Efectividad y Seguridad de los Fármacos Antiangiogénicos en Oftalmología y Oncología

Última actualización: 24 de septiembre de 2026
  • Los inhibidores del VEGF son fundamentales para frenar la neovascularización en enfermedades como la DMAE húmeda y diversos tumores sólidos.
  • Fármacos como el ranibizumab, bevacizumab y aflibercept muestran una eficacia similar en la mejora de la agudeza visual, aunque difieren en su perfil de seguridad.
  • El tratamiento puede provocar efectos adversos que van desde complicaciones oculares locales hasta toxicidades sistémicas y cutáneas graves.

Ilustración médica detallada de la angiogénesis, mostrando la formación de nuevos vasos sanguíneos ramificándose desde un vaso existente hacia el tejido circundante.

Cuando hablamos de la salud visual y el combate contra el cáncer, hay un proceso biológico que se ha vuelto el centro de todas las miradas: la angiogénesis. Básicamente, es la capacidad del cuerpo para crear nuevos vasos sanguíneos a partir de los ya existentes, algo que es vital para crecer, pero que se vuelve un problema serio cuando ocurre de forma descontrolada en la retina o en un tumor, alimentando la enfermedad en lugar de sanar el tejido.

Para poner freno a este caos, han surgido los fármacos antiangiogénicos, que actúan como un muro bloqueando el factor de crecimiento endotelial vascular (VEGF). Estos medicamentos han dado un giro de 180 grados al tratamiento de patologías que antes dejaban a la gente ciega o hacían que los tumores se propagaran sin remedio, aunque, como ocurre con cualquier terapia potente, tienen su letra pequeña en cuanto a efectos secundarios y precauciones que no podemos pasar por alto.

El combate contra la Degeneración Macular Asociada a la Edad (DMAE)

Primer plano detallado de un ojo humano resaltando los detalles del iris y las pestañas.

La DMAE es una enfermedad degenerativa que ataca la mácula, que es la zona central de la retina encargada de que podamos ver los detalles, como leer un libro o reconocer la cara de un amigo. En su versión húmeda o exudativa, se forman vasos sanguíneos anómalos que filtran líquido y sangre, provocando que la visión central desaparezca rápidamente. Aquí es donde entran los anti-VEGF, que se administran mediante inyecciones intravítreas para detener este proceso.

Entre los fármacos más usados encontramos el Ranibizumab, el Bevacizumab y el Aflibercept. Aunque el Bevacizumab se empezó a usar de forma «compasiva» o fuera de indicación por ser más económico, estudios como el CATT han demostrado que su eficacia es muy similar a la del Ranibizumab en cuanto a la ganancia de letras de visión y la reducción del grosor retiniano. El Aflibercept, por su parte, ha destacado en algunos ensayos por permitir intervalos de tiempo más largos entre inyecciones, lo que es un alivio para el paciente que no quiere ir al médico cada cuatro semanas.

Otras aplicaciones oculares y el desafío del Retinoblastoma

Examen oftalmológico profesional realizado por un optometrista utilizando equipo moderno con un paciente.

No todo es DMAE. Estos fármacos son una herramienta brutal para tratar el edema macular diabético y las oclusiones de las venas de la retina. En la retinopatía diabética, por ejemplo, la hiperglucemia daña los vasos y provoca isquemia, lo que dispara la producción de VEGF. El uso de antiangiogénicos ayuda a reducir el edema foveal y mejorar la capacidad visual, superando en muchos casos a la antigua fotocoagulación con láser.

En el caso del retinoblastoma, que es el cáncer ocular más común en la infancia, la situación es más compleja. Se ha visto que usar antiangiogénicos como monoterapia no es suficiente para eliminar el tumor, pero funcionan muy bien como terapia coadyuvante junto a la quimioterapia (como el Carboplatino), logrando reducir la neovascularización tumoral de forma significativa.

El uso de antiangiogénicos en el tratamiento oncológico sistémico

Paciente oncológica con goteo intravenoso en una cama de hospital, representando el tratamiento sistémico.

Fuera del ojo, estos fármacos se usan para combatir tumores sólidos metastásicos, como los de colon, recto, riñón o pulmón. El objetivo es «matar de hambre» al tumor, impidiendo que cree la red de vasos sanguíneos que necesita para crecer y expandirse. Aquí encontramos inhibidores multicinasa como el Sorafenib y el Sunitinib, que además de bloquear el VEGF, inhiben otros receptores como el PDGFR o c-KIT.

Sin embargo, el uso sistémico es mucho más agresivo que el ocular. Es común ver que los pacientes desarrollan hipertensión arterial debido a que el bloqueo del VEGF reduce el óxido nítrico y aumenta la resistencia vascular. También existe un riesgo real de eventos tromboembólicos, como infartos o ictus, especialmente en personas mayores de 65 años o con antecedentes cardiovasculares.

Efectos secundarios y toxicidades que hay que vigilar

Cuando el fármaco se inyecta en el ojo, la mayoría de los problemas son locales y se deben más a la técnica quirúrgica que al medicamento en sí. Podemos encontrar desde endoftalmitis (infecciones muy raras) hasta desprendimientos de retina o aumento de la presión intraocular. No obstante, hay que vigilar la seguridad sistémica, ya que incluso una dosis pequeña en el ojo puede, en casos excepcionales, relacionarse con eventos cerebrovasculares.

En la oncología sistémica, la piel es el órgano que más sufre. El Sorafenib, por ejemplo, provoca la famosa reacción mano-pie, que no es el síndrome clásico de la quimio, sino una hiperqueratosis con callosidades y ampollas muy dolorosas. También se han reportado casos de alopecia, erupciones faciales similares a la dermatitis seborreica y, lo más preocupante, la aparición de neoplasias cutáneas como carcinomas de células escamosas debido a una activación paradójica de la vía MAPK.

  • Sunitinib: Puede causar una coloración amarillenta de la piel y la orina, además de despigmentación del cabello y alteraciones en la zona escrotal.
  • Bevacizumab: Se asocia a problemas en la cicatrización de heridas quirúrgicas y, en pacientes con tumores cerebrales, a la ulceración de estrías abdominales.

Para minimizar riesgos, es fundamental que el equipo médico realice un seguimiento estrecho, controle la tensión arterial y, en el caso de cirugías, esperar al menos 28 días tras suspender la medicación para evitar que las heridas se abran. La clave está en equilibrar el beneficio visual o la supervivencia frente a los efectos adversos, personalizando la dosis según la edad y las comorbilidades del paciente.

El despliegue de estas terapias ha transformado la medicina moderna, permitiendo que miles de personas recuperen su visión o prolonguen su vida frente al cáncer. Aunque el coste sigue siendo una barrera en muchos países y los efectos secundarios pueden ser molestos o graves, la capacidad de bloquear la angiogénesis se mantiene como una de las estrategias más efectivas para frenar enfermedades proliferativas y neoplásicas.