- Descubrimiento de la Provincia de Cuencas en Forma de Abanico en la Antártida Oriental, una estructura tectónica de escala continental.
- El fenómeno se originó por extensión rotacional durante la fragmentación del supercontinente Gondwana hace millones de años.
- La topografía del lecho rocoso es determinante para predecir el flujo de los glaciares y su vulnerabilidad ante el calentamiento global.

Imagínate que bajo una capa de hielo de cuatro kilómetros de espesor, en la Antártida Oriental, se esconde una arquitectura de cuencas en abanico tan vasta que podría compararse con el tamaño de un continente entero. Lo más increíble es que nadie ha puesto un pie allí ni se ha perforado el suelo para tocar la roca, pero un grupo de geofísicos ha logrado dibujar su geometría exacta y descifrar el enigma de su origen, que se remonta a una época en la que Australia y la Antártida estaban pegadas.
Este hallazgo no es fruto de una expedición clásica de campo, sino de un trabajo ingente combinando sensores aéreos, satélites y modelos de gravedad. Liderado por Egidio Armadillo y Martin Siegert, el estudio publicado en Nature Geoscience ha logrado integrar datos geofísicos a una escala nunca vista, permitiendo que lo que antes parecía simple ruido en las mediciones se revelara como un mapa coherente del subsuelo del escudo de hielo más antiguo de nuestro planeta.
La anatomía de un abanico geológico
Lo que los científicos han identificado es la denominada Provincia de Cuencas en Forma de Abanico de la Antártida Oriental. Se trata de una serie de depresiones en la roca subglacial que convergen hacia el Polo Sur. No es una disposición al azar; el equipo ha detectado unas 30 cuencas, muchas de ellas con formas en V o triangulares, que se abren hacia el exterior como si fueran las varillas de un abanico.
Este fenómeno se conoce técnicamente como extensión rotacional distribuida. Básicamente, ocurre cuando un bloque de la corteza terrestre se estira y se fractura mientras dos placas tectónicas se separan de forma oblicua. En lugar de una grieta limpia, se genera una red de fisuras que provoca que la corteza se adelgace y se hunda, creando estas cuencas que hoy actúan como una suerte de cicatriz litosférica de un desgarro ocurrido hace millones de años.
La magnitud de este sistema es asombrosa, abarcando desde las montañas Gamburtsev hasta la cordillera Transantártica. Algunas de estas estructuras, como las cuencas de Wilkes, Aurora o la zona del lago Vostok, ya se conocían, pero el gran salto cualitativo de este estudio es comprender que todas forman parte de un mismo sistema y no son accidentes aislados.
El legado de Gondwana y la ruptura continental
Para poner esto en perspectiva, hay que viajar unos 180 millones de años atrás, cuando existía Gondwana, el supercontinente que agrupaba a África, India, Arabia, América del Sur, Australia y la Antártida. La fragmentación de esta masa terrestre fue el evento tectónico más determinante de los últimos 200 millones de años, afectando la climatología y la distribución de la vida en la Tierra.
La separación entre Australia y la Antártida fue un proceso especialmente lento y complejo. La red de cuencas cartografiada es la prueba física de la fase inicial de esa ruptura, ocurriendo aproximadamente entre hace 85 y 100 millones de años. Fue el momento en que la corteza empezó a ceder antes de que el océano Austral llenara el espacio vacío, dejando una huella directa del mecanismo que separó ambos continentes.
Tecnología de vanguardia para ver lo invisible
Dado que perforar kilómetros de hielo es una tarea titánica, los expertos han recurrido a una radiografía geofísica. Han mezclado datos de topografía obtenidos por radar aerotransportado con mediciones de gravedad y magnetismo. Cuando existe una cuenca, la roca es más fina y el campo gravitatorio muestra anomalías muy claras, lo que permite inferir la estructura sin necesidad de extraer muestras físicas.
Es importante mencionar que, aunque el modelo es robusto, los investigadores mantienen la cautela ya que se basa en datos remotos. La datación de 90 millones de años se deduce por correlación con los registros de Australia y no por pruebas directas. No obstante, se espera que la campaña de perforación de 2028 en la cuenca de Aurora pueda aportar los sedimentos necesarios para confirmar la cronología exacta de este fósil geológico.
Impacto en la estabilidad del hielo y el clima
Quizás la parte más preocupante y fascinante es que este relieve antiguo no es un escenario neutral. La topografía del lecho rocoso es la que decide por dónde se desliza el hielo hacia el mar. Las depresiones actúan como corredores naturales o reservorios de agua de deshielo, y los bordes de las cuencas son los puntos donde el hielo podría perder su anclaje y acelerar su marcha.
En la Antártida Occidental, por ejemplo, se han descubierto sistemas de aguas subterráneas activas en sedimentos profundos. Estos sistemas, que lubrican la base de los glaciares, pueden hacer que el hielo avance mucho más rápido. Si las plataformas marinas retroceden debido al calor, el agua oceánica podría invadir estas cuencas sedimentarias, provocando un efecto dominó que elevaría el nivel del mar a escala global.
Por tanto, integrar esta nueva arquitectura cortical en los modelos glaciológicos es fundamental. La Antártida Oriental se consideraba la zona más estable, pero saber que tiene un suelo profundamente irregular obliga a revisar las predicciones sobre su vulnerabilidad. La geometría del pasado profundo es, en realidad, la hoja de ruta que el hielo debe seguir para llegar al océano.
Este descubrimiento transforma nuestra visión del continente blanco, revelando que bajo la superficie uniforme existe un mundo de valles, montañas y redes hídricas que narran la historia de la Tierra. La combinación de geofísica avanzada y modelos de rebote postglacial nos permite entender que la estabilidad de la capa de hielo depende críticamente de estas cicatrices tectónicas, convirtiendo la geología antigua en la clave para predecir el futuro climático de nuestro planeta.
