- Se trata de una neoplasia benigna caracterizada por una acumulación masiva de mitocondrias en el citoplasma celular.
- Aunque es más frecuente en el riñón, puede aparecer en la tiroides, glándulas salivales, suprarrenales e hipófisis.
- El principal desafío médico es diferenciarlo de carcinomas malignos mediante pruebas de inmunohistoquímica y citogenética.
Cuando hablamos de un oncocitoma, nos referimos a un tipo de neoplasia epitelial benigna que destaca por estar compuesta casi en su totalidad por células llamadas oncocitos. Lo que hace que estas células sean especiales es que sus citoplasmas están repletos de mitocondrias, una cantidad tan exagerada que, al mirarlas bajo el microscopio con la tinción de hematoxilina-eosina, se ven de un color rosa muy intenso. Aunque no se sabe con total certeza por qué ocurre esta proliferación de orgánulos, se cree que podría ser una respuesta compensatoria ante un fallo en la cadena respiratoria de la célula.

Desde el punto de vista etimológico, el nombre viene del griego ónkos (masa) y kýtos (célula), sumado al sufijo -oma, que indica tumor. Fue el patólogo Gruia Hamperl quien definió el oncocito en 1931, y poco después, en 1932, Herbert Jaffé aplicó el término al describir un tumor en la glándula parótida. Es fundamental entender que el oncocito no es una célula con un origen único, sino más bien el resultado de una transformación que puede afectar a diversos linajes, como las células de los túbulos renales o las foliculares de la tiroides.
Localizaciones más comunes y características

El lugar donde más frecuentemente aparece es el riñón, representando entre el 3% y el 10% de las masas sólidas renales. Estos tumores suelen nacer en las células intercaladas del túbulo colector y, a nivel macroscópico, presentan un color pardo o caoba, muy a menudo con una cicatriz central estrellada que es bastante típica, aunque no definitiva para el diagnóstico. La mayoría de las veces son asintomáticos y se descubren por pura casualidad al hacer una ecografía o un TAC por otro motivo.
En la glándula tiroides, el proceso es distinto y da lugar a las llamadas células de Hürthle (o de Askanazy). Aquí hay que tener mucho ojo, porque a diferencia de los renales, los tumores oncocíticos tiroideos pueden comportarse de forma maligna en algunos casos, por lo que la OMS los clasifica en una categoría propia desde 2022. También pueden aparecer en la glándula parótida, generalmente como nódulos de crecimiento lento, y en sitios mucho más raros como la hipófisis anterior o la corteza suprarrenal.
El reto del diagnóstico diferencial

El verdadero quebradero de cabeza para los médicos no es el tumor en sí, que suele ser indolente, sino confirmar que es benigno y no un carcinoma con rasgos oncocíticos. En el caso del riñón, distinguirlo de un carcinoma cromófobo es complicado porque sus imágenes pueden solaparse. Para salir de dudas, los patólogos recurren a la inmunohistoquímica (analizando marcadores como CK7 o CD117) o a estudios citogenéticos, ya que los oncocitomas suelen presentar pérdidas en el cromosoma Y o reordenamientos en 11q13.
Existe además una «zona gris» conocida como tumores oncocíticos híbridos, especialmente en el riñón, que mezclan rasgos de oncocitoma y carcinoma cromófobo. En la tiroides, la clave para saber si un adenoma de células de Hürthle es maligno es comprobar si hay invasión capsular o vascular, algo que solo se puede ver analizando la pieza quirúrgica completa después de la operación.
Aspectos clínicos y tratamiento

En cuanto a la presentación clínica, la mayoría de los pacientes no sienten nada, aunque algunos pueden presentar hematuria microscópica o dolor abdominal. El tamaño de estas masas puede variar enormemente, desde pequeños nódulos de 3 cm hasta tumores «gigantes» de 15 cm. Un dato curioso es que pueden ser solitarios, pero también existe la multifocalidad o bilateralidad, llegando en casos extremos a la oncocitomatosis renal.
- Tratamiento quirúrgico: Dependiendo del tamaño y la ubicación, se opta por una tumorectomía (nefrectomía parcial) o una nefrectomía radical.
- Técnicas de imagen: El TAC trifásico muestra una captación intensa de contraste en fase arterial, aunque el diagnóstico preoperatorio sigue siendo muy difícil.
- Biopsia: La punción aspiración con aguja fina (PAAF) es controvertida, pero puede ser útil en pacientes monorrenos para evitar una cirugía radical innecesaria.
Es importante mencionar que existen síndromes genéticos asociados, como el síndrome de Birt-Hogg-Dubé, donde los oncocitomas renales conviven con quistes pulmonares y lesiones cutáneas. Asimismo, se han documentado casos raros donde el oncocitoma aparece sobre una Enfermedad Quística Adquirida (EQA) en pacientes con insuficiencia renal crónica, coexistiendo a veces con microcarcinomas papilares.
Esta patología se define por la presencia de células cargadas de mitocondrias que forman masas generalmente benignas, siendo el riñón el órgano más afectado. Su detección suele ser incidental y su manejo requiere un análisis histopatológico riguroso para descartar malignidad, especialmente en la tiroides, asegurando así que el tratamiento sea proporcional al riesgo real del tumor.