrestres, observatorios espaciales y misiones interplanetarias, que han visitado todos los planetas principales y numerosos cuerpos menores, y con misiones lunares como la misión Artemis II.

El siglo XX abrió una nueva etapa: primero con el lanzamiento de satélites y sondas automáticas, y después con los vuelos tripulados. El cosmonauta Yuri Gagarin se convirtió en 1961 en el primer ser humano en el espacio, y la misión Apolo 11 llevó a la humanidad a la Luna en 1969. Actualmente estudiamos el sistema solar con una combinación de telescopios terrestres, observatorios espaciales y misiones tripuladas, que han visitado todos los planetas principales y numerosos cuerpos menores.

Clasificación de los cuerpos del sistema solar

La Unión Astronómica Internacional (UAI) clasifica los cuerpos del sistema solar en varias categorías principales. En el centro está el Sol, una estrella de tipo G2, rodeada por planetas, planetas enanos, satélites naturales y una amplia variedad de cuerpos menores, además del polvo y gas del medio interplanetario.

Los planetas se definen como cuerpos que orbitan el Sol, tienen masa suficiente para alcanzar el equilibrio hidrostático (forma prácticamente esférica) y han “limpiado” su órbita, es decir, dominan gravitatoriamente la región donde se mueven. En el sistema solar hay ocho planetas reconocidos: Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.

Los planetas enanos también orbitan el Sol y tienen forma casi esférica, pero no han despejado su órbita de otros cuerpos de tamaño comparable. Entre ellos se encuentran Plutón, Ceres, Haumea, Makemake y Eris, además de otros candidatos como Sedna o algunos objetos del cinturón de Kuiper que podrían ser reclasificados en el futuro cuando se confirme que están en equilibrio hidrostático.

Los satélites naturales son cuerpos que orbitan planetas o planetas enanos. Algunos son tan grandes que, de orbitar directamente al Sol, podrían encajar en la definición de planeta o planeta enano, lo que lleva a veces a llamarlos “planetas secundarios”. Ejemplos destacados son la Luna, Ganímedes, Titán o Tritón.

Finalmente, la categoría de cuerpos menores del sistema solar (CMSS) incluye todo lo que orbita el Sol y no es planeta, ni planeta enano, ni satélite. Aquí entran los asteroides, cometas y meteoroides, con tamaños que van desde grandes rocas de cientos de kilómetros de diámetro hasta fragmentos menores de 50 m (meteoroides) y partículas de polvo cósmico microscópicas.

Planetas del sistema solar y sus características

Los ocho planetas del sistema solar se ordenan según su distancia al Sol: Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Se suelen agrupar en dos grandes bloques: planetas interiores o terrestres, y planetas exteriores o gigantes.

Los planetas interiores (Mercurio, Venus, Tierra y Marte) son relativamente pequeños, con superficies sólidas y composición rocosa (silicatos y metales). Presentan cráteres, montañas, volcanes y, en algunos casos, atmósferas relativamente densas. Están situados dentro de la órbita del cinturón de asteroides.

Los planetas exteriores (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno) son mucho más masivos y están formados mayoritariamente por gases y hielos. Júpiter y Saturno se consideran gigantes gaseosos, dominados por hidrógeno y helio, mientras que Urano y Neptuno son gigantes helados, ricos en agua, amoniaco y metano en estado congelado o fluido. Todos ellos poseen sistemas de anillos, aunque solo los de Saturno son fácilmente visibles desde la Tierra.

En cuanto a la atmósfera, los gigantes gaseosos presentan envolturas muy extensas con vientos intensos, bandas nubosas, tormentas ciclónicas y estructuras complejas como la Gran Mancha Roja de Júpiter. La Tierra es el planeta rocoso con atmósfera más gruesa y equilibrada para la vida, mientras que Venus tiene una atmósfera densa y tóxica con efecto invernadero extremo y Marte cuenta con una atmósfera tenue de dióxido de carbono.

Las órbitas de los planetas son casi circulares y se mantienen aproximadamente en un mismo plano llamado plano de la eclíptica. Giran alrededor del Sol en sentido antihorario visto desde el polo norte solar. Hay excepciones llamativas, como el cometa Halley, que se mueve en sentido horario, o el caso de Plutón, cuyo plano orbital está bastante inclinado (unos 17°) respecto a la eclíptica.

Planetas enanos y objetos transneptunianos

Los planetas enanos se sitúan, en su mayoría, en las regiones externas del sistema solar. Ceres es la excepción, ya que se encuentra en el cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter. El resto de planetas enanos confirmados —Plutón, Haumea, Makemake y Eris— forman parte de la población de objetos transneptunianos, situados más allá de la órbita de Neptuno.

Plutón, descubierto en 1930, fue considerado el noveno planeta del sistema solar durante décadas. Sin embargo, el hallazgo de otros cuerpos de tamaño comparable en el cinturón de Kuiper llevó a la UAI, en 2006, a redefinir qué es un planeta. Como consecuencia, Plutón pasó a la categoría de planeta enano, ya que no domina gravitatoriamente su órbita, que está compartida con otros objetos de la misma región.

Los objetos del cinturón de Kuiper y del disco disperso están compuestos principalmente por hielos de agua, metano y amoniaco. Algunos, como Haumea o Makemake, presentan formas alargadas, rotaciones rápidas y sistemas de satélites propios. En el disco disperso se encuentran cuerpos con órbitas muy excéntricas e inclinadas, como Eris, cuya masa es similar o incluso ligeramente superior a la de Plutón.

Más allá del disco disperso se sitúa la postulada nube de Oort, una enorme reserva esférica de cuerpos helados que se extendería hasta aproximadamente un año luz del Sol. Aunque no se ha observado directamente, su existencia se deduce de las órbitas de los cometas de periodo largo, que parecen proceder de una región lejana y casi isotrópica alrededor del sistema solar.

En los últimos años ha cobrado fuerza la hipótesis de un posible noveno planeta masivo, a veces llamado “Planeta Nueve” o con nombres provisionales como Phattie. Modelos matemáticos sugieren que un cuerpo con una masa entre la de la Tierra y Neptuno, situado a cientos de UA del Sol y con una órbita altamente excéntrica, podría explicar las extrañas órbitas de algunos objetos extremos del cinturón de Kuiper, como Sedna. De momento, sin embargo, sigue sin detectarse de forma directa.

Satélites naturales y “planetas secundarios”

Muchos cuerpos del sistema solar están acompañados por satélites naturales. Seis de los ocho planetas (todos menos Mercurio y Venus) y al menos cuatro planetas enanos tienen lunas. Algunas son meros bloques de roca y hielo, pero otras son mundos complejos con atmósferas, océanos subterráneos y actividad geológica.

Algunos satélites son tan grandes que, de no orbitar a un planeta, encajarían en la definición de planeta o planeta enano. El caso más claro es Ganímedes, la luna de Júpiter, que es mayor que Mercurio. Otros ejemplos notables son nuestra Luna, Titán (de Saturno), Calisto y Ío (de Júpiter), Tritón (de Neptuno) o Caronte (de Plutón). A estos cuerpos a veces se los denomina informalmente “planetas secundarios”.

Las características de estos satélites varían enormemente. Titán posee una atmósfera densa de nitrógeno y lagos de hidrocarburos líquidos; Europa y Encélado esconden océanos subsuperficiales bajo una costra de hielo; Ío es el cuerpo volcánicamente más activo del sistema; y Tritón parece ser un objeto capturado del cinturón de Kuiper que orbita Neptuno en sentido retrógrado.

Los periodos orbitales de estas lunas están en resonancia con la rotación de sus planetas o con las órbitas de otras lunas, lo que genera tensiones gravitatorias (calentamiento por marea) y mantiene en muchos casos la actividad interna. La diversidad de los satélites convierte a estos mundos en objetivos prioritarios para la astrobiología y la exploración futura.

En total se conocen alrededor de 400 satélites en el sistema solar, contando los de planetas, planetas enanos y algunos asteroides que también tienen pequeñas lunas propias.

Cuerpos menores: asteroides, cometas y meteoroides

Los cuerpos menores del sistema solar engloban toda la población de asteroides, cometas y meteoroides que orbitan el Sol sin llegar a ser planetas, planetas enanos o satélites. Según la UAI, esta categoría (en inglés SSSB, small Solar System bodies) incluye a cualquier objeto que no haya alcanzado suficiente masa para hacerse casi esférico y que no orbite un cuerpo mayor.

Los asteroides son bloques rocosos o metálicos, en su mayoría concentrados en el cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter. Sus tamaños van desde unos 50 metros hasta casi 1.000 km de diámetro, como ocurre con Ceres (aunque este, por su tamaño y forma, se clasifica ya como planeta enano). Otros grandes asteroides son Vesta y Palas, ambos con diámetros de algo más de 500 km.

Los objetos transneptunianos (TNO) se sitúan en el cinturón de Kuiper y el disco disperso. Suelen ser cuerpos helados con órbitas estables o moderadamente perturbadas, en algunos casos con resonancias dinámicas con Neptuno. Muchos de ellos son candidatos a planeta enano, a la espera de que se confirme su equilibrio hidrostático mediante observaciones más precisas.

Los cometas son cuerpos helados relativamente pequeños, formados por mezclas de hielo de agua, dióxido de carbono, monóxido de carbono, metano, amoniaco, polvo y rocas. Sus órbitas suelen ser muy excéntricas y, cuando se acercan al Sol, el calor sublima los hielos, generando una coma gaseosa y una o varias colas que pueden extenderse millones de kilómetros. Proceden principalmente del cinturón de Kuiper (cometas de periodo corto) y de la nube de Oort (cometas de periodo largo).

Los meteoroides son fragmentos de tamaño inferior a 50 metros, generalmente restos de cometas, asteroides o colisiones entre cuerpos mayores. Cuando un meteoroide entra en la atmósfera terrestre y se calienta por fricción, produce un meteoro o “estrella fugaz”. Si una parte de ese objeto sobrevive y alcanza la superficie, hablamos entonces de meteorito.

El espacio interplanetario no está vacío: contiene polvo interplanetario (partículas sólidas microscópicas procedentes de cometas y asteroides) y gas interplanetario, un plasma muy tenue de partículas cargadas que forman parte del viento solar. La interacción de este material con el medio interestelar delimita regiones como la heliopausa y la heliosfera.

Estructura a gran escala: cinturones y nubes

Entre Marte y Júpiter encontramos el cinturón de asteroides, una región poblada por miles de cuerpos rocosos y metálicos que no llegaron a formar un planeta. Durante mucho tiempo se especuló con la idea de que fueran restos de un planeta destruido, pero hoy se considera más probable que la fuerte influencia gravitatoria de Júpiter impidiera la acreción de un planeta completo en esa zona.

Más allá de Neptuno se extiende el cinturón de Kuiper, una especie de anillo plano formado por objetos helados. En esta región se encuentran Plutón, Haumea, Makemake y muchos otros cuerpos menores. El cinturón se prolonga aproximadamente desde 30 hasta 50 UA y contiene numerosos objetos en resonancia orbital con Neptuno.

El disco disperso es una región aún más distante y caótica, con objetos cuyas órbitas tienen altas excentricidades e inclinaciones. Se piensa que muchos de ellos fueron expulsados desde el cinturón de Kuiper por interacciones gravitatorias con los planetas gigantes. Eris es uno de los ejemplos más conocidos de cuerpo del disco disperso.

La nube de Oort, por su parte, sería una estructura esférica de enorme radio que rodea al sistema solar y almacena trillones de cometas potenciales. Aunque aún no se ha observado de forma directa, explica de forma natural la procedencia de los cometas de largo periodo y su distribución isotrópica en el cielo. Sus límites se estiman en torno a un año luz del Sol.

En los últimos años también se han descubierto objetos claramente interestelares que atraviesan el sistema solar sin quedar ligados al Sol, como el cometa 2I/Borisov o el objeto 3I/ATLAS, con órbitas hiperbólicas que indican un origen externo. Estos visitantes refuerzan la idea de que el espacio entre las estrellas está lejos de estar vacío y que los sistemas planetarios intercambian material a lo largo del tiempo.

Escalas y distancias del sistema solar

Las distancias en el sistema solar son tan enormes que resulta complicado hacerse una idea intuitiva. Para ello se suelen usar modelos a escala. Imagina que el Sol se representara por una pelota de 22 cm de diámetro. A esa escala, la Tierra sería una pequeña esfera de unos 2 mm situada a 23,6 metros del “Sol”, con la Luna orbitando a apenas 5 cm de distancia de la Tierra y un tamaño de medio milímetro.

En este mismo modelo, Júpiter y Saturno serían pelotas de unos 2 cm de diámetro, situadas a 123 y 226 metros del Sol, respectivamente. Plutón quedaría a casi 1 kilómetro (931 m), con un tamaño de solo 0,3 mm. Y la estrella más cercana, Próxima Centauri, se encontraría a más de 6.300 km de distancia.

Si cambiamos de referencia y usamos un disco compacto de 12 cm para representar el Sol, la Tierra tendría algo más de 1 mm de diámetro y estaría a 6,44 metros. Stephenson 2-18, una de las mayores estrellas conocidas, se compararía con una esfera de 258 metros de diámetro en esa misma escala, mientras que el borde de la órbita de Eris estaría a unos 625 metros.

La estrella más próxima, Próxima Centauri, quedaría en este modelo a unos 1.645 km, y la galaxia de Andrómeda, nuestra gran vecina, se encontraría a más de 1.000 millones de kilómetros, comparable a la distancia real entre el Sol y Saturno. Estas comparaciones ilustran hasta qué punto incluso nuestro propio sistema solar ocupa solo una fracción minúscula de la galaxia.

Si imaginamos un viaje hipotético a 257.000 km/h (suficiente para ir de la Tierra a la Luna en una hora y cuarto), tardaríamos alrededor de tres semanas en llegar al Sol, tres meses en alcanzar Júpiter, siete meses en llegar a Saturno y unos dos años y medio para alcanzar la órbita de Plutón y “salir” del sistema solar interior. Pero, a esa misma velocidad, harían falta unos 17.600 años para llegar a Próxima Centauri y unos 35.000 años para alcanzar Sirio.

En conjunto, el sistema solar es un entramado jerárquico de estructuras —desde el Sol y los planetas hasta la nube de Oort— que se mueve en bloque por la galaxia y que ha evolucionado durante miles de millones de años. Aunque hoy lo entendemos mejor que nunca, siguen quedando preguntas abiertas sobre su formación exacta, la distribución de cuerpos menores o la posible existencia de un planeta lejano adicional, por lo que seguirá siendo un campo de investigación activo durante mucho tiempo.

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