Alerta ambiental: el delicado estado de los humedales españoles

Última actualización: 6 de marzo de 2026
  • Más de la mitad de los humedales españoles están alterados, muy degradados o han desaparecido, pese a que España es uno de los países con más humedales Ramsar del mundo.
  • La mala gestión del agua, la agricultura intensiva y la sobreexplotación de acuíferos son las principales amenazas, con Doñana, Mar Menor o L’Albufera como casos críticos.
  • Las aves acuáticas y la biodiversidad asociada a los humedales muestran graves problemas de conservación, pero estos ecosistemas reaccionan rápido a acciones de restauración bien dirigidas.
  • Organizaciones científicas y ecologistas exigen medidas urgentes: cierre de pozos ilegales, reforma del modelo agroindustrial, completar el inventario de humedales y priorizar su restauración.

Alerta ambiental en humedales españoles

Los humedales españoles viven una situación límite que ya no se puede maquillar con unas cuantas lluvias abundantes ni con fotos de lagunas llenas. Son ecosistemas clave para el agua, la biodiversidad y el clima, pero llevan décadas sometidos a un cóctel de presiones: regadíos intensivos, sobreexplotación de acuíferos, contaminación difusa, urbanismo descontrolado y un cambio climático que agrava las sequías y los episodios extremos.

Aunque España presume de ser potencia mundial en humedales de importancia internacional, la realidad sobre el terreno es mucho menos halagüeña: colapso ecológico en lugares emblemáticos como Doñana o el Mar Menor, lagunas drenadas y convertidas en fincas agrícolas, expedientes abiertos por parte de la Unión Europea y advertencias constantes de organizaciones científicas y ecologistas. En pocas palabras: el país saca pecho en los foros internacionales mientras buena parte de sus zonas húmedas se degrada a marchas forzadas.

Radiografía actual de los humedales españoles

La Radiografía de humedales 2025 de la Fundación Global Nature (FGN), que compila datos hasta finales de 2024, dibuja un escenario preocupante. Menos de la mitad de los humedales analizados se mantiene en un estado aceptable y, en muchos casos, solo gracias a intervenciones constantes. El informe pone números muy concretos a esta degradación, dejando poco margen para el autoengaño.

Según este trabajo, solo el 13,2 % de los humedales catalogados se considera bien conservado y sin alteraciones significativas. Es decir, apenas una pequeña fracción mantiene su estructura y funcionamiento ecológico de forma más o menos intacta. Otro 37,1 % se clasifica como “conservado con intervención”, lo que implica que ya han sufrido manipulaciones o cambios, aunque todavía conservan buena parte de sus valores naturales.

La parte más cruda aparece en los tramos restantes: un 36,7 % de los humedales está alterado, el 12,2 % muy alterado y un 0,8 % directamente ha desaparecido. Dicho de otra forma, más del 49 % presenta una alteración elevada o extrema, o ha dejado de existir. Esta pérdida no solo afecta al paisaje: implica menos capacidad de almacenar agua, menos regulación frente a inundaciones y sequías y menos refugio para especies amenazadas.

España figura como tercer país del mundo en número de humedales Ramsar, con 76 zonas húmedas de importancia internacional reconocidas por este convenio. Sin embargo, FGN y otras organizaciones advierten de que la mera inclusión en inventarios u hojas de cálculo oficiales no garantiza una protección real. Muchos espacios siguen sin medidas efectivas de gestión, planes de conservación actualizados o seguimiento adecuado de su estado.

El propio Plan Estratégico de Humedales 2030 reconoce que 66 de los 76 humedales Ramsar españoles tienen información obsoleta, lo que supone un 86 % del total. Es decir, se presume de lista, pero los datos con los que se toman decisiones están desfasados o incompletos, algo que el Comité de Humedales viene señalando año tras año sin que se vean avances al ritmo necesario.

Inventarios, estadísticas y el papel del Convenio Ramsar

Los estudios de la Fundación Global Nature subrayan que uno de cada cuatro humedales se encuentra incluido en el Inventario Español de Zonas Húmedas. A primera vista puede sonar a buena noticia, pero las entidades especializadas insisten en que este porcentaje resulta insuficiente para un país con tanta diversidad de zonas húmedas y tanta relevancia internacional dentro del Convenio Ramsar.

El propio Plan Estratégico de Humedales 2030 y los documentos de seguimiento del Convenio Ramsar recogen que España ha estado en el punto de mira internacional por la gestión de algunos de sus humedales más emblemáticos. Doñana y Las Tablas de Daimiel, por ejemplo, llegaron a figurar en el Registro de Montreux, una lista negra para espacios Ramsar con problemas serios de conservación.

En las actas del Comité de Humedales de 2018, 2019 y 2020 se repiten las mismas quejas: falta de respuesta o respuestas muy lentas por parte de administraciones regionales y locales a las peticiones de información, casos enquistados como L’Albufera de Valencia, Mar Menor, S’Albufera de Mallorca o el propio Doñana, y un nivel insuficiente de implicación administrativa para resolver expedientes Ramsar o infracciones europeas.

Paralelamente, los datos remitidos a Bruselas en el marco de la Directiva Hábitats ofrecen otro ángulo de la misma realidad: tres de cada cuatro hábitats de agua dulce (lagunas, marismas, turberas, lagos) presentan un estado de conservación desfavorable (inadecuado o malo). Las razones principales vuelven a ser el exceso de extracción de agua y la contaminación asociada a la agroindustria y otros usos humanos.

Sobre el papel, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico ha impulsado herramientas como el Plan Estratégico de Humedales 2030 y el Plan Nacional de Restauración de la Naturaleza, acompañado de transferencias a las comunidades autónomas por valor de unos 120 millones de euros. No obstante, organizaciones ambientales reclaman que estos fondos se conviertan en actuaciones tangibles, priorizando la restauración física y legal de humedales desecados o degradados.

Presiones crecientes: agua, agricultura y cambio climático

La Convención Ramsar y numerosos informes de ONG como SEO/BirdLife, Greenpeace o Ecologistas en Acción coinciden en el diagnóstico: la mala gestión del agua y la expansión del modelo agroindustrial intensivo son los factores que más daño están haciendo a las zonas húmedas españolas. A ello se suman las sequías cada vez más recurrentes y la sobreexplotación masiva de acuíferos.

Los expertos en hidrogeología y ecosistemas que se han reunido en encuentros como el organizado en Málaga por la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España y el Centro de Hidrogeología de la Universidad de Málaga alertan de algo muy concreto: el bombeo excesivo de aguas subterráneas y la contaminación de esas mismas aguas coloca a numerosos humedales en la cuerda floja. Según resumió Bartolomé Andreo, coordinador del encuentro, “algunos humedales se han convertido en auténticas cloacas”.

Solo se conocen en profundidad, desde el punto de vista hidrogeológico, en torno al 10 % de los humedales peninsulares. Doñana, Ruidera o Gallocanta son de los pocos casos bien estudiados. De la mayor parte se ignora el detalle de su origen, sus áreas de recarga o la forma exacta en la que se alimentan. Esta falta de conocimiento técnico complica aún más la gestión: se drenan, se construye encima o se perfora el acuífero sin entender el sistema completo.

Pedro Martínez, profesor de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Complutense de Madrid, advierte de que construir o cultivar sobre humedales puede suponer un punto de no retorno. Al alterar la topografía, desecar, rellenar o encauzar, se destruye la base física que permitía el funcionamiento de estos ecosistemas. En muchos casos, incluso aunque vuelva el agua, la zona húmeda original ya no se puede recuperar tal y como era.

SEO/BirdLife, a través del análisis de las Áreas Importantes para la Conservación de las Aves y la Biodiversidad (IBA), ha detectado que todos los humedales Ramsar analizados sufren presiones globales altas o muy altas, que deterioran la extensión y la calidad del hábitat de las aves acuáticas. Las principales amenazas identificadas son la gestión del agua (que afecta a alrededor del 60 % de los sitios Ramsar españoles), la agricultura intensiva (38 %), los fenómenos climáticos extremos como sequías e inundaciones (38 %), la contaminación (36 %) y las molestias humanas directas (36 %).

Doñana, Mar Menor, L’Albufera y otros casos críticos

Si hay un lugar que simboliza la crisis de los humedales en España es Doñana. Tras varios años de lluvias escasas, las precipitaciones del último año hidrológico han permitido ver imágenes de marismas más inundadas y el retorno temporal de algunas especies que habían desaparecido del parque. Sin embargo, los expertos insisten en que el acuífero se mantiene en “alerta roja”: siguen operando pozos ilegales, las extracciones para regadíos y urbanizaciones no se han reducido lo suficiente y la restauración hidrológica avanza con demasiada lentitud.

Greenpeace avisa de que Doñana está literalmente “sitiada” por múltiples presiones: extracción de agua para la agroindustria de frutos rojos, vertidos potenciales con metales pesados asociados a proyectos mineros como Cobre las Cruces o Los Frailes en el entorno del estuario del Guadalquivir, y una reconversión agrícola que no termina de hacerse efectiva. A pesar de las lluvias, el riesgo estructural no ha desaparecido porque el problema de fondo es el modelo de uso del suelo y del agua.

Otro caso paradigmático es el Mar Menor, en la Región de Murcia. Este sistema lagunar costero ha sufrido un proceso de eutrofización brutal, con episodios de mortandad masiva de fauna y aguas anóxicas que lo han llevado al borde del colapso ecológico. Las causas están perfectamente identificadas: exceso de nutrientes provenientes del regadío intensivo y de la ganadería industrial, vertidos mal depurados y una gestión del territorio que ha permitido sobrepasar todos los límites razonables.

En la costa valenciana, L’Albufera de Valencia muestra de forma muy gráfica tanto la función reguladora de los humedales como el impacto de las presiones humanas. Durante la DANA del 29 de octubre de 2024, este lago costero actuó como una gran válvula de seguridad, amortiguando la violencia de las avenidas de agua que se dirigían hacia el mar. El nivel del lago pasó de unos 15 centímetros a más de un metro en pocas horas, expandiendo su superficie inundada de 41 a 70 km², y conteniendo así parte del potencial destructivo de la riada.

Pese a este papel protector, L’Albufera arrastra problemas graves: acumulación masiva de residuos arrastrados por las avenidas, calidad del agua deficiente, presiones urbanísticas y agrícolas en su entorno y una restauración que avanza lentamente. Quince meses después de la DANA, siguen pendientes actuaciones importantes de limpieza, gestión de residuos y mejora de la calidad de los aportes hídricos, mientras se debate la idoneidad de declararla Reserva de la Biosfera en un contexto de degradación evidente.

Las Tablas de Daimiel, otro humedal Ramsar históricamente emblemático, rozan el absurdo: según datos de la Confederación Hidrográfica del Guadiana, a finales de 2024 solo estaban inundadas unas 62 hectáreas, apenas un 3,6 % de su superficie potencial. La sobreexplotación del Acuífero 23, sumada a planes históricos de desecación y a miles de pozos legales e ilegales, ha reducido este sistema a un charco dependiente de trasvases artificiales y de episodios de lluvia puntuales.

Humedales “fantasma” y pérdidas históricas

Más allá de los casos mediáticos, hay humedales que desaparecieron casi por completo del mapa y que hoy vuelven a mencionarse como prioritarios para la restauración. Greenpeace, Ecologistas en Acción y otras organizaciones se refieren a ellos como “humedales fantasma”, espacios que siguen siendo clave para la biodiversidad y la regulación hídrica, aunque su lámina de agua haya sido sustituida por cultivos o infraestructuras.

La antigua laguna de La Janda (Cádiz), que llegó a ser el mayor humedal de la Península Ibérica antes de su desecación, es uno de los ejemplos más citados. Hoy, esas 6.000 hectáreas están ocupadas por explotaciones agrícolas que, según Greenpeace, suponen una usurpación del dominio público, hasta el punto de cobrar subvenciones de la PAC sobre terrenos que, de acuerdo con su origen natural, deberían conservar su carácter de zona húmeda.

En el interior peninsular, La Nava (Palencia), el antiguo “Mar de Campos”, simboliza lo frágil que puede ser una restauración si depende de voluntades políticas cambiantes y de fondos inestables. Aunque se han llevado a cabo proyectos de recuperación, Greenpeace exige un plan de inundación natural con garantías legales, que blinde el suministro de agua al humedal más allá de decisiones coyunturales de cada año.

El caso de Antela (Ourense), en la comarca de A Limia, se ha convertido en un ejemplo de cómo la desaparición de un humedal puede tener efectos directos en la salud pública. La laguna fue desecada para usos agrícolas, y hoy la zona es epicentro de una crisis de nitratos en aguas subterráneas, asociada a la ganadería industrial y al uso intensivo de fertilizantes. La restauración de este humedal no se plantea solo como una cuestión de conservación, sino como una medida para filtrar de forma natural los contaminantes y proteger el agua de consumo humano.

A escala global, se estima que desde 1700 se ha perdido alrededor del 90 % de los humedales del planeta, y entre un 60 y un 70 % en España, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX. A pesar de la existencia del Convenio de Ramsar desde 1971, la inercia de desecar, urbanizar o transformar en regadío estos espacios ha seguido viva hasta fechas muy recientes.

Biodiversidad en jaque: aves acuáticas y otros valores ecológicos

Los humedales son auténticos hotspots de biodiversidad: albergan comunidades de flora y fauna altamente especializadas, sirven de refugio, zona de cría y estación de paso para infinidad de especies, especialmente aves. SEO/BirdLife centra buena parte de su trabajo en la protección de especies ligadas a estos ecosistemas, como la amenazada cerceta pardilla, y en la restauración de sistemas hídricos en lugares como Doñana o el sur de Alicante.

El informe “Humedales Ramsar en España: En Alerta”, elaborado por esta organización, señala que el 85 % de los humedales Ramsar analizados presenta un estado de conservación preocupante: un 18 % en estado moderado, un 29 % pobre y un 38 % muy pobre. La presión global que sufren estos espacios repercute directamente en las poblaciones de aves acuáticas que dependen de ellos.

Tras la actualización del Libro Rojo de las Aves de España, SEO/BirdLife ha evaluado el estado de conservación de 125 especies ligadas al agua. Los resultados son alarmantes: un 22 % de las poblaciones invernantes y migradoras presenta problemas importantes de conservación, y la cifra se dispara al 63 % en el caso de las especies reproductoras. En conjunto, casi tres de cada diez especies de aves asociadas al agua cumplen criterios para ser incluidas en alguna categoría de amenaza.

Seis humedales Ramsar españoles se mantienen dentro de la lista global de “IBA in Danger”, es decir, entre las Áreas Importantes para las Aves más amenazadas del planeta: Doñana, S’Albufera de Mallorca, L’Albufera de Valencia, Delta del Ebro, Laguna de Gallocanta y Mar Menor. En todos ellos se combinan problemas de gestión hídrica, contaminación, presiones agrícolas y urbanísticas y efectos del cambio climático.

Más allá de las aves, los humedales cumplen funciones ecológicas críticas: regulan los caudales, almacenan y depuran agua, filtran contaminantes y actúan como sumideros de carbono, contribuyendo a amortiguar el cambio climático y a reducir riesgos como inundaciones y sequías. Su degradación no solo supone pérdida de biodiversidad, sino una mayor vulnerabilidad social y económica ante eventos extremos.

Resiliencia y oportunidades de recuperación

Pese a este panorama, los especialistas insisten en un mensaje esperanzador: los humedales pueden recuperarse con relativa rapidez si se devuelve el agua en cantidad y calidad adecuada. Mario Giménez, experto de SEO/BirdLife, recuerda que un bosque quemado puede tardar décadas en regenerarse, mientras que una zona húmeda responde mucho antes a medidas de restauración bien diseñadas.

Esta capacidad de reacción hace que los humedales sean una pieza clave en cualquier estrategia de restauración ecológica. Con recursos suficientes y una gestión seria del agua, es posible revertir procesos de degradación, recuperar hábitats para especies amenazadas y mejorar al mismo tiempo la seguridad hídrica de las poblaciones humanas cercanas.

La clave, como señalan tanto científicos como ONG, pasa por cumplir la normativa ya existente y mejorar la gobernanza del agua. La legislación europea tiene un sesgo claramente ambiental y tiende a priorizar la protección de ecosistemas, pero sobre el terreno siguen existiendo miles de pozos ilegales, vertidos mal controlados y proyectos urbanísticos o agrícolas que chocan frontalmente con los objetivos de conservación.

El Reglamento Europeo de Restauración de la Naturaleza y el Plan Nacional de Restauración ofrecen una ventana de oportunidad. Ecologistas en Acción, por ejemplo, reclama que la recuperación de humedales se sitúe en el centro de estos planes: completar de una vez el Inventario Nacional de Zonas Húmedas, priorizar aquellos espacios con mayor potencial de restauración, blindar el dominio público hidráulico frente a desecaciones y ocupaciones ilegales y destinar una parte significativa de los fondos de transición ecológica a la recuperación física de zonas húmedas desecadas.

También el ámbito privado empieza a implicarse en proyectos concretos: Sanitas y WWF trabajan en humedales del Parque Regional del Sureste de Madrid; Suntory Global Spirits, junto con la Fundación Naturaleza y Hombre, impulsa actuaciones en la Reserva Biológica de Campanarios de Azaba y en las cuencas del Eresma y el Duero; CaixaBank, a través del proyecto “La vida restaurada” y la Fundación Montemadrid, ha transformado el Charco del Tamujo de terreno agrícola a humedal protegido. Son ejemplos que muestran que, cuando se alinean esfuerzos públicos y privados, se pueden lograr cambios visibles.

Demandas y medidas urgentes para frenar la degradación

Las organizaciones conservacionistas coinciden en un paquete de medidas urgentes para cambiar la tendencia actual. Greenpeace reclama tolerancia cero con el robo del agua, ejecutando de inmediato las sentencias de cierre de pozos ilegales en cuencas especialmente tensionadas como Guadalquivir, Guadiana y Segura, donde el agua subterránea es vital para humedales como Doñana, Tablas de Daimiel o las lagunas manchegas.

Ecologistas en Acción enfatiza la necesidad de completar el Inventario Nacional de Zonas Húmedas tras décadas de retrasos, algo fundamental para priorizar actuaciones de restauración y poder proteger de manera efectiva el dominio público hidráulico. También pide eliminar cualquier resquicio legal que permita la desecación de estos ecosistemas y situar la recuperación de humedales como prioridad política, no como un extra opcional.

SEO/BirdLife, por su parte, ha solicitado al Ministerio para la Transición Ecológica que las lagunas costeras se declaren el primer hábitat en peligro de desaparición en España dentro del futuro Catálogo Español de Hábitats en Peligro de Desaparición. Este paso aceleraría la intervención sobre espacios críticos como Doñana, Mar Menor y L’Albufera de Valencia, que concentran más del 90 % de la superficie de lagunas costeras del país.

Entre las propuestas concretas destacan: moratoria a nuevas macrogranjas, reducción obligatoria del consumo de agua en regadíos intensivos situados sobre acuíferos sobreexplotados, inversión del 20 % de los fondos de transición ecológica en restauración física de humedales (con prioridad para La Janda, Antela y L’Albufera), y creación de un inventario nacional de humedales actualizado en tiempo real, accesible al público, que integre tanto el estado hídrico como la calidad química del agua.

El reto no es solo técnico, sino político y cultural: asumir que restaurar humedales es restaurar el futuro, que estos ecosistemas no son espacios marginales, sino infraestructuras naturales esenciales para la adaptación al cambio climático, la disponibilidad de agua limpia y la protección frente a inundaciones. A la vez, muchos de ellos forman parte del patrimonio cultural y socioeconómico de las regiones, ligados a tradiciones como el Rocío en Doñana o a actividades como la pesca, el turismo de naturaleza y la agricultura extensiva bien gestionada.

En conjunto, los datos científicos, las alertas de la comunidad experta y la presión de las organizaciones ambientales dibujan un escenario en el que los humedales españoles están en una verdadera alerta ambiental: más de la mitad alterados o en regresión, aves acuáticas cada vez más amenazadas, acuíferos esquilmados y episodios extremos que ponen a prueba su capacidad de respuesta. Sin embargo, también hay margen de maniobra si se toman decisiones valientes: cerrar por fin los grifos ilegales, cambiar el rumbo del modelo agroindustrial, apostar por la restauración a gran escala y entender que cada hectárea de humedal recuperada es un seguro de vida frente a la crisis climática y ecológica que ya tenemos encima.

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