El secreto del protón: estructura, tamaño y misterios cuánticos

Última actualización: 1 de mayo de 2026
  • El protón surge de un paisaje de 56 combinaciones de quarks, de las que solo una parte da lugar a bariones reales y estables.
  • Su estabilidad excepcional y su compleja estructura interna se explican mediante la cromodinámica cuántica y las simetrías de sabor.
  • El tamaño del protón y su papel en el transporte de protones revelan discrepancias experimentales y procesos clave en biología y energía.
  • Técnicas avanzadas, desde superordenadores a aprendizaje automático, afinan las propiedades del protón y exploran posibles nuevas físicas.

ilustracion sobre el proton

El protón parece un bloque básico y sencillo de la materia, pero cuando rascamos un poco la superficie descubrimos que esconde un puñado de misterios que aún traen de cabeza a la física moderna. Desde cuántas combinaciones de quarks podrían formar bariones, hasta por qué el protón es tan estable o qué tamaño tiene exactamente, cada detalle se convierte en una pequeña aventura intelectual.

Detrás de este “ladrillo” subatómico hay una historia donde se cruzan teoría de quarks, cromodinámica cuántica, aprendizaje automático, superordenadores, experimentos de altísima precisión y, cómo no, las típicas discrepancias numéricas que apuntan a que quizá haya algo de física que todavía no entendemos del todo. Vamos a meternos de lleno en ese “secreto del protón” hilando varias piezas que, a primera vista, parecen desconectadas.

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Del catálogo matemático a las partículas reales: las 56 combinaciones de quarks

Si nos guiamos solo por las mates, el mundo de los bariones sería casi un buffet libre. Tenemos seis sabores de quarks (up, down, strange, charm, bottom y top) y sabemos que un barión está compuesto por tres quarks. Si contamos cuántas combinaciones distintas pueden formarse sin importar el orden, el resultado es 56 posibles tríos.

El cálculo sale de las llamadas combinaciones con repetición: elegimos 3 quarks permitiendo repeticiones a partir de 6 sabores distintos, y consideramos que uud, udu y duu representan el mismo conjunto. Matemáticamente esto se expresa como C(6+3−1,3) = C(8,3) = 56. Otra forma intuitiva de verlo es separar los casos: tríos con los tres quarks iguales, con dos iguales y uno diferente, y con los tres distintos.

Si desgranamos esa clasificación se ve muy claro: hay 6 combinaciones donde los tres quarks son idénticos (uuu, ddd, sss, ccc, bbb, ttt); 30 combinaciones donde aparecen dos quarks del mismo tipo y uno distinto; y 20 combinaciones con tres sabores distintos, que se cuentan con C(6,3). Sumando: 6 + 30 + 20 = 56, que son todas las posibilidades permitidas por la pura combinatoria.

Pero este listado solo define el “espacio de juego” teórico, no nos dice nada aún sobre si esas combinaciones pueden corresponder a partículas reales, ni sobre su masa, ni sobre cuánto duran, ni si se pueden detectar en un experimento. Ahí es cuando entra la física a poner límites mucho más estrictos que las simples cuentas con lápiz y papel.

La realidad es que muchas de estas combinaciones sí se corresponden con bariones que hemos visto o al menos con estados razonables dentro del modelo de quarks: por ejemplo, uud forma el protón, udd el neutrón, combinaciones con strange dan lugar a las familias Λ, Σ, Ξ u Ω, y con charm o bottom aparecen bariones pesados que se producen fugazmente en colisionadores. Otras configuraciones se han observado solo parcialmente (como ciertos estados con dos quarks charm) y algunas están propuestas pero aún sin confirmar.

esquema de bariones y quarks

El caso extremo lo protagonizan las combinaciones que incluyen quarks top: el quark t es tan masivo y tan inestable que se desintegra antes de que la interacción fuerte tenga tiempo de “encerrarlo” en un hadrón. En la práctica, esas 21 combinaciones matemáticamente posibles que contienen al menos un top no llegan a cuajar como bariones aislados. No es que aún no las hayamos visto: es que, tal y como entendemos la física actual, sencillamente no pueden existir como bariones ordinarios.

Condiciones para un barión real: color, espín y energía

Para que una terna de quarks se convierta en un barión físico, no basta con que la combinación “quede bien” en una tabla. Tiene que superar una serie de filtros: la cromodinámica cuántica (QCD) debe permitir el estado, el resultado debe ser neutro en carga de color y la función de onda tiene que respetar las reglas de simetría y del espín de los quarks.

El llamado “color” de los quarks es una carga cuántica especial asociada a la interacción fuerte, completamente distinta del color visual. Se distinguen tres tipos (rojo, verde y azul por pura convención), y los bariones observables deben ser neutros en color. Eso se consigue combinando tres quarks de colores distintos de forma que el estado final sea “blanco”, es decir, sin carga de color neta. Si este requisito no se cumple, no obtenemos una partícula que pueda existir libremente.

Además, los quarks son fermiones con espín 1/2, así que la función de onda total (que incluye sabor, color, espín y parte espacial) tiene que cumplir ciertas condiciones de simetría. Algunas combinaciones de sabores y espines quedan descartadas porque violarían estas reglas cuánticas. La QCD, por muy potente que sea, no hace magia: hay configuraciones que simplemente no encajan en su marco.

Luego entra en juego el balance energético. Toda partícula compuesta tiene la tentación de reorganizarse en productos más ligeros si existe algún canal de desintegración permitido por las leyes de conservación (carga eléctrica, número bariónico, momento angular, etc.). Muchos bariones exóticos o pesados que sí se forman en colisiones de alta energía viven tiempos ínfimos: la interacción fuerte, la electromagnética o la débil los hacen caer casi al instante hacia estados más estables.

En este contexto, la estabilidad se vuelve más una cuestión de “no tener por dónde caer” que de ser intrínsecamente indestructible. La clave está en si hay o no canales de desintegración accesibles energéticamente y compatibles con todas las simetrías. Y aquí es donde el protón se corona como rey de la estabilidad bariónica.

El protón como campeón de estabilidad cósmica

estructura interna del proton

El protón, con composición uud, es el barión cargado más ligero que conocemos. Esa posición tan baja en la escala de masas tiene una consecuencia monumental: no puede desintegrarse en nada más ligero sin violar, tal y como entendemos hoy la física, la conservación de la carga eléctrica y del número bariónico a la vez.

Mientras el modelo estándar siga siendo válido sin nuevas interacciones exóticas que rompan estas leyes de conservación, el protón se queda sin “salida de emergencia” hacia estados más estables. No puede transformarse en un conjunto de partículas con menor energía total respetando todas las reglas, así que, a efectos prácticos, es estable a escalas de tiempo que superan con creces la edad del Universo.

El neutrón, que está formado por udd, ofrece un contrapunto interesante. Es solo un poco más pesado que el protón, lo suficiente para que, cuando está libre, pueda desintegrarse en un protón, un electrón y un antineutrino electrónico mediante interacción débil. Sin embargo, dentro de muchos núcleos atómicos, esta desintegración deja de ser energéticamente favorable y el neutrón pasa a ser estable dentro de ese entorno. La estabilidad, de nuevo, depende del contexto.

Así que el “secreto” del protagonismo cósmico del protón no es que sea una partícula simple, sino que las reglas del juego de la física de partículas lo han colocado en el mejor asiento posible del teatro de los bariones. Es el ladrillo estable que forma la base de los núcleos atómicos y, con ellos, de toda la materia ordinaria que vemos alrededor.

Cómo se organiza el zoológico de bariones: el octeto y las simetrías de sabor

Las combinaciones de quarks que la naturaleza permite no aparecen como una lista caótica. Se agrupan en patrones muy estructurados, gobernados por simetrías matemáticas profundas relacionadas con los sabores de los quarks ligeros (up, down, strange).

Uno de los ejemplos más famosos es el llamado “octeto de bariones”, un conjunto de ocho bariones formados por quarks ligeros donde encontramos al protón, al neutrón y a varios bariones con quark strange, como Λ, Σ y Ξ. Estos no se descubrieron al azar: encajan en una representación muy concreta de la simetría de sabor SU(3).

Este tipo de esquemas no solo organizan lo conocido, también permiten predecir lo que falta. El caso clásico es el barión Ω con tres quarks strange (sss): se anticipó teóricamente como pieza que completaba la figura y después fue detectado experimentalmente, confirmando de golpe tanto el modelo de quarks como la potencia de estas simetrías.

La moraleja es que la naturaleza no se limita a aceptar o rechazar combinaciones sueltas, sino que selecciona y ordena las que “sobreviven” en familias coherentes. Esto reduce enormemente el caos aparente del mundo hadrónico y nos da una brújula para buscar nuevos estados aún no observados pero bien motivados por la teoría.

El papel de la masa de los quarks: de la materia ordinaria a los exóticos fugaces

La masa de cada sabor de quark condiciona qué bariones son habituales y cuáles solo aparecen como chispazos en los experimentos. Los quarks up y down son los más ligeros, por eso dominan en la materia corriente: con ellos construimos protones y neutrones, y a partir de ahí, los núcleos de todos los elementos químicos.

El quark strange añade un pequeño sobrecoste energético, pero sigue permitiendo formar bariones razonablemente accesibles, como las partículas Λ, Σ, Ξ u Ω. Estos bariones extraños se observan de forma relativamente rutinaria en colisionadores y en fenómenos de rayos cósmicos, aunque su vida media es menor que la de los nucleones ordinarios.

Cuando pasamos a charm y bottom la cosa se pone más extrema: sus bariones son bastante más pesados y se producen con menor frecuencia, normalmente en colisiones de muy alta energía. Muchos de ellos se han observado solo recientemente, otros están propuestos y encajan bien en los esquemas de la QCD, pero aún faltan datos para confirmarlos de forma rotunda.

Volviendo al quark top, su masa descomunal y su vida media ultra corta hacen que ni siquiera llegue a hadronizar. Según las estimaciones recopiladas por el Particle Data Group, el top decae mediante interacción débil antes de que la interacción fuerte pueda “atarlo” con otros quarks en un barión. Esto pone una frontera muy limpia entre estados simplemente difíciles de detectar y estados que son, de facto, inviables.

En este panorama, las casillas vacías de las tablas de bariones hay que interpretarlas con cuidado. Algunas corresponden a estados que la teoría permite y que podrían aparecer con mejores colisionadores y detectores; otras, como las que involucran top, están vetadas desde el principio por los tiempos de vida y la dinámica de la interacción fuerte.

El interior del protón: un mar hirviente de quarks, gluones y algo más

Aunque se suele enseñar el protón como un trío ordenado de quarks valencia (uud), la realidad interna es mucho más movida. Dentro del protón hay un mar cuántico de pares quark-antiquark que se crean y aniquilan constantemente, además de un enjambre de gluones que median la interacción fuerte y contribuyen significativamente a propiedades como el espín y la masa efectiva.

A este cuadro ya de por sí complejo hay que añadirle la presencia de fotones. El protón, al estar cargado eléctricamente, interactúa también mediante la fuerza electromagnética, y eso implica que su función de onda incluye componentes con fotones. Muchos cálculos teóricos simplificados no incorporan este detalle de forma completa, pero en análisis de alta precisión puede marcar diferencias medibles.

La estructura del protón se describe, desde el punto de vista teórico, con la QCD, la teoría que rige la interacción fuerte. El problema es que, a bajas energías (el régimen donde vive el protón), la QCD se vuelve extremadamente complicada: los métodos perturbativos dejan de funcionar bien y hay que recurrir a aproximaciones numéricas intensivas (como la QCD en redes) y a modelos fenomenológicos.

Para entender cómo se reparten momento y espín entre quarks y gluones, se utilizan unas funciones llamadas distribuciones de partones. Son, a grandes rasgos, la “foto estadística” de cómo están organizados los constituyentes internos del protón en términos de fracción de momento. Determinarlas con precisión requiere comparar predicciones teóricas con un volumen enorme de datos experimentales.

Aprendizaje automático para descifrar la estructura del protón

En los últimos años, el análisis del interior del protón ha dado un salto gracias al aprendizaje automático. Un ejemplo destacado es el proyecto NNNPDF, financiado con fondos europeos, que se ha centrado en extraer la estructura interna del protón usando redes neuronales y técnicas de inferencia estadística avanzadas.

La idea de fondo es que la estructura del protón está codificada en los datos de colisionadores como el LHC del CERN, pero no se puede derivar directamente desde primeros principios. Es un poco como tratar de aprender un idioma nuevo sin que nadie te explique la gramática: solo observando frases y deduciendo, poco a poco, las reglas subyacentes. Las redes neuronales resultan ideales para este tipo de problema.

El equipo de NNNPDF se enfrentó a dos retos técnicos principales: generar un número enorme de predicciones que pudieran tratarse estadísticamente, y explorar de forma imparcial el espacio de modelos posibles para evitar que los prejuicios de los investigadores se colaran en los resultados. Para ello usaron redes neuronales profundas como modelos de inferencia, métodos de Montecarlo para capturar la naturaleza probabilística de los datos y técnicas como la optimización de hiperparámetros y la validación cruzada K-fold.

Además, se apoyaron en hardware acelerado y en una adecuada gestión del cómputo en malla para manejar volúmenes de datos enormes y acortar tiempos de procesamiento. El objetivo no era solo ajustar bien los datos, sino hacerlo con un control exquisito de las incertidumbres, algo crítico en física de altas energías, donde las “señales” de nueva física suelen esconderse entre pequeñas desviaciones estadísticas.

Uno de sus resultados más llamativos ha sido encontrar indicios sólidos de que los quarks charm forman parte de la función de onda del protón como componente intrínseca, no solo generados de manera puramente perturbativa en procesos de alta energía. Este hallazgo, publicado en la revista Nature, es probablemente uno de los primeros avances importantes en física de partículas impulsados de forma directa por el aprendizaje automático.

El tamaño del protón y el famoso “proton radius puzzle”

Otro de los grandes enigmas asociados al protón es tan aparentemente inocente como su tamaño. Parecería una simple cuestión de ponerle un número al radio y ya está, pero la realidad es que medir el radio de carga del protón ha generado una discrepancia persistente entre distintos tipos de experimentos.

Lo que se mide en la práctica no es un “radio duro” como el de una esfera macroscópica, sino el radio de carga: el tamaño efectivo de la región donde se distribuye su carga eléctrica. Ese radio se obtiene combinando datos de espectroscopía de átomos de hidrógeno (transiciones energéticas muy precisas) y experimentos de dispersión de electrones sobre protones.

El grupo de constantes fundamentales del CODATA recopiló durante años un valor de referencia de unos 0,8775 femtómetros para el radio de carga del protón, basado sobre todo en medidas con hidrógeno electrónico (un protón más un electrón orbitando). Todo parecía razonablemente bien atado hasta que llegaron los experimentos con hidrógeno muónico.

En el hidrógeno muónico, el electrón se sustituye por un muón, una partícula con la misma carga pero unas 207 veces más masiva. Al ser más pesado, el muón orbita mucho más cerca del protón, pasando mucho más tiempo “dentro” de la distribución de carga. Eso hace que efectos sutiles como el desplazamiento de Lamb (la diferencia de energía entre ciertos niveles s y p) se amplifiquen y sean más fáciles de medir con gran precisión.

Las medidas de espectroscopía láser en hidrógeno muónico dieron un valor de radio alrededor de 0,841 femtómetros, sensiblemente menor y con incertidumbre muy pequeña. La diferencia con el valor tradicional supera varias veces el margen de error combinado, hasta el punto de que en compilaciones como el Particle Physics Booklet se señala explícitamente que los valores obtenidos con electrones y con muones son demasiado dispares como para promediarse sin más.

Desde que saltó esta discrepancia, conocida como proton radius puzzle, se han barajado varias posibles explicaciones. Primero se sospechó de errores sistemáticos en los experimentos; después se exploró la idea de que quizá la constante de Rydberg estuviera ligeramente mal determinada; también se ha revisado a conciencia la electrodinámica cuántica (QED) implicada en los cálculos teóricos. Incluso se han propuesto nuevas interacciones que afecten de manera distinta a electrones y a muones, lo que implicaría ir más allá del modelo estándar.

Para ir cerrando el cerco se han realizado experimentos adicionales, como espectroscopía de deuterio muónico (un protón y un neutrón más un muón orbitando) o nuevos estudios de dispersión electrónica de mayor precisión. También están en marcha propuestas de dispersión elástica muón-protón, lo que permitirá comparar directamente lo que “ve” un muón al chocar contra el protón frente a lo que observa un electrón.

Al final del camino, los físicos esperan poder decantarse por un valor de radio consistente o descubrir que hace falta introducir correcciones importantes en constantes fundamentales o incluso en teorías tan asentadas como la QED. En el peor (o mejor, según se mire) de los casos, podría ser una puerta a nueva física que distinga entre electrones y muones de una forma que aún no hemos capturado.

Protones, cargas y vida: de la biología a las tecnologías energéticas

Más allá del núcleo atómico, el protón también es protagonista en la escala biológica y tecnológica, pero ahora en su faceta de carga positiva móvil. En sistemas vivos y en ciertos materiales, lo que nos interesa no es tanto el barión completo, sino el protón como portador de carga en reacciones químicas y procesos de transporte.

En el cuerpo humano, infinidad de procesos dependen de la circulación controlada de cargas: señales nerviosas, producción de energía en las mitocondrias, regulación del pH, funcionamiento de bombas iónicas en membranas celulares. El movimiento de protones a través de proteínas y membranas actúa como un sistema de control clave para mantener la vida tal y como la conocemos.

Los compuestos basados en ácido fosfórico, como el propio H3PO4 y sus derivados fosfato, están por todas partes en biología: forman parte del ADN y el ARN, aparecen en las membranas celulares y son el corazón del ATP, la molécula que almacena y transfiere energía en las células. Estos grupos fosfato son especialmente eficaces a la hora de canalizar protones.

En materiales que contienen fosfato, los protones no se desplazan como bolitas sueltas, sino que “saltan” de una molécula a otra aprovechando redes de enlaces de hidrógeno. Este mecanismo, conocido como transporte protónico, permite una conducción rápida y eficiente, y es tan llamativo que al ácido fosfórico se le ha llegado a describir como una especie de autopista natural de protones.

Para entender en detalle cómo se inicia esta transferencia de protones, un grupo de investigación del Instituto Fritz Haber y colaboradores internacionales se centró en una estructura concreta: un dímero de ácido fosfórico deprotonado, H3PO4·H2PO4−. Crearon esta especie molecular en el laboratorio, la enfriaron mediante nanogotas de helio hasta una temperatura de apenas 0,37 kelvin por encima del cero absoluto y la estudiaron empleando espectroscopia infrarroja de alta resolución.

Combinando estos datos con cálculos de química cuántica avanzados, encontraron un resultado que contradijo las expectativas teóricas previas: en lugar de dos configuraciones estructurales casi equivalentes, la molécula adopta esencialmente una única estructura estable, bastante rígida, con tres enlaces de hidrógeno organizados alrededor de un átomo de oxígeno compartido y barreras altas para el movimiento interno de los protones.

Ese patrón de enlaces se ha visto también en otros agregados de ácido fosfórico, lo que sugiere que podría tratarse de una característica recurrente en estas redes de transporte protónico. El estudio demuestra, además, que incluso modelos teóricos sofisticados pueden pasar por alto detalles relevantes si no se contrastan directamente con el experimento.

Comprender bien esta estructura y su dinámica ayuda a explicar por qué ciertos materiales fosfatados conducen tan bien los protones, y sirve de guía para diseñar nuevos compuestos para pilas de combustible y baterías avanzadas, al mismo tiempo que arroja luz sobre los mecanismos de transferencia de protones en sistemas biológicos complejos.

Propiedades básicas del protón y precisión extrema en los cálculos

Volviendo a la partícula en sí, el protón es una entidad subatómica con carga positiva localizada en el núcleo de los átomos. Su carga eléctrica es exactamente igual en magnitud y de signo opuesto a la del electrón, y su masa es del orden de 1,6726 × 10−27 kg, es decir, casi 2000 veces más pesada que la del electrón.

Como hadrón, el protón siente de lleno la interacción fuerte, que es la responsable de mantener unido el núcleo atómico. Al mismo tiempo, participa en la interacción electromagnética por su carga, y también en la débil, que permite procesos como la desintegración beta de neutrones. La gravitatoria, aunque siempre presente, es completamente despreciable a estas escalas.

Desde el punto de vista histórico, el protón fue identificado a principios del siglo XX. Tras los experimentos de dispersión de partículas alfa de Rutherford, se dedujo que la masa de los átomos se concentraba en un núcleo compacto. En 1918, Rutherford logró asociar a los núcleos de hidrógeno una partícula con carga positiva que se reconoció como componente fundamental de todos los núcleos: el protón.

Hoy en día, muchas propiedades del protón se miden con una precisión apabullante gracias a técnicas espectroscópicas, experimentos de dispersión y cálculos numéricos avanzados. Un ejemplo reciente es el cálculo del acoplamiento axial de protones y neutrones, una constante que entra de forma crucial en la descripción de interacciones débiles y en procesos astrofísicos.

Un equipo internacional ha utilizado algunos de los superordenadores más potentes del mundo para obtener una determinación sin precedentes de este acoplamiento axial, mediante simulaciones de QCD en redes y técnicas numéricas muy refinadas. Este tipo de cálculos conecta el comportamiento interno de quarks y gluones con magnitudes macroscópicas que medimos en laboratorios y observatorios, reforzando la coherencia del cuadro global que tenemos de la materia.

En conjunto, la historia del protón mezcla combinatoria de quarks, cromodinámica cuántica, enigmas metrológicos, aprendizaje automático, biología molecular y tecnologías energéticas. Lejos de ser un simple “ladrillo” estático, el protón es un pequeño universo cuántico en sí mismo, y entender sus detalles finos es una de las mejores formas de poner a prueba nuestras teorías sobre cómo funciona la naturaleza en su nivel más profundo.