Efectos del multitasking en el cerebro: lo que dice la ciencia

Última actualización: 31 de enero de 2026
  • La multitarea no es trabajo en paralelo, sino cambios continuos de foco que reducen la atención, aumentan errores y fatigan el cerebro.
  • La práctica habitual de multitasking se asocia a mayor estrés, peor memoria, cambios en estructuras cerebrales y menor bienestar emocional.
  • En entornos críticos como sanidad o control aéreo, la multitarea eleva el riesgo de fallos graves, por lo que se requieren pausas y protocolos específicos.
  • Proteger la atención mediante monotarea, bloques de trabajo, pausas reales y mindfulness mejora el rendimiento y la salud mental.

efectos del multitasking en el cerebro

En los últimos años hemos pasado de presumir de ser «personas multitarea» a preguntarnos si efectos del multitasking en el cerebro. Correos, WhatsApp, reuniones en Zoom, redes sociales y documentos abiertos al mismo tiempo crean la sensación de que avanzamos mucho, pero cada vez más estudios apuntan a lo contrario.

Hoy sabemos que el famoso multitasking no es una superhabilidad, sino más bien una trampa cognitiva que reduce el rendimiento, aumenta el estrés y desgasta nuestro sistema nervioso. La neurociencia, la psicología y la experiencia en empresas coinciden: el cerebro humano no está diseñado para atender a varios focos exigentes a la vez, por muy acostumbrados que estemos a intentarlo.

Qué es realmente el multitasking y qué hace el cerebro cuando lo intentamos

Cuando decimos que estamos haciendo multitarea solemos imaginar que nuestro cerebro procesa varios trabajos complejos en paralelo: responder correos mientras seguimos una reunión, revisar un informe con el móvil al lado sonando, o preparar una presentación mientras contestamos mensajes del equipo.

Sin embargo, lo que ocurre por dentro es muy distinto: el cerebro no ejecuta varias tareas cognitivas exigentes a la vez, sino que realiza un cambio rápido y constante de foco atencional, conocido como “task switching”. Es decir, apagamos y encendemos grupos de neuronas dedicados a tareas distintas en cuestión de segundos.

Cada vez que saltamos de un correo a un Excel, de una videollamada a una notificación de WhatsApp o de un informe a una pestaña de redes sociales, el sistema nervioso tiene que reconfigurar redes cerebrales, activar unas funciones y silenciar otras. Este reajuste no es gratuito: consume glucosa, energía mental y tiempo, aunque nos dé la sensación de inmediatez.

Los expertos describen además un fenómeno llamado “residuo atencional”: una parte de nuestra mente se queda enganchada a la tarea anterior mientras intentamos concentrarnos en la nueva. Ese pequeño “eco mental” resta claridad, ralentiza el pensamiento y aumenta los fallos.

Varios trabajos científicos han mostrado que, tras una interrupción, podemos tardar hasta más de 20 minutos en recuperar por completo el nivel de foco profundo que teníamos antes. Es decir, cada salto nos roba mucho más que unos pocos segundos de mirada al móvil.

Uno de los experimentos más citados encontró que realizar varias actividades a la vez (por ejemplo, gestionar correos y llamadas de manera simultánea) podía provocar una caída de alrededor de 10 puntos en el coeficiente intelectual, un efecto comparable a pasar una noche sin dormir y, sorprendentemente, superior al provocado por el consumo de marihuana en ese mismo estudio.

Costes cognitivos: menos atención, más errores y fatiga mental

impacto cognitivo del multitasking

Los metaanálisis sobre el tema son bastante claros: la multitarea está asociada a más errores, peor calidad de trabajo y mayor desgaste mental. Un análisis de 26 estudios mostró un vínculo consistente entre realizar varias tareas simultáneas y un aumento de la activación del sistema nervioso simpático (el del estrés) junto con una menor activación del sistema parasimpático (el que calma y recupera).

En experimentos realizados en la Universidad de California en Irvine se observó que, cuando la gente se ve obligada a cambiar de tarea constantemente, a veces intenta compensar trabajando más deprisa. Pero ese supuesto sprint cognitivo viene acompañado de más ansiedad, más tensión muscular y un empeoramiento claro en la precisión.

Estudios clásicos de la American Psychological Association ya cifraban que el coste de pasar de una actividad a otra de manera repetida puede suponer pérdidas de hasta un 40 % del tiempo productivo. Es decir, terminar varias tareas a la vez suele llevar bastante más que hacerlas una detrás de otra con foco continuado.

Un artículo de la Sociedad de Desarrollo Emocional calculó que ese continuo salto de una tarea a otra implica una caída aproximada del 15 % en la eficiencia cognitiva global. No solo trabajamos más lento, sino que necesitamos más esfuerzo para llegar al mismo resultado.

Investigaciones en la Universidad de Stanford mostraron que las personas que se autodefinen como “muy buenas” en multitarea son, en realidad, las que peores resultados obtienen al filtrar información irrelevante, organizar datos y cambiar de tarea de forma ordenada. Es decir, la práctica constante de la multitarea no nos entrena; nos vuelve más dispersos.

Otros trabajos han puesto números al problema: al trabajar en distintos frentes al mismo tiempo, la productividad puede descender hasta en un 40 %, aumentan los errores por descuidos y disminuye significativamente la capacidad de retención. Al cerebro le cuesta más aprender, recordar y conectar ideas cuando la atención está fragmentada.

Cambios en el cerebro: atención, memoria y estructuras afectadas

cambios cerebrales por multitasking

Las investigaciones de neurociencia cognitiva van un paso más allá y muestran que la multitarea frecuente no solo afecta al rendimiento inmediato, sino también al funcionamiento y la estructura del cerebro. Trabajos como los de Anthony D. Wagner y Eyal Ophir, en Stanford, han puesto el foco en cómo la alternancia constante de tareas altera redes clave.

Una de las funciones más golpeadas es el control atencional, esa capacidad ejecutiva que permite decidir a qué prestamos atención, durante cuánto tiempo y cómo cambiamos de foco de manera flexible. Al acostumbrar al cerebro a saltar de estímulo en estímulo, este sistema se va volviendo más vulnerable a cualquier distracción.

La memoria de trabajo, que sostiene y manipula información durante unos segundos o minutos (por ejemplo, los pasos de un razonamiento, una lista mental o los puntos clave de una reunión), también sale perdiendo. Al intentar repartirla entre varias tareas, procesamos todo más por encima, profundizamos menos y retenemos peor lo importante.

Se ha observado además que la multitarea reiterada puede alterar la percepción subjetiva del tiempo. Quienes viven todo el día cambiando de ventana y de dispositivo suelen sentir que “nunca les llega el tiempo”, lo que refuerza la urgencia, la desorganización interna y, con ello, la ansiedad.

Algunos estudios de neuroimagen señalan cambios en regiones como la corteza cingulada anterior, fundamental para dirigir la atención y gestionar conflictos entre estímulos. En personas que practican mucha multitarea mediática (por ejemplo, usar varias pantallas a la vez de forma habitual), esta área puede aparecer reducida, lo que se relaciona con mayores dificultades de concentración.

Investigaciones citadas por neurocientíficos como Richard Cytowic y Clifford Nass apuntan a que el uso simultáneo de dispositivos digitales
erosiona la capacidad de ignorar estímulos irrelevantes y de mantener una línea de pensamiento sin interrupciones. No es casual que muchas personas se sientan cada vez más “como Dory en Buscando a Nemo”, saltando de una cosa a otra sin terminar nada.

En el caso de los niños y niñas pequeños, los datos son especialmente preocupantes: la exposición temprana a multitarea digital y múltiples pantallas se ha vinculado a problemas posteriores en el rendimiento escolar, más dificultades de comportamiento y un desarrollo menos óptimo de las capacidades atencionales.

Impacto emocional: estrés, ansiedad y agotamiento mental

estres y multitasking

La multitarea no solo perjudica la precisión y la memoria; también pasa factura al estado de ánimo y a la salud mental. Diversos estudios han encontrado que quienes trabajan en entornos de interrupción constante reportan más estrés, mayor irritabilidad y fatiga mental sostenida.

Investigaciones publicadas en revistas como Journal of Experimental Psychology muestran que, tras periodos relativamente cortos de trabajo interrumpido (por ejemplo, 20 minutos cambiando de tarea por avisos y notificaciones), las personas describen más frustración, sensación de sobrecarga, presión y esfuerzo subjetivo. No solo sienten que hacen más, sino que les cuesta mucho más hacerlo.

El patrón que se observa es el de una respuesta de estrés agudo repetido: cada nueva tarea, cada mensaje entrante o cada cambio de prioridad dispara un pequeño pico de activación fisiológica. Cuando esto se convierte en la norma diaria, el organismo puede acabar con niveles de cortisol crónicamente elevados.

Ese estado se asocia a problemas de sueño, cambios de humor, mayor agresividad, dificultad para relajarse y un aumento del riesgo de trastornos de ansiedad o síntomas depresivos. No hace falta que haya un estresor concreto evidente (un peligro físico, un conflicto claro); la propia suma de minitensiones ligadas a cada tarea pendiente ya actúa como un cóctel estresante.

Además, al saltar continuamente de una actividad a otra sin cerrarlas del todo, se reduce el sentido de logro. Terminamos el día con muchas cosas “a medias” y pocas verdaderamente terminadas, lo que mina la motivación, la autoestima profesional y esa sensación tan necesaria de “hoy sí he avanzado en algo importante”.

Desde la clínica psicológica se observa también un patrón típico en personas muy multitarea: dificultad para desconectar incluso fuera del trabajo. Les cuesta leer un libro sin mirar el móvil, ver una película sin otro dispositivo en la mano o conversar sin revisar notificaciones. La mente se acostumbra a la hiperestimulación y le resulta incómodo el silencio atencional.

Consecuencias sociales y en la cultura de trabajo

El impacto de la multitarea va más allá del individuo: afecta a las relaciones personales, al clima de los equipos y a la cultura de las organizaciones. En reuniones donde todo el mundo revisa el correo o el móvil, la escucha activa desaparece, disminuye la empatía y aumentan los malentendidos.

En el plano laboral, diversos estudios señalan que trabajar a base de multitarea y urgencia constante empeora la toma de decisiones. El pensamiento profundo, el análisis crítico y la creatividad necesitan tiempo continuo de concentración, algo incompatible con comprobar la bandeja de entrada cada pocos minutos.

Las organizaciones que glorifican estar “siempre conectados” terminan construyendo culturas basadas en la reactividad y la presión, en las que se valora más contestar rápido que pensar mejor. A medio plazo, eso se traduce en menos innovación, más errores estratégicos y un desgaste notable en la salud mental de los equipos.

Datos como los del Índice de Tendencias Laborales de Microsoft WorkLab 2023, que indican que alrededor de dos tercios de las personas a nivel global sienten que no tienen tiempo ni energía suficientes para hacer bien su trabajo por la sobrecarga digital, pintan un panorama claro: la forma de organizar las tareas y las interrupciones tiene mucho que ver con esa sensación de agotamiento.

En algunos artículos se habla incluso de “epidemia de rabia en las oficinas”: niveles crónicos de estrés, cambios de humor, comportamientos impulsivos entre compañeros y una irritabilidad latente que sale a la mínima. No es solo un problema de carácter; es, en buena medida, una consecuencia de exigirle al cerebro algo para lo que no está preparado.

Paradójicamente, muchas empresas se preocupan más por que sus profesionales “parezcan” tranquilos que por generar entornos que realmente protejan la atención y reduzcan las interrupciones. Se toleran agendas imposibles, chats abiertos a todas horas y reuniones constantes, mientras se espera un rendimiento impecable.

Casos críticos: cuando la multitarea pone en riesgo la seguridad

En algunos contextos, el coste de la multitarea va mucho más allá de la productividad: puede poner vidas en peligro. Un ejemplo clásico es el control del tráfico aéreo, considerado uno de los trabajos más estresantes del mundo.

Quienes ejercen esta profesión deben supervisar el movimiento de varias aeronaves y tomar decisiones en cuestión de segundos para mantener distancias de seguridad y rutas adecuadas. No están “haciendo muchas cosas a la vez”, sino cambiando su atención rápidamente de un avión a otro, lo que genera un enorme desgaste mental.

No es casual que este tipo de puestos incluyan pausas obligatorias frecuentes, como descansos de media hora cada dos horas de trabajo, para restaurar los niveles de atención. El objetivo es evitar que la fatiga cognitica conduzca a errores catastróficos.

En el ámbito sanitario se han descrito casos igual de ilustrativos: por ejemplo, el de una residente que, tras atender un mensaje de texto trivial, omitió ajustar la dosis de un medicamento intravenoso en una paciente pediátrica, provocando una insuficiencia renal evitable. La interrupción digital rompió la secuencia mental en un momento crítico.

La implantación de historias clínicas electrónicas, aunque imprescindible, también ha incrementado la exposición al multitasking: muchos médicos deben alternar entre hablar con el paciente, registrar datos en el ordenador, revisar resultados y atender avisos del sistema. Esa fragmentación reduce el tiempo de mirada compartida, dificulta la detección de señales no verbales y aumenta la posibilidad de errores.

Cuando el empleo exige precisión constante, la multitarea deja de ser un problema de productividad para convertirse en un riesgo de seguridad. Y, aun así, no siempre se diseñan protocolos, pausas y entornos de trabajo que tengan en cuenta el funcionamiento real del cerebro.

Por qué nos engancha la multitarea: cultura de la prisa y falsa sensación de eficacia

Si la evidencia es tan contundente, ¿por qué nos cuesta tanto dejar de hacer varias cosas a la vez? Una de las razones es que la multitarea encaja a la perfección con la cultura de la prisa y del rendimiento inmediato en la que vivimos.

En muchos entornos, el valor de una persona parece medirse por la cantidad de asuntos que maneja simultáneamente y la velocidad con la que responde, no por la profundidad, la claridad o el impacto real de lo que hace. Y la multitarea alimenta precisamente esa imagen de “estar a todo”.

Además, la multitarea genera una fuerte ilusión de progreso. Completar pequeñas acciones en varias tareas (contestar un mensaje aquí, avanzar una diapositiva allá, abrir un documento nuevo) produce microdescargas de satisfacción que pueden resultar adictivas, aunque el proyecto de fondo apenas avance.

También tendemos a sobrevalorar nuestra capacidad: los estudios muestran que las personas que más multitarea hacen son, curiosamente, las que peor la realizan, pero están convencidas de lo contrario. Es una de las pocas áreas en las que la práctica no mejora el rendimiento, sino que lo deteriora con el tiempo.

La experiencia reciente de trabajar desde casa durante confinamientos ha añadido otro ingrediente: muchas personas se vieron obligadas a combinar trabajo intelectual exigente con tareas domésticas y cuidado de familiares en el mismo espacio y tiempo. Esa mezcla forzada de roles, unida a la incertidumbre y al cambio constante de prioridades, detonó niveles de ansiedad muy elevados.

Para mucha gente es incluso más estresante no revisar el correo o no atender una llamada al instante que soportar las interrupciones continuas. Es decir, el propio cuerpo ha aprendido a asociar control con estar permanentemente disponible, aunque eso vaya en contra del foco y la salud mental.

¿Hay algún tipo de multitarea “sana” o aceptable?

A pesar de todo lo anterior, no se trata de demonizar cualquier combinación de actividades. Existen situaciones en las que realizar más de una cosa a la vez puede ser razonable, siempre que se cumplan ciertas condiciones.

La clave está en que al menos una de las tareas sea muy automática o de baja exigencia cognitiva. Por ejemplo, escuchar un pódcast suave mientras se hace una tarea rutinaria como doblar ropa, descargar el lavavajillas o caminar, suele ser asumible para el cerebro sin un coste excesivo.

También puede ser útil usar pequeños “premios” multitarea para aumentar la motivación, como ver una serie ligera mientras se hace bicicleta estática o se realizan ejercicios sencillos. En esos casos, el objetivo principal es sostener la adherencia al hábito, no obtener un rendimiento intelectual máximo.

Otro factor importante es si las actividades que combinamos son elegidas voluntariamente o impuestas desde fuera. La investigación sugiere que, cuando somos nosotros quienes decidimos cómo gestionar nuestra atención, es menos probable que suframos con tanta intensidad los efectos negativos del cambio de tarea.

En cualquier caso, cuando hablamos de trabajo intelectual serio —escribir, estudiar, diseñar, programar, tomar decisiones complejas— la monotarea sigue siendo la apuesta más eficaz y protectora para el cerebro. Ahí es donde más se nota la diferencia entre hacer una sola cosa con calma o intentar abarcarlo todo a la vez.

Estrategias prácticas para reducir la multitarea y proteger el cerebro

Distintos programas de intervención en empresas, como los desarrollados por equipos especializados en neurociencia aplicada al trabajo, se centran en reentrenar los hábitos atencionales de las personas y de los equipos. A partir de esa experiencia y de la literatura científica, hay varias líneas claras de actuación.

1. Diseñar espacios y tiempos de concentración profunda
Apagar notificaciones, cerrar pestañas innecesarias, ocultar el móvil (solo verlo sobre la mesa ya reduce la capacidad cognitiva), poner el correo en modo manual y reservar bloques concretos de tiempo para trabajo sin interrupciones son medidas sencillas pero muy potentes.

2. Trabajar por bloques o “batching”
Reunir tareas similares (responder correos, llamadas, gestiones administrativas) en franjas específicas del día reduce el coste del cambio de contexto. Pasar de un tipo de tarea a otra exige mucha más reconfiguración mental que encadenar tareas parecidas.

3. Usar técnicas de ritmo como el método Pomodoro
Herramientas como el Pomodoro (intervalos de unos 20-25 minutos de foco en una sola tarea, seguidos de pequeños descansos) ayudan a entrenar la atención sostenida. Empezar con bloques cortos reduce la resistencia inicial y permite recuperar poco a poco el músculo de la concentración.

4. Ajustar plazos para frenar la dispersión
Para algunas personas funciona bien establecer fechas límite más cortas y realistas. Cuando el tiempo es un poco más ajustado, disminuye el impulso de mirar el móvil, abrir nuevas tareas o atender cosas secundarias, y aumenta la probabilidad de terminar lo que se está haciendo.

5. Introducir pausas de recuperación real
No todos los descansos son iguales: pasar del Excel a Instagram no es desconectar, es cambiar de pantalla. Pausas sin dispositivos, con respiración consciente, estiramientos ligeros o pequeños paseos permiten bajar la activación del sistema nervioso y volver al trabajo con más claridad.

6. Entrenar mindfulness y presencia plena
La práctica del mindfulness lleva décadas mostrando que mejora la atención, reduce el estrés y favorece el bienestar emocional. Incorporar minutos diarios de atención a la respiración, al cuerpo o a una sola tarea entrena al cerebro a estar en el presente sin huir a otra cosa a la mínima.

7. Revisar creencias y exigencias internas
En muchos casos, la multitarea se sostiene sobre ideas como “si no hago mil cosas no valgo”, “tengo que llegar a todo” o “descansar es perder el tiempo”. Trabajar estas creencias mediante terapia psicológica o procesos de autoconocimiento es clave para poder soltar el piloto automático de la hiperexigencia.

Recuperar la monotarea: un enfoque más humano y productivo

En un mundo lleno de pantallas y notificaciones, apostar por la monotarea y por la atención plena puede sonar a contracorriente, casi anticuado. Sin embargo, los datos apuntan en la misma dirección: proteger la atención es una de las mejores inversiones que podemos hacer por nuestra salud mental y por nuestra eficacia real.

Cuando aprendemos a organizar el día en bloques, a decir que no a interrupciones innecesarias, a cuidar nuestro descanso y a estar presentes en una sola cosa cada vez, el cerebro deja de funcionar al límite y empieza a recuperar su capacidad natural de concentración, memoria y creatividad. Nos cansamos menos, nos equivocamos menos y disfrutamos más de lo que hacemos, tanto en el trabajo como fuera de él.

Frente a la promesa engañosa del multitasking —hacer más en menos tiempo—, la evidencia muestra que el verdadero camino pasa por reducir la fricción, simplificar, priorizar y respetar los ritmos de un órgano tan sofisticado como frágil: nuestro cerebro rinde mejor cuando le dejamos hacer una cosa bien, en lugar de obligarle a fingir que puede con todo a la vez.

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