- Desde el Big Bang hasta las primeras galaxias, el universo ha seguido una secuencia física bien conocida de expansión, enfriamiento y formación de estructuras.
- La vida y la evolución de los homínidos se insertan en esa historia cósmica, desde los primeros primates arborícolas hasta el Homo sapiens.
- La paleontología y la paleogenómica han revelado un árbol evolutivo humano complejo, con múltiples especies, hibridaciones y migraciones.
- Hoy la especie humana estudia grandes estructuras de galaxias y afronta el reto de convertirse en una civilización verdaderamente espacial.

Mirar al cielo nocturno y preguntarse de dónde venimos es casi un reflejo automático de cualquier ser humano. Las galaxias lejanas y los fósiles de antiguos homínidos, aunque parezcan historias separadas, forman en realidad un único relato: el del universo que se organiza, se complica y acaba generando criaturas capaces de preguntarse por su propio origen.
En las últimas décadas, la cosmología, la biología evolutiva y la paleoantropología han ido encajando sus piezas, aspectos centrales para entender qué es la ciencia: hoy podemos conectar la gran historia del cosmos con la pequeña gran historia de nuestra especie: desde la primera fracción de segundo tras el Big Bang, pasando por la formación de estrellas y cúmulos de galaxias, hasta la aparición de los primeros homínidos, la expansión del Homo sapiens y, más recientemente, su empeño por abandonar la Tierra para explorar el espacio.
Del Big Bang a las primeras galaxias
El suceso más antiguo que podemos fechar con cierto detalle se sitúa hace unos 12.000 millones de años, cuando el universo era extremadamente joven. Toda la energía y el espacio estaban concentrados en una región mínima, y de ese estado surgió una gigantesca expansión: lo que llamamos Big Bang. No fue una explosión en un punto del espacio, sino la expansión del propio espacio.
Durante los primeros segundos, la temperatura superaba ampliamente el billón de grados y la energía se manifestaba casi exclusivamente como radiación de alta energía y partículas elementales. En un intervalo de unos 10 segundos se formaron las primeras partículas fundamentales estables; unos 15 minutos después, el universo se había enfriado lo suficiente como para que protones y neutrones se combinaran en núcleos ligeros, sobre todo hidrógeno y helio, aproximadamente en proporción 4 a 1.
Alrededor de 10.000 años tras el Big Bang, la temperatura ya había descendido a unos 100.000 grados. Fue entonces cuando comenzaron a estabilizarse los primeros átomos de hidrógeno. Sin embargo, la luz seguía interactuando muy intensamente con la materia. Tuvieron que pasar unos 400.000 años para que protones y electrones se unieran de forma masiva, el universo se volviera transparente a la radiación y el hidrógeno empezara a agruparse en nubes.
Esas nubes de gas fueron creciendo y amontonándose bajo la acción de la gravedad. Los cúmulos de nubes llegaron a ser tan grandes que constituyeron los embriones de las actuales galaxias, mientras que en su interior se formaban las primeras estrellas que iluminaron la oscuridad cósmica. A partir de ahí, la historia del universo es una historia de estructura: materia que se va organizando desde escalas diminutas hasta gigantescos cúmulos de galaxias.

Forja de estrellas, elementos químicos y sistemas planetarios
Hace unos 11.000 millones de años el universo rondaba los 3.000 grados de temperatura media. En ese contexto empezaron a encenderse las primeras estrellas de forma masiva. La gravedad comprimió los núcleos de las nubes de hidrógeno hasta alcanzar temperaturas cercanas a los 15 millones de grados, lo suficiente para que se activara la fusión del hidrógeno en helio.
Ese proceso de fusión nuclear libera luz y calor: es la fuente de energía que hace brillar a las estrellas. Cuando el hidrógeno del núcleo se agota, las estrellas más masivas logran seguir generando energía fusionando el helio en elementos más pesados. En sus interiores, capa a capa, se fueron produciendo oxígeno, carbono, silicio, hierro y el resto de elementos químicos que hoy encontramos en la Tierra y en nuestro propio cuerpo.
Las estrellas de gran masa tienen vidas relativamente cortas y terminan de forma violenta. En cierto momento la energía generada en el interior supera la capacidad de la gravedad para retener las capas externas, y la estrella explota como supernova, expulsando al espacio gran parte de su material enriquecido en elementos pesados. Esas explosiones sembraron el universo con nuevas nubes de gas cargadas de elementos muy diversos.
De ese gas “reciclado” nacieron las llamadas estrellas de segunda generación, entre las que se encuentra nuestro Sol. El núcleo de la nube que daría lugar a nuestro sistema se encendió hace unos 5.000 millones de años, cuando el universo ya estaba bastante más frío, en torno a los 100 grados bajo cero de temperatura media del fondo cósmico. Alrededor del joven Sol, el material sobrante empezó a agregarse en cuerpos cada vez mayores.
En ese entorno turbulento se formaron los planetas. La Tierra tiene unos 4.600 millones de años y comenzó como una esfera incandescente. En relativamente poco tiempo su superficie se enfrió lo suficiente para formar una corteza sólida. Parte de los gases de la atmósfera se condensó, originando mares y océanos primitivos con una composición muy distinta a la actual: sin capa de ozono, con fuerte actividad volcánica y eléctrica, y una química en plena ebullición.
Origen de la vida y primeras eras geológicas
En esos océanos se fueron generando moléculas orgánicas cada vez más complejas. La combinación de radiación intensa, descargas eléctricas y un caldo rico en químicos favoreció que, hace alrededor de 3.500 millones de años, surgieran las primeras formas de vida. Eran organismos microscópicos y blandos, sin estructuras resistentes que dejaran huella abundante en el registro fósil.
Esta larguísima etapa inicial recibe el nombre de Precámbrico y se extiende hasta que los fósiles empiezan a ser lo bastante frecuentes como para reconstruir bien la evolución. A partir de ahí, los geólogos y biólogos dividen la historia de la vida en grandes eras y periodos. La era primaria o paleozoica comienza hace unos 570 millones de años y se subdivide en varios capítulos con faunas y floras muy características.
Durante el Cámbrico proliferan los trilobites, moluscos y crustáceos. En el Ordovícico (a partir de unos 505 millones de años) siguen dominando los trilobites y aparecen más equinodermos y braquiópodos, además de los primeros peces. El Silúrico, que arranca hace unos 440 millones de años, ve el auge de peces acorazados gigantes, las primeras plantas que colonizan tierra firme y grandes escorpiones marinos.
El Devónico, iniciado hace unos 410 millones de años, suele conocerse como “la edad de los peces” por la diversificación de formas modernas, y también presencia los primeros anfibios capaces de moverse en tierra, mientras las plantas terrestres se hacen más complejas. En el Carbonífero (hace unos 360 millones de años) los anfibios se multiplican, aparecen los primeros reptiles y vastas selvas de musgos y helechos originan los futuros yacimientos de carbón. El Pérmico, a partir de 285 millones de años atrás, trae una gran expansión de los reptiles, la decadencia de los anfibios y la desaparición definitiva de los trilobites, mientras surgen las primeras coníferas modernas.

De los dinosaurios a los primeros mamíferos y primates
La era secundaria o mesozoica arranca hace unos 245 millones de años y está dominada por los dinosaurios. Su primer periodo, el Triásico, ve la aparición de los primeros dinosaurios propiamente dichos y grandes reptiles marinos. En esta etapa también surgen los primeros mamíferos, aunque siguen siendo pequeños y discretos, mientras los amonites se vuelven muy abundantes y los bosques de coníferas se extienden.
El Jurásico (desde hace unos 210 millones de años) consagra el reinado de los dinosaurios en tierra firme. Aparecen reptiles voladores y las primeras aves, junto a mamíferos diminutos que viven en la sombra ecológica de los grandes saurios. En el Cretácico, además de seguir el esplendor dinosauriano, irrumpen las primeras plantas con flores, que transforman radicalmente los ecosistemas. Al final de este periodo se produce una gran extinción en masa que acaba con los dinosaurios no avianos, muchos reptiles marinos y los amonites.
Con la desaparición de los grandes reptiles se abre la era terciaria o cenozoica, hace unos 65 millones de años. En el Paleoceno proliferan rápidamente los mamíferos, ocupando nichos que habían quedado vacíos. El Eoceno, desde hace unos 60 millones de años, presencia la aparición de linajes primitivos de caballos, elefantes y otras muchas formas nuevas.
En el Oligoceno, que empieza unos 35 millones de años atrás, las plantas con flores se diversifican y aparecen numerosos grupos de mamíferos actuales, incluidos los primeros primates claramente reconocibles. Ya en el Mioceno, hace unos 25 millones de años, los primates se multiplican, especialmente en África, viviendo mayoritariamente en ambientes boscosos y arborícolas.
El salto a la sabana y los primeros homínidos
Los primates habían encontrado en los árboles un entorno relativamente seguro: abundancia de frutos, pocos depredadores y una vida social compleja. Pero hace unos 14 millones de años la situación cambió. Los climas y paisajes se transformaron, los bosques se fragmentaron y muchos grupos de primates se vieron forzados a abandonar el refugio arbóreo y adaptarse a las sabanas abiertas.
En un ambiente dominado por hierbas difíciles de digerir y depredadores especializados, ciertos primates empezaron a experimentar con posturas más erguidas y desplazamientos sobre las extremidades posteriores. De esa época datan los restos de una especie conocida como Ramapithecus, que habitó amplias zonas de África, Europa y Asia. Su esqueleto muestra signos de haber adoptado en ocasiones una posición más vertical.
Se puede imaginar que estos primates forzados a dejar el “paraíso” de los árboles compensaron su vulnerabilidad uniéndose en grupos más cohesionados, al estilo de mamíferos cazadores sociales. La postura erguida permitía mantener contacto visual a mayor distancia, facilitando avisos rápidos ante amenazas. La selección natural iría favoreciendo a los individuos con mejor capacidad para aguantar esa posición bípeda inicialmente incómoda.
El Ramapithecus desapareció hace alrededor de 8 millones de años, pero no era la única línea de primates en esa encrucijada. De forma general, a estos monos cazadores adaptados parcialmente a la vida en tierra se les agrupa bajo el término de homínidos en sentido amplio. Desde hace cerca de 6 millones de años, en el este de África fueron apareciendo varias especies englobadas en el género Australopithecus, que sí podemos considerar con claridad los primeros homínidos bípedos estables.
Las distintas especies de Australopithecus fueron adoptando progresivamente la postura erguida como forma habitual de caminar. Su capacidad craneal aumentó con el tiempo, aunque seguía siendo reducida frente a la del ser humano actual. Aun así, sus manos quedaron libres al no ser necesarias para el desplazamiento, lo que abrió la puerta a nuevas habilidades de manipulación, uso de piedras como armas, mejora de la coordinación, la comunicación y la observación del entorno. Todo ello se acompañó de un aumento en la complejidad de la corteza cerebral.
Maduración lenta, Australopithecus y el nacimiento del género Homo
El Plioceno comienza hace unos 5 millones de años con un enfriamiento global que provocó la extinción de muchos grandes mamíferos. Los Australopithecus, sin embargo, se adaptaron bien y se expandieron por amplias zonas del este de África, desde Etiopía hasta el sur del continente. Esa expansión implicaba que cada grupo necesitaba territorios muy amplios para sobrevivir, lo que favoreció aún más su dispersión.
En ese contexto, la evolución jugó otra carta decisiva: la llamada maduración retardada. En algún momento empezaron a aparecer individuos con un desarrollo muy lento: nacían antes de tiempo desde el punto de vista fisiológico, sin pelo, sin dientes, con el cráneo aún sin soldar y total incapacidad de valerse por sí mismos. A primera vista parecían desventajosos, pero esta prolongada infancia traía una ventaja enorme: más años dedicados al aprendizaje y al juego exploratorio.
Mientras que en otros primates la curiosidad se dispara solo durante una juventud relativamente breve, en estos homínidos ese impulso se mantuvo durante gran parte de la vida. La selección natural favoreció ese tipo de desarrollo, porque permitía adquirir habilidades complejas de forma acumulativa. Con el tiempo, las diferentes especies de homínidos fueron acentuando esta tendencia a una infancia larga y una vida social rica en enseñanza y observación.
Hace unos 2,5 millones de años apareció una especie nueva dentro de este contexto australopitecino, lo bastante distinta como para justificar un género nuevo: Homo habilis. Tenía una capacidad craneal mayor y, sobre todo, dejó pruebas claras de su capacidad tecnológica. Fue el primer homínido que talló sistemáticamente piedras para convertirlas en herramientas cortantes y punzantes.
Con Homo habilis se da el pistoletazo de salida a lo que conocemos como Edad de Piedra, concretamente el Paleolítico inferior. Estas herramientas permitieron una caza más eficiente y un mejor procesamiento de los alimentos. La especie se expandió rápidamente por las zonas ocupadas anteriormente por Australopithecus, mientras el clima volvía a jugar un papel clave: se desencadenó una fuerte bajada de temperaturas a escala global, marcando una nueva glaciación que los homínidos debían afrontar por primera vez.
Glaciaciones, Homo erectus, fuego y expansión planetaria
Las condiciones de vida empeoraron mucho con esa glaciación: menos presas disponibles, inviernos más duros y periodos de hambre más frecuentes. Pese a ello, los homínidos volvieron a adaptarse. Hace unos 2 millones de años, en medio de este escenario complejo, surgió otra especie humana: Homo erectus. Con él comienza la era cuaternaria, cuyo primer periodo es el Pleistoceno.
La glaciación inicial ligada al arranque del Pleistoceno se prolongó casi un millón de años, hasta hace unos 1,5 millones. Pero la era cuaternaria no se quedó ahí: aún vendrían cuatro grandes glaciaciones más, separadas por interglaciares relativamente breves. La primera de estas glaciaciones cuaternarias intensas arrancó hace algo más de 1 millón de años y fue todavía más severa que la anterior.
La competencia ecológica en ese contexto llevó a la desaparición de los Australopithecus poco después del inicio de esa glaciación, y de Homo habilis hace unos 800.000 años. Homo erectus, sin embargo, sobrevivió gracias a un arma revolucionaria: el uso del fuego como recurso. Al principio no sabía generarlo a voluntad, pero podía aprovechar el que surgía de incendios naturales provocados por rayos, y probablemente aprendió pronto a conservarlo.
La glaciación terminó hace unos 700.000 años, y es probable que no pasara demasiado tiempo hasta que Homo erectus desarrollara técnicas para encender fuego por sí mismo. Controlarlo suponía una enorme ventaja: mejor protección frente al frío y los depredadores, posibilidad de cocinar alimentos difíciles de digerir crudos y una ampliación importante de su repertorio dietético. Durante la segunda gran glaciación del cuaternario, entre hace 600.000 y 300.000 años, Homo erectus perfeccionó la caza cooperativa de grandes mamíferos, consolidando un modo de vida plenamente cazador-recolector.
Superado el obstáculo climático, Homo erectus se expandió con éxito. Al igual que antes sucedió con los Australopithecus, cada banda requería un territorio amplio, lo que fomentó su dispersión por África, buena parte de Asia y casi toda Europa (salvo las zonas más septentrionales). Pese a esa amplia distribución, el número total de individuos no debió de superar el medio millón. Tras un periodo más benigno llegó una tercera glaciación, desde hace algo más de 200.000 años hasta hace algo más de 100.000. Al final de esta etapa, Homo erectus ya ocupaba medio planeta y había aprendido incluso a levantar cabañas donde no había cuevas.
Homo sapiens, neandertales y la compleja familia humana
Durante la tercera glaciación del cuaternario aparecieron las primeras formas de dos nuevas especies humanas: Homo sapiens y Homo neanderthalensis. En Alemania se ha encontrado un fósil preneandertal de al menos 200.000 años de antigüedad, mientras que en Israel se han hallado restos de hace unos 100.000 años que se consideran ancestros tempranos de Homo sapiens, en yacimientos donde también aparecen fósiles neandertales y los últimos Homo erectus, que se extinguieron en torno a hace 90.000 años.
En esta fase hablamos de Paleolítico medio. La capacidad craneal de sapiens y neandertales triplicaba la del viejo Homo habilis, pero al principio sus diferencias anatómicas y culturales no eran extremas. Con el inicio de la cuarta gran glaciación, hace unos 80.000 años, se consolida ya una cultura neandertal bien definida, con prácticas y tecnologías características.
Entre esas costumbres destaca el entierro de los muertos y la fabricación de armas más elaboradas, como proyectiles con punta de piedra que podemos interpretar como una forma temprana de flechas. Aunque es arriesgado atribuirles pensamiento religioso en sentido estricto, los enterramientos hablan de un cierto grado de autoconciencia y de vínculos afectivos fuertes. La crianza de bebés altamente dependientes requiere de un cuidado paciente, y es probable que la risa y otros comportamientos sociales sirvieran como herramientas para reforzar esos lazos.
Homo sapiens y Homo neanderthalensis se extendieron por África, Europa y Asia, cazando una gran variedad de animales y adaptándose a entornos muy distintos. Hace unos 40.000 años, grupos de sapiens alcanzaron Australia, convirtiéndose en los primeros humanos en habitar ese continente. Poco después, hace unos 35.000 años, la cultura sapiens empezó a mostrar una clara ventaja frente a la neandertal, inaugurando el Paleolítico superior.
En este periodo la población mundial pasó de algo más de un millón de individuos a casi cinco millones en un tiempo muy corto, señal de un éxito adaptativo sin precedentes. Aparecen los primeros restos de arte prefigurativo: incisiones y decoraciones en hueso y piedra. Hacia hace 30.000 años tenemos ya arte figurativo reconocible, con representaciones de cabezas y torsos de animales en paredes rocosas. Estos avances implican un salto considerable en la capacidad de pensamiento abstracto y simbólico.
Paralelamente, el lenguaje articulado se fue consolidando. Los homínidos se habían comunicado siempre mediante gestos, vocalizaciones y señales cuyo sentido dependía mucho del contexto. Con un lenguaje articulado y convencionalizado, cada sonido o palabra se vincula de forma estable a un significado, separado del aquí y ahora. Es posible que los primeros dibujos esquemáticos sirvieran para fijar consensos sobre palabras, organizar la caza o incluso para atribuir poderes mágicos a la representación de las presas.
Hallazgos recientes: nuevas ramas en el árbol humano
Las investigaciones recientes han añadido aún más matices a esta historia. En Oriente Próximo, los fósiles hallados en la cantera de Nesher Ramla (Israel) se han interpretado como un grupo humano del Pleistoceno medio que podría estar en el origen de los neandertales europeos. Sus rasgos combinan características arcaicas y neandertales, lo que sugiere interacciones complejas entre poblaciones distintas.
Los estudios publicados en revistas como Science describen no solo los restos craneales y mandibulares, sino también la cultura material asociada: herramientas líticas que apuntan a intercambios tecnológicos con Homo sapiens temprano en la región. Esto alimenta la idea de que la evolución humana reciente es una red de migraciones e hibridaciones, más que una simple sucesión lineal de especies.
Algo parecido ocurre con el cráneo de Harbin, en China, denominado Homo longi o “hombre dragón”. Se trata de un cráneo muy bien preservado del Pleistoceno medio, con gran capacidad craneal y un conjunto de rasgos que mezclan caracteres modernos y primitivos. Algunos análisis filogenéticos proponen que forma, junto con otros fósiles chinos como Dali o Xiahe, un linaje hermano del de Homo sapiens, lo que implicaría una diversificación del género Homo más antigua y complicada de lo que se pensaba. Muchos especialistas, no obstante, piden cautela y más fósiles antes de aceptar plenamente este nuevo escenario.
La paleogenómica también ha revolucionado el campo. El desarrollo de técnicas para extraer ADN mitocondrial y nuclear de dientes y huesos fosilizados ha permitido reconstruir parentescos, migraciones e incluso episodios de hibridación entre sapiens, neandertales y denisovanos. Estos estudios requieren condiciones muy particulares de conservación que protejan los restos del ataque bacteriano y de la degradación ambiental, pero cuando funcionan proporcionan una ventana directa al pasado genético de nuestra especie.
Grandes estructuras cósmicas, galaxias activas y principio cosmológico
Mientras desciframos nuestra historia evolutiva, la astronomía moderna amplía también el contexto cósmico en el que se desarrolla. Observatorios como MeerKAT o los telescopios del ESO han obtenido imágenes espectaculares de galaxias activas y enormes estructuras de materia. Un ejemplo emblemático es la radiogalaxia IC 4296, donde un agujero negro supermasivo de unos mil millones de masas solares lanza chorros colosales que se observan como filamentos, cintas y anillos en radiofrecuencia.
Otra línea de investigación reciente tiene que ver con las gigantescas estructuras cósmicas: arcos de galaxias, muros y supercúmulos que se extienden a escalas de miles de millones de años luz. Se ha comunicado el hallazgo de un llamado “Arco Gigante” de galaxias a unos 9.200 millones de años luz, con una longitud de alrededor de 3.300 millones de años luz, comparable o incluso mayor que estructuras como el Gran Muro de Sloan o el Muro del Polo Sur.
Estos hallazgos plantean preguntas sobre el llamado principio cosmológico, que asume que el universo es homogéneo e isótropo a gran escala. Las estimaciones teóricas sugerían que rara vez deberían formarse estructuras mayores de unos 1.200 millones de años luz, y sin embargo el Arco Gigante y otros grandes grupos de cuásares parecen superar ese límite. Aun así, la comunidad científica considera que es pronto para dar por rota la validez del modelo cosmológico estándar; hacen falta más datos y mejor estadística.
Otra imagen que ilustra bien la inmensidad del cosmos proviene del observatorio de La Silla, en Chile, perteneciente al European Organisation for Astronomical Research in the Southern Hemisphere (ESO). En un campo del cielo similar en tamaño angular a la Luna llena se observan miles de galaxias. Cerca del centro, ligeramente hacia la izquierda y abajo, se distingue el cúmulo Abell 315, una concentración de galaxias amarillentas a unos 2.000 millones de años luz de distancia. La cantidad de materia oscura en esa región es tan grande que curva la luz de objetos aún más lejanos que pasan por detrás.
La especie humana frente al espacio: riesgos y oportunidades
En este punto del relato, el panorama es paradójico: somos homínidos que han aprendido a lanzar cohetes. Desde una perspectiva biológica seguimos siendo primates hipersociales, muy sensibles al entorno y a los vínculos afectivos cercanos, pero al mismo tiempo somos capaces de diseñar misiones espaciales, observatorios de ondas gravitacionales y radiotelescopios gigantes.
Los viajes espaciales tripulados plantean retos notables para la salud y la psicología humana. La ausencia prolongada de gravedad provoca pérdida de masa muscular y ósea, alteraciones en la distribución de fluidos y cambios físicos tan curiosos como un aumento temporal de la estatura debido al estiramiento de la columna. Estas modificaciones pueden ir acompañadas de cambios en el estado de ánimo, irritabilidad y problemas de adaptación.
La exposición a radiación cósmica de alta energía es otro problema crítico. A largo plazo puede aumentar el riesgo de cáncer y otros daños biológicos, y aún no se conoce con precisión cómo afectan diferentes dosis y tipos de radiación en misiones de larga duración lejos de la protección magnética terrestre. Se estudian soluciones como blindajes más eficientes, arquitecturas de naves y hábitats que reduzcan la dosis y, en el terreno puramente especulativo, posibles estrategias de modificación genética preventiva, que por ahora pertenecen más a la ciencia ficción que a la realidad.
La alimentación en entornos cerrados también es un campo clave. Mantener dietas basadas en alimentos rehidratados de forma prolongada, reciclar agua y oxígeno en sistemas cerrados y garantizar la estabilidad de estos ecosistemas artificiales es un desafío enorme. Vivimos gracias a ciclos de fluidos muy delicados, y reproducirlos en estaciones espaciales o futuras bases en otros planetas exige una ingeniería ecológica extremadamente precisa.
A todo esto se suma el impacto psicológico del aislamiento y la convivencia en espacios reducidos. Las ciencias del comportamiento estudian cómo medir factores como la necesidad de contacto social, el estrés por encierro prolongado, la confianza en el grupo o la gestión de conflictos. La manera en que estos factores influyen en misiones de muchos meses o años será decisiva si queremos plantearnos seriamente habitar otros mundos.
Mientras tanto, la investigación continúa conectando puntos: desde los riesgos médicos de ser astronauta hasta los efectos de los viajes espaciales en el sistema nervioso central, pasando por modelos de habitabilidad extraplanetaria. En paralelo, programas de divulgación y tertulias científicas repasan noticias sobre gravitondas (ondas gravitacionales), especies humanas, estructuras cosmológicas y radiogalaxias, integrando las piezas de este enorme puzle que va desde las galaxias más lejanas hasta el ADN de nuestros ancestros.
Mirado con algo de perspectiva, todo este recorrido —desde el plasma inicial del Big Bang hasta los homínidos que entierran a sus muertos, pintan en cuevas, levantan radiotelescopios y sueñan con colonizar otros planetas— muestra que formamos parte de un proceso de complejidad creciente. El universo, a través de estrellas, galaxias y glaciaciones, ha producido criaturas capaces de preguntarse por cúmulos como Abell 315 o por el Arco Gigante de galaxias, al tiempo que reconstruyen la vida de Ramapithecus, Homo erectus o Homo longi. En esa mezcla de curiosidad cósmica y memoria evolutiva es donde se juega buena parte del futuro de nuestra especie, ya sea en la Tierra o, con algo de suerte, más allá de ella.

