- Se trató de la erupción más larga de la historia de la isla, con una actividad ininterrumpida de 85 días.
- La lava destruyó más de 1.300 viviendas y arrasó con 370 hectáreas de cultivos, principalmente plataneras.
- El fenómeno geológico creó dos nuevos deltas lávicos al alcanzar la costa, cubriendo más de 1.200 hectáreas.
La isla de La Palma vivió uno de los episodios más traumáticos de su historia reciente cuando, en pleno mediodía del 19 de septiembre, la tierra decidió abrirse paso en la zona de Cabezade Vaca. Lo que comenzó como un sismo terminó convirtiéndose en una erupción volcánica que mantuvo en vilo a todo el país durante casi tres meses, dejando una huella imborrable tanto en el relieve de la dorsal de Cumbre Vieja como en la vida de sus habitantes.
No fue un evento cualquiera; nos encontramos ante la erupción más prolongada de la que se tiene constancia en la isla, extendiéndose durante 85 días seguidos. Aunque los expertos del INVOLCAN inicialmente barajaron una duración más corta basándose en el historial volcánico de la zona, la naturaleza siguió su propio camino, convirtiendo este suceso en una de las actividades volcánicas más duraderas registradas en territorio español, aunque sin llegar a los niveles del Timanfaya en Lanzarote.
Datos técnicos y comportamiento de la lava

Desde el punto de vista científico, los expertos describieron el fenómeno como una erupción estromboliana de manual, aunque las cifras finales resultaron ser abrumadoras. La lava salió despedida con temperaturas que rondaban los 1.075 °C en sus primeras etapas, desplazándose a una velocidad media de unos 700 metros por hora. Este flujo incandescente no solo fue destructivo, sino que en ciertos puntos alcanzó profundidades de decenas de metros, sepultando todo a su paso.
El avance del magma hacia el oeste fue implacable, logrando cubrir una superficie total de 1.219 hectáreas. Uno de los hitos geográficos más relevantes fue la llegada de las coladas al océano apenas diez días después del inicio, lo que dio lugar a la creación de dos deltas lávicos: uno de mayor tamaño con 43,46 hectáreas en el sector sur y otro más pequeño de 5,05 hectáreas hacia el norte.
El impacto en el territorio y la población
La magnitud del desastre se refleja en el rastro de destrucción dejado por el volcán. Según los datos del Catastro, el manto de lava engulló 1.345 viviendas, aunque estimaciones satelitales de Copernicus sugieren que la cifra de edificaciones dañadas o destruidas podría ascender hasta las 2.988. El impacto humano fue masivo, obligando al desalojo de unas 7.000 personas a través de diez procesos de evacuación y seis confinamientos preventivos.
El sector agrario y las infraestructuras también sufrieron golpes durísimos. Se perdieron 370 hectáreas de cultivos, donde las plataneras fueron las más castigadas, aunque también desaparecieron viñedos y plantaciones de aguacates. En cuanto a la movilidad, el volcán borró del mapa 73,8 kilómetros de carreteras. El reparto del daño se concentró principalmente en Los Llanos de Aridane, que asumió el 75,65% de la afectación, seguido de El Paso con un 16,79% y Tazacorte con el 7,56% restante.
Despliegue científico y operativo
Para lidiar con esta crisis, se montó un dispositivo humano impresionante. Un ejército de 528 científicos acreditados y unos 1.000 efectivos de Emergencias trabajaron codo con codo. La tecnología fue una aliada clave, especialmente el uso de drones, realizando cerca de 2.800 vuelos de monitoreo para seguir la evolución del terreno en tiempo real, tal como destacó Miguel Ángel Morcuende, director del comité técnico del Pevolca.
La actividad volcánica no solo afectó al suelo, sino que el aire se llenó de cenizas y gases tóxicos, provocando la cancelación de 500 operaciones aéreas en el aeropuerto de la isla. A pesar de que el Gobierno de Canarias declaró oficialmente el fin de la erupción el 25 de diciembre, la tranquilidad no volvió del todo. Incluso tiempo después, cientos de propietarios en zonas como La Bombilla y Puerto Naos seguían sin poder regresar a sus casas debido a las emanaciones gaseosas.
La realidad actual de las zonas afectadas
Hoy en día, caminar por algunas de estas áreas es como recorrer un pueblo fantasma. Las imágenes de ventanas abiertas con cortinas movidas por el viento y plantas secas en los balcones son desgarradoras. El silencio solo se rompe por el sonido de las balizas medidoras de gases y el funcionamiento de las desaladoras instaladas para paliar la falta de agua. Mientras tanto, el malestar social persiste, con damnificados que denuncian que la gestión de la crisis ha dejado mucho que desear.
Este fenómeno natural transformó la geografía de La Palma, dejando tras de sí miles de edificaciones arrasadas y una herida abierta en el corazón de sus municipios. La combinación de una lava implacable y una duración récord convirtió el evento en un desafío logístico y humano sin precedentes, donde la ciencia fue vital para salvar vidas, pero no pudo evitar la pérdida total de vastas extensiones de tierra fértil e infraestructuras esenciales.