PFAS en la adolescencia: cómo los “tóxicos eternos” pueden debilitar los huesos

Última actualización: 9 de mayo de 2026
  • Los PFAS son contaminantes persistentes muy extendidos que se acumulan en el cuerpo y se han detectado en la mayoría de niños y adolescentes.
  • La exposición temprana a PFAS se asocia con efectos en el crecimiento, el sistema inmune, el neurodesarrollo y la salud respiratoria.
  • Estudios recientes relacionan niveles altos de PFAS, como PFOA y PFOS, con menor densidad mineral ósea en la adolescencia, sobre todo en chicas.
  • Reducir la exposición en agua, alimentos y productos de consumo es clave para proteger la salud ósea y general de la población joven.

PFAS y salud ósea en adolescentes

Los PFAS se han colado en nuestro día a día hasta el punto de que prácticamente nadie se libra de llevarlos en la sangre. Estas sustancias químicas, diseñadas para durar, han pasado de ser un invento muy útil para la industria a convertirse en un quebradero de cabeza para la salud pública, especialmente cuando hablamos de infancia y adolescencia. En los últimos años, la ciencia ha empezado a dibujar un panorama preocupante: estos compuestos podrían estar afectando al desarrollo normal de los huesos en los chicos y chicas jóvenes.

La adolescencia es una etapa en la que el organismo va a toda máquina: crecen los huesos, cambia el cuerpo y se disparan las hormonas. Justo en ese momento crítico, la exposición a PFAS —presentes en el agua, la comida, la ropa, los cosméticos o los envases de alimentos— puede interferir en procesos tan delicados como la formación de masa ósea. Diversas investigaciones apuntan a que estos “químicos eternos” se relacionan con una menor densidad mineral ósea, lo que a largo plazo podría traducirse en más fracturas y mayor riesgo de osteoporosis en la edad adulta.

Qué son los PFAS y por qué están en todas partes

Las sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas, conocidas como PFAS, forman una familia de miles de compuestos sintéticos ultrarresistentes al agua, la grasa y el calor. La industria empezó a producirlas masivamente alrededor de la década de 1950 para fabricar todo tipo de productos: utensilios de cocina antiadherentes, textiles impermeables, envases resistentes a la grasa, espumas contra incendios, materiales médicos, componentes electrónicos, productos de limpieza o incluso ciertos cosméticos y maquillajes de larga duración.

Su gran “ventaja” industrial es precisamente lo que las convierte en un problema ambiental y sanitario: apenas se degradan con el tiempo. Se las llama “tóxicos eternos” porque pueden permanecer durante décadas en el medio ambiente y acumularse tanto en los ecosistemas como en el cuerpo humano. Esa persistencia facilita que vayan circulando por aire, agua y suelos, y terminen entrando una y otra vez en la cadena alimentaria.

Se calcula que a finales de la década de 2010 podían existir en el mercado más de 4.700 sustancias PFAS diferentes, utilizadas en sectores tan diversos como el procesado de alimentos, la industria textil o la fabricación de material sanitario. Esa variedad, unida a la dificultad para eliminarlas, hace muy complicado controlar su impacto real sobre la salud.

Europa ha empezado a reaccionar. Algunas normativas recientes ya han puesto el foco en usos concretos, como determinados compuestos presentes en textiles impermeables, cajas de pizza o cosméticos. Aun así, los plazos de transición son largos y, durante años, seguiremos conviviendo con estos compuestos que ya están distribuidos por todo el planeta.

Cómo entran los PFAS en el cuerpo: un ciclo que no se detiene

Desde mediados del siglo pasado, la producción de PFAS no ha dejado de crecer. Las fábricas liberan parte de estas sustancias al entorno, contaminando el aire, el agua y los suelos. Pero el problema no termina ahí: cuando compramos productos que contienen PFAS, una fracción acaba liberándose durante su uso o cuando se convierten en residuos, alimentando un ciclo de exposición prácticamente continuo.

La principal vía por la que las personas incorporan PFAS es la alimentación. Pescados, mariscos, carnes, verduras y agua potable pueden estar contaminados si proceden de zonas donde las aguas o los suelos han sido afectados por vertidos. También se han detectado PFAS en envases alimentarios resistentes a la grasa, como algunos papeles, cartones o plásticos utilizados para comida rápida o palomitas de microondas.

Además, podemos inhalar PFAS presentes en el polvo doméstico o en el aire interior, sobre todo si hay tejidos tratados para repeler manchas o humedad, alfombras o tapicerías con recubrimientos especiales, o espumas contra incendios usadas en determinadas instalaciones. El contacto cutáneo es otra vía, especialmente en el caso de cosméticos, cremas, protectores solares o maquillajes etiquetados como “waterproof” o de larga duración.

Todo este cóctel hace que muchos de estos compuestos acaben llegando a la sangre. De hecho, un estudio del Centro Nacional de Sanidad Ambiental (CNSA) realizado en 2017 ya mostraba que cinco tipos de PFAS se detectaban en el suero de casi toda la población española. Es decir, convivimos con ellos sin darnos cuenta, y no solo los adultos.

Investigaciones más recientes, como un trabajo de la Universidad del País Vasco (EHU), han analizado el plasma de niños y niñas de 4, 8 y 14 años y han identificado 18 compuestos PFAS distintos entre 42 analizados, con tasas de detección que iban del 70 % al 97 % para los más frecuentes. Eso indica que la exposición empieza muy pronto y se mantiene en el tiempo.

Impacto general de los PFAS en la salud

Desde principios de este siglo se han ido acumulando pruebas epidemiológicas que vinculan los PFAS con distintos problemas de salud. No todos los compuestos se han investigado con el mismo detalle, pero hay algunos, como el ácido perfluorooctanosulfónico (PFOS) y el ácido perfluorooctanoico (PFOA), sobre los que existe un cuerpo de evidencia más sólido.

De acuerdo con organismos internacionales como la Federación Internacional de Obstetricia y Ginecología (FIGO), la exposición a determinados PFAS se ha asociado con:

  • Aumento del colesterol total y de algunas fracciones lipídicas.
  • Alteraciones en enzimas hepáticas, que indican estrés o daño en el hígado.
  • Mayor riesgo de ciertos cánceres, como el de testículo y el de riñón.
  • Hipertensión y preeclampsia en el embarazo, con posibles consecuencias graves para madre y bebé.
  • Trastornos tiroideos, con cambios en la función hormonal de la tiroides.

El alcance de estos efectos depende de múltiples factores: tipo específico de PFAS, dosis acumulada, frecuencia y duración de la exposición, además de la edad, el estado de salud de la persona y variables como la nutrición o el acceso a agua potable de calidad. Los niños y adolescentes, por todo lo que implica su desarrollo, son especialmente sensibles.

Por qué niños y adolescentes son más vulnerables

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La infancia y la adolescencia son etapas en las que el organismo todavía se está construyendo. Cualquier interferencia en esos años puede dejar huella a largo plazo. En el caso de los PFAS, hay varios motivos que explican esa mayor vulnerabilidad.

Para empezar, la piel de los niños es alrededor de un 30 % más fina que la de los adultos, lo que facilita que puedan absorber más sustancias químicas por contacto. Además, en relación a su peso corporal, comen más, beben más agua y respiran más aire, tal y como subrayan centros como el Institut de Salut Global de Barcelona (ISGlobal). Eso significa que, a igualdad de concentración ambiental, su dosis efectiva de PFAS suele ser mayor.

En los bebés, la barrera hematoencefálica —el “filtro” que protege el cerebro de muchas sustancias tóxicas— no está completamente formada hasta pasados unos seis meses. Durante ese tiempo, el sistema nervioso central es especialmente sensible. Por si fuera poco, estos compuestos pueden transferirse a través de la leche materna y, antes aún, durante la gestación, ya que han demostrado capacidad para atravesar la placenta y llegar al feto.

En el día a día, los más pequeños tienen más oportunidades de entrar en contacto con polvo y superficies contaminadas: gatean, se llevan objetos a la boca, juegan en el suelo y están en permanente exploración. Todo ello aumenta la probabilidad de ingerir o inhalar PFAS presentes en el entorno doméstico.

La adolescencia, por su parte, introduce cambios clave en el tipo de productos que se consumen: ropa técnica o impermeable, cosmética y maquillaje de larga duración, productos menstruales, comida rápida envasada o bebidas en recipientes especiales. Muchos de estos artículos pueden contener PFAS, ampliando las fuentes de exposición justo en una etapa en la que el cuerpo experimenta un fuerte estirón y una intensa reorganización hormonal.

Efectos de los PFAS en salud infantil y del desarrollo

Diversos estudios han explorado qué ocurre cuando la exposición a PFAS se produce en las primeras etapas de la vida, es decir, durante la gestación y los primeros años tras el nacimiento. Los resultados apuntan a varios efectos preocupantes tanto en el crecimiento físico como en el sistema inmune y el neurodesarrollo.

En el caso de la exposición perinatal (antes y poco después del parto), se han descrito asociaciones entre ciertos PFAS, como PFOS y PFOA, y:

  • Bajo peso al nacer, lo que se vincula a menudo con una mayor vulnerabilidad a problemas de salud posteriores.
  • Crecimiento más lento durante los primeros años de vida.
  • Respuesta reducida de anticuerpos a algunas vacunas, lo que puede traducirse en una mayor susceptibilidad a infecciones.

A medida que los niños crecen, la literatura científica sugiere que la exposición a PFAS puede relacionarse con un peor funcionamiento renal e inmunitario, así como con alteraciones en el desarrollo del cerebro y del sistema nervioso. Algunos trabajos han encontrado vínculos con trastornos como el déficit de atención e hiperactividad (TDAH), un menor coeficiente intelectual y niveles más altos de ansiedad.

También existen investigaciones que señalan que una exposición prenatal elevada a PFAS se asocia con un incremento del riesgo de asma infantil. En un estudio realizado en Suecia, por ejemplo, los hijos de madres con niveles muy altos de PFAS en el agua de consumo presentaban cerca de un 40 % más de probabilidad de desarrollar asma.

Por otro lado, se han documentado alteraciones en la salud reproductiva. La exposición posnatal a estos compuestos puede modificar el momento de inicio de la pubertad, retrasando, en el caso de las niñas, la primera menstruación aproximadamente medio año respecto a la media. Aunque pueda parecer un cambio pequeño, indica que estos químicos tienen capacidad para actuar como disruptores endocrinos.

PFAS, hormonas y salud en la adolescencia

La adolescencia es un periodo de especial sensibilidad porque coinciden el máximo desarrollo del esqueleto, la maduración sexual y grandes cambios metabólicos. Los PFAS encajan en la categoría de disruptores endocrinos: sustancias que interfieren con el sistema hormonal del organismo, imitando, bloqueando o alterando la acción de hormonas naturales.

Equipos de investigación como los del CIBERESP y el Instituto de Investigación Biosanitaria de Granada (ibs.GRANADA), junto con la Universidad de Granada, han señalado que durante esta fase vital los PFAS pueden desestabilizar el equilibrio hormonal de los adolescentes, con posibles repercusiones en su desarrollo y en su futura capacidad reproductiva. Entre los efectos asociados se incluye una posible disminución de la fertilidad en etapas posteriores de la vida.

Además de su acción hormonal, hay trabajos que han observado relaciones entre niveles elevados de determinados PFAS en sangre y un mayor riesgo de enfermedad hepática grasa en adolescentes. En un estudio reciente llevado a cabo por científicos de la Universidad de Hawái, se constató que los jóvenes con el doble de concentración de PFOA en sangre tenían casi tres veces más probabilidades de padecer enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (EHMet), antes conocida como hígado graso no alcohólico.

La EHMet en edades tempranas no es un problema menor: puede asociarse a resistencia a la insulina, alteraciones del perfil lipídico y un mayor riesgo cardiometabólico a lo largo de la vida. Todo esto refuerza la idea de que la adolescencia es un momento clave para minimizar la exposición a estos compuestos.

La adolescencia como ventana crítica para la salud ósea

La construcción de unos huesos fuertes se juega, en gran medida, en la adolescencia. Durante estos años, el esqueleto experimenta un rápido crecimiento en longitud y en densidad mineral ósea, lo que solemos llamar “el estirón”. En este proceso participan factores como la genética, la alimentación (aporte de calcio, vitamina D, proteínas) y, de forma muy destacada, las hormonas sexuales y de crecimiento.

La densidad mineral ósea alcanza su pico máximo aproximadamente entre los 20 y los 30 años. A partir de ahí, se mantiene un tiempo estable y luego empieza a descender lentamente. Cuanto mayor sea la masa ósea alcanzada en la juventud, mayor será el “colchón” protector frente a la pérdida de hueso que llega con el envejecimiento y, por tanto, menor la probabilidad de sufrir fracturas y osteoporosis.

Los estilos de vida en la adolescencia juegan un papel fundamental: una dieta rica en calcio y una actividad física regular (especialmente ejercicios de impacto y fuerza) ayudan a favorecer un esqueleto más robusto. Sin embargo, la presencia de PFAS en el entorno puede estar actuando como un factor silencioso que limita ese potencial.

En los últimos años se han publicado varios estudios que señalan que estos químicos persistentes podrían reducir la densidad mineral ósea en adolescentes, con variaciones según el tipo de compuesto, el momento de la exposición y el sexo de los jóvenes. La preocupación es clara: si la masa ósea máxima se ve mermada por culpa de los PFAS, el riesgo de osteoporosis en la edad adulta podría aumentar de forma significativa.

Qué dice la ciencia: PFAS y huesos más débiles en adolescentes

Una investigación publicada en la revista Environmental Research siguió durante aproximadamente año y medio a un grupo de unos 450 adolescentes de 11 años y adultos jóvenes de 19 años. El objetivo era analizar si existía relación entre los niveles de determinadas sustancias PFAS en sangre y la densidad mineral ósea.

Los resultados mostraron que las concentraciones más elevadas de ácido perfluorooctanosulfónico (PFOS) se asociaban con una reducción media de la densidad mineral ósea. Es decir, quienes tenían más PFOS en sangre presentaban huesos algo menos densos que sus compañeros con niveles más bajos, un hallazgo que encaja con la idea de que estos compuestos pueden interferir con el metabolismo del tejido óseo.

Otro trabajo, más reciente y amplio, publicado en el Journal of the Endocrine Society, se centró en una cohorte de 218 adolescentes seguidos desde el embarazo hasta los 12 años. En este estudio, se midieron las concentraciones de varios PFAS (entre ellos PFOA, PFHxS, PFOS y PFNA) en diferentes momentos clave: al nacer y a los 3, 8 y 12 años. La densidad ósea se evaluó a los 12 años de edad.

Los investigadores encontraron que los adolescentes con niveles más altos de ácido perfluorooctanoico (PFOA) en sangre presentaban una menor densidad mineral ósea en el antebrazo. Este hallazgo fue consistente en diferentes análisis. Para otros PFAS, como el ácido perfluorohexanosulfónico (PFHxS), el PFOS y el ácido perfluorononanoico (PFNA), las asociaciones con la densidad ósea variaron en función del momento en que se producía la exposición.

Esto sugiere que hay “ventanas de susceptibilidad” específicas durante el desarrollo: periodos concretos en los que el esqueleto es especialmente sensible a la acción de estos contaminantes. Además, las relaciones entre niveles de PFAS y menor densidad ósea resultaron ser más intensas en las adolescentes que en los adolescentes, lo que apunta a posibles diferencias de género en la respuesta del hueso y en la interacción con el sistema hormonal.

La autora principal, Jessie P. Buckley, de la UNC Gillings School of Global Public Health, ha destacado que la adolescencia es un periodo crítico para crear huesos fuertes y que alcanzar una masa ósea óptima en esta etapa reduce el riesgo de fracturas y osteoporosis a lo largo de toda la vida. Según Buckley y su equipo, disminuir la exposición a PFAS durante las fases clave del desarrollo podría ser una estrategia importante para proteger la salud ósea futura.

Quién está detrás de la investigación y por qué importa

El estudio sobre PFAS y densidad mineral ósea en adolescentes contó con la participación de investigadores de múltiples instituciones de prestigio internacional, entre ellas la Johns Hopkins Bloomberg School of Public Health, la Brown University, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos, la Universidad de Cincinnati, el Hospital Infantil de Cincinnati, la Universidad de Pennsylvania, la Simon Fraser University y la Milken Institute School of Public Health de la Universidad George Washington.

La financiación procedió principalmente del National Institute of Environmental Health Sciences, lo que refuerza el interés de las agencias de salud pública en comprender mejor los riesgos asociados a los PFAS en etapas tempranas de la vida. El trabajo, titulado algo así como “PFAS y densidad mineral ósea adolescente: evaluación de periodos de susceptibilidad”, se publicó en línea y ha contribuido a poner el foco sobre el esqueleto juvenil como posible diana de estos compuestos.

En conjunto con otros estudios previos y paralelos, estos resultados consolidan la idea de que la exposición a PFAS no es un problema aislado ni puntual, sino un factor de riesgo que puede influir en múltiples sistemas del organismo. En el caso concreto de los huesos, la preocupación se centra en que una disminución, aunque sea modesta, de la masa ósea durante la adolescencia se traducirá en una reserva menor durante el resto de la vida.

El mensaje que lanzan los equipos de investigación es claro: cuanto antes se reduzca la presencia de PFAS en el agua potable y en los productos de consumo, menor será la carga de exposición acumulada por la población infantil y adolescente, y mejores serán las perspectivas para la salud ósea y general a largo plazo.

Cómo está reaccionando la regulación europea ante los PFAS

Ante la creciente evidencia científica, algunos países y la propia Unión Europea han empezado a poner coto a determinados usos de los PFAS. En 2019, por ejemplo, Dinamarca prohibió su utilización en materiales que están en contacto con alimentos, como ciertos envases y papeles tratados para repeler la grasa.

En el ámbito comunitario, el Consejo de la UE y el Parlamento Europeo alcanzaron a comienzos de 2024 un acuerdo político provisional para que todos los envases en contacto con alimentos estuvieran libres de estas sustancias permanentes. Ese pacto se materializó después en una decisión de la Comisión Europea, que restringió el uso de varios PFAS sintéticos persistentes presentes en textiles, envases, cosméticos y otros productos que se acumulan en el ambiente y en el organismo.

Entre las medidas se incluyó la prohibición del ácido undecafluorohexanoico (PFHxA) y de sustancias relacionadas, debido a que los riesgos de algunas de sus aplicaciones no estaban adecuadamente controlados. La restricción afecta, por ejemplo, a chaquetas impermeables y otras prendas textiles, cajas de pizza y otros envases de comida, aerosoles impermeabilizantes para uso doméstico y ciertos cosméticos para el cuidado de la piel.

Sin embargo, se establecieron excepciones para usos considerados estratégicos o difíciles de sustituir a corto plazo, como algunas aplicaciones en semiconductores, baterías o celdas de combustible para hidrógeno verde. Además, las nuevas normas prevén periodos de transición que pueden ir de los 18 meses a los 5 años, según el tipo de producto, de forma que la eliminación total de estos compuestos de muchos artículos de consumo tardará en hacerse efectiva.

Mientras tanto, la recomendación de los expertos es avanzar no solo en la regulación, sino también en la información a las familias y en la vigilancia de los niveles de PFAS en agua potable, alimentos y productos de uso cotidiano, para poder actuar con mayor rapidez allí donde se detecten concentraciones preocupantes.

Qué pueden hacer las familias para reducir la exposición en niños y adolescentes

Aunque es imposible evitar por completo los PFAS —porque ya forman parte de nuestro entorno—, sí hay una serie de medidas prácticas que las familias pueden adoptar para recortar la exposición de niños, niñas y adolescentes, especialmente en aquellos productos donde existen alternativas razonables.

Una de las recomendaciones más sencillas es revisar las etiquetas y fichas de los productos que compramos. Conviene desconfiar de la ropa, calzado o textiles que se anuncian como muy resistentes a las manchas o al agua, de los maquillajes y cosméticos “de larga duración” o “waterproof” y de ciertos utensilios de cocina antiadherentes donde no se especifica claramente la ausencia de PFAS.

En casa, es útil incorporar rutinas de limpieza que reduzcan el polvo, utilizando paños húmedos para limpiar superficies y aspiradores con buenos filtros en alfombras y tapicerías. Una parte de los PFAS que se liberan de tejidos y productos tratados termina adherida al polvo doméstico, con el que los niños están en contacto continuo.

En cuanto a la alimentación, puede ayudar limitar el consumo habitual de comidas servidas o recalentadas en envases resistentes a la grasa, como ciertos cartones, plásticos o bolsas para palomitas de microondas, que a veces contienen recubrimientos con PFAS. Cocinar más en casa, usar recipientes de vidrio o acero inoxidable para calentar alimentos y priorizar productos frescos frente a ultra procesados puede reducir indirectamente la exposición.

Por último, apostar por un estilo de vida que favorezca la salud ósea —buena ingesta de calcio y vitamina D, ejercicio físico regular y evitar el tabaco en el entorno— no elimina los PFAS, pero sí refuerza la capacidad del organismo para optimizar su masa ósea en la adolescencia y compensar, en la medida de lo posible, factores ambientales adversos.

La evidencia científica disponible, procedente de estudios en población general y en cohortes seguidas desde el embarazo, deja claro que los PFAS están presentes en la sangre de la mayoría de niños, niñas y adolescentes, y que su exposición se relaciona con múltiples efectos en la salud: desde alteraciones del crecimiento, el sistema inmune, el desarrollo neurológico y la función respiratoria, hasta cambios en la pubertad, el metabolismo hepático y, de forma muy preocupante, una menor densidad mineral ósea en etapas clave del desarrollo. Aunque muchas preguntas siguen abiertas, todo apunta a que reducir al máximo la exposición en los primeros años de vida es una inversión directa en huesos más fuertes y en una mejor salud general para las generaciones futuras.